MUJERES FATALES

Por: Alfredo Piquer Garzón


La historia del siglo XIX, evoluciona desde el Neoclásico y el Romanticismo, que impregna sobre todo una gran parte del espíritu del siglo, hasta el Modernismo, e incluso ya entrado el XX, hasta el Decó. Indudablemente la era industrial, el capitalismo, la sociedad de clases han ido transformando esa historia para cambiar los estereotipos y los paradigmas femeninos desde las heroínas románticas hasta desembocar en la figura de la ‘femme fatale’ de la ‘Belle-Époque’, pasando por las neurastenias que optan finalmente por el láudano ante un dominio masculino que ya se intuye y quizá en alguna medida se siente también insoportable. Hay algo que relaciona, aun literaria o estéticamente, algunos de esos paradigmas femeninos a lo largo del Siglo XIX y muy entrado el XX; y aunque su significado o su alcance distan mucho de las circunstancias o premisas de una revolución aún ni con mucho concluida, podría ser la premonición y la metáfora de una rebeldía que se atisba histórica y humanamente necesaria.

Declina el siglo del Romanticismo y la Revolución; languidece la época que abrió su puerta con la Revolución, que se nutrió con la Revolución y se cerró con la Revolución y con la Guerra. En lo interno, en lo cotidiano de su transcurso cupo la anécdota de millones de vidas; también las pequeñas, imperceptibles y desapercibidas rebeldías personales. Para Byron o para Tennyson, la mujer es todavía la exclusiva referencia de un lirismo exacerbado y con todo no deja de ser el alto ideal de belleza, felicidad y amor cuya validez, el siglo venidero impugnará so pretexto y en aras de una igualdad no del todo bien entendida. Pero en ellas está el germen de la referencia de un algo femenino que adquiere poco a poco un protagonismo incipiente y progresivo.

Es verdad que la Dama de Shallot muere de amor, pero la decisión de su propia muerte, de la determinación de cuál es el sentido de su vida, es solamente suya. Igual que Butterfly, cuya ingenuidad, cuya esperanza, la opción que determina su verdadera motivación vital, por encima de la lógica sórdida de la realidad, es inalienable y consecuente en sentido absoluto. La Dama de Shallot es, en definitiva, una recreación del XIX por mucho que su leyenda, recreada por Tennyson o Waterhouse, sea medieval. Elaine de Astolat y también Cio Cio Shan, la Madam Butterfly de Long, Loti, Giacosa, Illica y Puccini, son mujeres de ficción. La Mary Shelley de la noche de Villa Diodati en el verano oscuro de 1816 a orillas del lago de Ginebra, es sin embargo real y desde luego sin saberlo, como creadora, el artífice de un mito prematuramente moderno, que diagnostica al hombre como un ser fragmentario y monstruoso. En la misma jornada, el propio John William Polidori, médico de Byron, escribirá ‘El Vampiro’, precedente al posterior famoso personaje de Bram Stoker, tal vez asimismo la metáfora de otro varón que, periclitado ya su rol ancestral masculino y dominante, busca aún desde la oscuridad de la Historia su venganza de violencia y de sangre. Las modelos de los pintores Prerrafaelitas, Elisabeth Siddal, Fanny Cornforth, otras, son igualmente primeros ejemplos de mujeres que no se atienen a esquemas preconcebidos, mujeres olvidadas por la Historia, creadoras, artistas, autoras y que pagan su ‘diferencia’ con una trayectoria vital dolorosa y finalmente con ese olvido.

“Para Byron o para Tennyson, la mujer es todavía la exclusiva referencia de un lirismo exacerbado y con todo no deja de ser el alto ideal de belleza, felicidad y amor…”

El siglo se convierte en un fantasma que ronda los pasillos de un lujoso hotel de California, que se aloja en sus habitaciones, que pasea por la orilla de una playa que delimita una nueva época. En él, Kate Morgan toma la difícil decisión de liberarse de la égida masculina que la atenaza. Y por eso, en este caso, es asesinada. Pero ella misma como fantasma, transita aún con hábito elegante y funeral por las estancias del vetusto ‘Hotel del Coronado’ (donde Tony Curtis aún se resistirá cinematográficamente a perder su rol de macho seductor y ridículo ante el personaje de Marylin Monroe), y es la metáfora de una sublevación femenina que multiplica, aun paulatina, su potencialidad exponencialmente.

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En la Primera Guerra Mundial, al regreso del Somme, Marc Pourpe, ‘as’ de la aviación francesa, se estrella desgraciadamente contra una ladera inesperada, quizá, tras un hipotético combate con un piloto alemán. Y su madre, Liane de Pougy añade ese dolor a una vida que excede con mucho a los patrones sociales bienpensantes de la época y se integra sin embargo en la marginalidad que constituye asimismo el lujo y también la precariedad de una mujer etiquetada como “demi – mondaine”. La Gran Guerra había terminado con la hipotética ‘belleza’ de toda una época, la relativa paz de Europa desde el final de la Guerra Franco-Prusiana de 1871.

