F. J. GUERRERO – MI LUCHA

Volvemos de las vacaciones acogiendo en nuestra sección de narrativa a F. J. Guerrero. Este joven escritor jienense destaca por la frescura y profundidad de sus textos, como están apunto de descubrir. Es un placer para Proverso darle a conocer y esperamos sea del agrado de todos.

F. J. Guerrero nació en tierras jiennenses y reside en Madrid desde hace casi una década. Estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense como impulso y expansión de su eterna vocación: contar historias. Ha buceado, a lo largo de los años, en diferentes soportes para poder hacerlo: cine, radio, teatro, prensa digital. Es experto en análisis cinematográfico y ansía poder llevar a cabo su mayor y reciente pulsión: comenzar una carrera literaria.

«…mi necesidad de escribir es común a la de cualquier persona por respirar.»

R.P: ¿Cómo llegaste a la escritura?

F.J.G: Podría decirse que mi necesidad de escribir es común a la de cualquier persona por respirar. Todo aquel que asume que el mundo que le rodea es imperfecto e ilógico, entiende esta afirmación. Extraer de tu cabeza ideas, emociones e impresiones y plasmarlas en un papel es un modo terapéutico de mantenerse cuerdo cuando el día a día nos incita a la locura.

R.P: ¿Qué es para ti escribir?

F.J.G: Ante todo, una liberación. Escribir no solo implica contar algo; también conlleva cuestionar, interpretar y deconstruir todo aquello que nos afecta o implica de algún modo. Tener la oportunidad de desnudar el alma entre líneas es algo muy íntimo y catártico. Nos ayuda a identificar pulsiones y empatías en un mundo cada vez más individualizado y febril.

«Escribir no solo implica contar algo; también conlleva cuestionar, interpretar y deconstruir…»


Mi lucha

El gnomo Zacarías vive en una cueva situada en la falda de la colina. Viste una chaqueta de pana verde rasgada y deshilachada, un pantalón medio abrasado de pernera ancha y con agujeros en los que caben cuatro dedos de la mano. Ocasionalmente, durante los días más fríos, porta en su cabeza un sombrero de fieltro para dar calor a su ya extendida calvicie.

A decir verdad, pudo salvar lo que quedaba de pantalón pero no así su antigua casa. Porque no siempre ha vivido en la cueva de la falda de la colina. Antes tenía una choza con el techo cubierto de paja robusta. Siempre ha sabido que los materiales naturales son abundantes y baratos, aportando la durabilidad necesaria para soportar casi cualquier tipo de condición meteorológica. Sin embargo, un día su casa ardió como la tea a causa de un fuego desconocido. Tuvo el coraje de salvar prendas y objetos personales de gran valor para él, cosa que le complació mientras asumía que tendría que buscarse otra morada.

El gnomo Zacarías sabe que debe cargar con una pesada tabla de madera sobre sus hombros y cubos de metal oxidado atados a cada extremo si quiere tener agua para beber toda la semana. Sabe también que el pozo público se encuentra a escasas distancias del pueblo donde habitan las gentes que le marginaron y que tienen parné.

Solo puede permitirse llevar a cabo un viaje y regresar con su pesada carga lo más raudo y veloz posible. Durante el trayecto de vuelta, los huesos de su espalda crujen al son de la vieja tabla que transporta. Su pequeño cuerpo ha sufrido muchas embestidas, no solo por los años sino también por las desgracias. Es capaz de racionar este preciado bien y satisfacer su necesidad sin tener que derrochar ni una sola gota. Porque cuando uno aprende a valorar tanto una simple gota, aprende a valorar muchas cosas más.

También sabe que debe recorrer el camino con cuidado de no ser visto, pues en tres ocasiones durante los últimos meses le han robado el agua y han reducido su ropa a harapos. Siempre decidido y confiado, emprende su camino con la esperanza de obtener la recompensa que ansía. La cuestión es que no solo se aventura por el camino para ir en busca de agua. Siente fascinación por oler las flores de colores, se maravilla contemplando los robustos troncos de los árboles del bosque y le encanta tumbarse sobre el candor de la hierba fresca.

El gnomo Zacarías es bajito, pero no puede pasar desapercibido ante los malvados. A veces, solo cuando le da por pensar en ello, se pregunta por qué en las gentes del pueblo anida tanto odio en sus corazones. Un odio irracional hacia lo distinto, hacia lo extraño, hacia lo desconocido. Aún conserva el recuerdo de todo lo que vio la última vez que estuvo allí. Calles asfaltadas, casas grandes y altas construidas con materiales muy caros, ropas nuevas sin manchas ni agujeros. No entiende por qué las gentes que lo tienen todo carecen de lo más importante: la felicidad.

Zacarías no sabe leer ni escribir, pero sabe interpretar las ilustraciones y siente un gran amor por ellas. Una vez, hace mucho tiempo, cayó en sus manos un cuaderno con dibujos de gnomos como él y no pudo evitar emocionarse. Nunca ha conocido a nadie más de su estatura. No tiene recuerdo de su madre ni de su padre; solo de sí mismo. Por esa razón le enaltece ver que alguien, en algún lugar, ha dibujado en un cuaderno a gnomos felices fumando en pipa, comiendo en familia alrededor de una mesa o jugando en el verde jardín de casa.

Sin embargo, qué extraño y lejano se le antoja el recuerdo de esos gnomos al asumir que su vida es muy distinta. A diferencia de esos dibujos, él no porta una larga y atusada barba blanca, ni un largo sombrero de pico rojo. Tampoco fuma en pipa, ni tiene familia con la que comer, ni por supuesto puede plantarse un jardín dentro de su cueva. He ahí que sea capaz de asumir que lo diferente, para él, no tiene por qué conllevar un odio implícito.

El gnomo Zacarías vive en una constante incerteza. Cualquier cosa para él supone un gran desafío. Sin embargo, es así como las cosas, incluso las más simples, adquieren auténtico valor. Esta semana podrá tener agua. Nadie del pueblo ha advertido su presencia durante su último viaje. La próxima semana, quién sabe lo que ocurrirá. Así como la cueva en la que habita, asume que las gentes del pueblo la reducirán a escombros si algún día la encuentran. Zacarías sabe que ese pozo abastece suficiente agua para todos los que la necesitan, pero desgraciadamente ya nadie piensa en el prójimo.

En ocasiones, el valiente hombre pequeñito se imagina en la peor y más trágica de las situaciones: de madrugada, en pleno invierno, con el frío calando hasta los huesos, su casa destruida y su pequeño cuerpo desnudo sin ropa con la que poder cobijarse. Sin embargo, aun así, sería capaz de encontrar calor y una reconfortante calma solo con pensar en aquello que nadie le podrá quitar jamás: su dignidad.

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