PABLO D’ORS

El Anaquel

Los libros liberan más que nutren y quiero ser testigo de esta liberación.

Por: Matteo Barbato


Título: Biografía del silencio
Autor: Pablo d’Ors
Editor: Siruela, Madrid 2016, 21ª edición
Colección: Biblioteca de Ensayo (Serie Menor)
Número de páginas: 112
ISBN: 978-84-9841-838-5
Precio: 11.95 euros.

 

 

 

Durante el verano he tenido ocasión de leer varios libros, pero este mes me gustaría presentar esta pequeña y a la vez gran obra de Pablo d’Ors. Sí, Biografía del silencio es una pequeña obra de arte.

Resulta curioso que un libro como este sea un fenómeno editorial: me ha llamado la atención que la obra de d’Ors ha llegado a unos lectores que, en su mayoría distraídos por las experiencias que el mundo moderno ofrece, no consideran prioritaria la meditación como rutina diaria. Por otro lado, el silencio y la meditación, aquí expuestos para ser adoptados como herramientas, como modus vivendi, son/representan un enfoque totalmente distinto al modo de vivir imperante de nuestro tiempo.

El fracaso de nuestra manera de vivir (orientada, recordémoslo, a la maximización de los resultados, al consumo, al máximo provecho de nuestros bienes/tiempo, a la acumulación, al rendimiento y a los resultados, a la multitarea, a la búsqueda obsesiva del éxito personal entre otras cosas) ha incrementado nuestras inquietudes, dando impulso a un anhelo de plenitud, a una búsqueda cada vez más imperiosa de recursos con que alimentar nuestra interioridad.

Esta obra entonces puede considerarse como una respuesta, una guía o un camino, aunque no es nada de todo eso. Resulta complicado clasificar “Biografía del silencio” porque es un trabajo que proviene de una vivencia personal, la de un sacerdote que empezó un camino de meditación de forma autodidacta. Nos encontramos con el relato de una experiencia, con un ensayo de carácter testimonial, con un diario lleno de consejos sencillos que nos enseñan a con-centrar-nos y a vivir con nuestro ser simplemente desnudándonos frente a él.

La meditación nos enseña a vivir de otra manera. Según el autor, meditando empezamos a vivir: observando en silencio somos capaces de ver/vernos y eso, simplemente eso, nos cambia.

¡La verdadera vida no está en acumular experiencias! El autor nos relata que la verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar: no hay mejor experiencia que la ofrecida por nuestro maestro interior. Sin embargo, dejar de estar atentos a nuestras propias distracciones resultará ser mucho más complicado de lo esperado, aunque factible. La concentración nos ayudará a volver a vivir con nosotros mismos. Solo tendremos que crear una costumbre nueva: meditar intentando estar concentrados en el aquí y ahora, dejando de lado las prisas y el estrés que nos zarandean continuamente.

Meditar no es difícil; lo difícil es querer meditar: huimos del silencio porque nos horroriza, porque nos invita a mirar dentro, y siempre hay cosas en cada uno de nosotros que no nos gustan, que nos duelen. Por ello nos resistimos a vivir plenamente, huimos del silencio por miedo al dolor, pensando erróneamente que hallando el dolor perderemos nuestro bienestar. Sin embargo, insiste d’Ors, enfrentarnos a ello simplemente con nuestra presencia puede ser enriquecedor.

Meditar es confiar. El autor nos sugiere una serie de conductas para vencer estas resistencias y no perderse en el intento. Ante todo, no hacer nada en concreto; solo sumergirnos en una actividad contemplativa, sin esfuerzo, sin expectativas, sin juicios, sin aprietos, sin retenciones. Desprenderse de todo es el fin último de la meditación, es abandonarse a la sabiduría de nuestro “maestro interior”, a la divinidad que cada uno de nosotros posee. Confiar en la espera de que eso ocurra es un acto de fe hacia nosotros mismos. La meditación es la práctica de la espera, es confiar en la espera: es un “no hacer nada” para conseguirlo todo. Todo se reduce a percepción y si nos limitamos a percibir, llegaremos a lo que somos realmente. Con la práctica de la meditación aumenta la sensibilidad, el oído se afina, se camina con mayor ligereza, todo es más claro y brillante, más sencillo. Entendemos que ya no somos el centro del mundo, que solo somos parte de ello. Con la quietud contemplativa cambiamos: no hay más un yo y un ellos, el mundo entero está en nosotros.

“Medito para que mi vida sea meditación; vivo para que mi meditación sea vida”. No necesitamos un estado de ánimo predefinido para la práctica: podemos estar enfadados o felices y meditar igualmente. Nuestro estado actual es el mejor posible porque es el que tenemos: la meditación nos enseña a quedarnos donde estamos, a no querer ir a ningún otro lugar distinto a aquel en el que estamos. Los anhelos y las expectativas del ego se disuelven con la práctica, los apegos se difuminan y cambian si callamos escuchando. En definitiva, perdiéndonos nos encontramos, nos encontramos cuando estamos perdidos por completo.

“No correr, sino parar; no esforzarse, sino abandonarse; no proponerse metas, sino estar ahí y rendirse a la realidad”.

Debemos aceptar la realidad que se nos presenta en la meditación, abandonarnos a nuestros pensamientos: solo debemos mirar y sonreír aceptando todos sus aspectos, incluso el dolor, sonriendo a ello y, de esa manera, neutralizando su veneno.

 “No aspiro a contemplar, sino a ser contemplativo, que es tanto como ser sin anhelar”. “El ser contemplativo observa la realidad, libre de deseo”. “Solo debemos observar la mente en silencio: este es el camino”. Con la práctica dejaremos de ser vagabundos y nos convertiremos en peregrinos, conoceremos la meta y trazaremos un cambio hacia la dicha. Poco a poco lograremos conocernos. La conciencia es la unidad consigo mismo: “tú eres lo que queda cuando desaparezcan tus pensamientos”, aunque ellos siempre sobrevienen. En otras palabras, lo que quiere transmitir el autor, lo que es sumamente importante a la hora de vivir plenamente es estar “totalmente ahora, totalmente aquí” y encontrarse finalmente en un jardín de estupor y de maravilla.

Recomiendo vivamente esta lectura (incluso una secunda lectura puede resultar enriquecedora) por su tono sobrio, humilde y formal; por su brevedad y pragmatismo y porque no desciende en los conceptos limitantes de los típicos libros de filosofía y religión.

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