En plena ‘Belle-Époque’, lejos aún la Guerra, los salones de París se abarrotan de nobles, de burgueses y artistas de todo pelaje; en ciernes la exposición universal de 1900, los ricos y nuevos ricos americanos y europeos visitan la capital del mundo y en ese momento las revistas y sus vedettes, el “music-hall”, se abren camino como nuevos y brillantes espectáculos nocturnos. Liane de Pougy, aristocrático nombre ‘de guerra’ de Anne Marie Chassaigne, medio española, esposa jovencísima ya maltratada, violada en su noche de bodas y hallada después por su marido en flagrante infidelidad a base de un disparo de revolver, por fortuna sin consecuencias graves; que se evade de la égida marital y familiar abandonando asimismo un hijo habido tan joven que “era como una muñeca viva dada a una niña”, para optar por una rebeldía contradictoria, la única tal vez que permite la época, al convertirse en una estrella de los salones elegantes y mundanos de la época, ‘mujer fatal’ en competencia con la ‘Bella Otero’ , Agustina Otero Iglesias, asimismo española gallega. Su bisexualidad fue, si no determinada, si reafirmada por la necesidad del favor obligadamente masculino en ese ámbito y de modo paradójico, también por la misma rebeldía contra ese sacudido dominio que conducirá sus afectos hacia su mismo sexo. Pero se sucederán amantes de ambos sexos: el Príncipe de Gales, el Rey de Portugal, Leopoldo II de Bélgica, el propio Lord Carnavon que auspicia y financia a Howard Carter en el hallazgo de la tumba de Tut Ank Amón en 1922 y otros cuantos condes, duques y príncipes de las familias reales europeas.

“En plena ‘Belle-Époque’, lejos aún la Guerra, los salones de París se abarrotan de nobles, de burgueses y artistas…”

Todo queda de manifiesto en sus novelas, escritas cuando ya consagrada como estrella del Folies Bergere parisino, se halla en la cumbre de su carrera. Pero también en esas líneas transitan sus amantes femeninas, Emilienne d’Alençon o Valtesse de la Bigne y sobre todo Natalie Cliford Barney. Varios textos diferentes constituyen el trabajo literario de Liane de Pougy: “Idilio sáfico” de 1900, traducido por Luis Antonio de Villena y editado en 2008 por primera vez en España por Editorial Egales, que ofrece un retrato del París frívolo del periodo. Sus protagonistas, Flossie (en la que retrata a Barney) y Annhine (en la que se autorretrata), mujeres elegantes y provocativas de las que la autora describe con eficacia su mutuo amor. Pero entre sus obras también ‘L’Insaisissable’ 1898, ‘Myrrhille’ 1899, ‘Les sensations de Mademoiselle de La Bringue’ 1904, ‘Yvée Lester’ 1908, ‘Yvée Jourdan’ 1908 y ‘My Blue Notebooks’ (Mes cahiers bleus. Mis cuadernos azules), sus memorias. Publicado en inglés en 1979.

En 1910 decidió casarse con el príncipe rumano, Georges Ghika, marido a la larga infiel con el que se reconciliará e irá a Suiza huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Su trayectoria vital, dará sin embargo un giro radical y paradójico cuando una vez viuda y tras un profundo acercamiento a la obra religiosa del asilo francés de Santa Agnes, decide meterse monja de la Orden Terciaria de las Dominicas bajo el nombre religioso de María Magdalena de la Penitencia y dedicándose al cuidado de niños con defectos de nacimiento. Fallecerá precisamente en Lausana, Suiza, en 1950.

Natalie Clifford Barney, Flossie en la novela de Liane de Pougy y su amante en la vida real, nace en 1876. Recibió al parecer una educación carente de proyecto y fue asimilando unas y otras influencias de índole diferente. Aprendió francés, por ejemplo, ante la necesidad de entender los relatos de Verne que una institutriz leía en voz alta, llegándolo a hablar con perfección y sin acento lo que facilitó su adopción parisina. En su creatividad influyó seguramente la vocación artística y pictórica de su madre Alice a raíz de un encuentro durante las vacaciones en la playa de Long Beach con Oscar Wilde, vocación que su marido se encargó de dificultar y reprimir y sin embargo llevó a cabo.

La propia Barney declararía más tarde que era consciente de su condición homosexual desde muy joven y de haber tomado asimismo desde entonces la decisión de no ocultarse. Con 23 años se presenta un día ante Liane de Pougy disfrazada de paje suscitando la acogida incondicional de esta. Ello será precisamente el tema central del “Idilio sáfico” de Pougy. Esta describe a Barney (como Flossie) en el capítulo cuarto de su novela, tumbada y escondida a sus pies para no ser vista, en el palco del teatro donde Sara Bernhardt representa el Hamlet de Shakespeare. Pougy hace en las páginas de su libro una serie de reflexiones interesantes sobre los personajes shakespearianos y su base histórica y su sentido real en relación a la condición de la mujer, que pone en boca de sus personajes:

“Sabes que el delicado y triste Hamlet que nos pinta Shakespeare en vez de ser sensible fue en realidad un guerrero de instintos burdos y salvajes. En lugar de enviar a Ofelia a un convento, gozó brutalmente de ella en un bosque y luego la mandó al infierno…”

“Ofelia no es, desde luego, la sencilla muchacha que nos muestra [Mellot] -decía Flossie-. Su virtud no procede de la ignorancia, ni su pureza de la inmadurez…” ”…La verdadera tiene un alma grande apasionada e impresionable que conoce las cosas…”

“Qué pueden hacer las que sienten en su carne la fiebre y la tempestad de obrar mientras el destino inmisericorde las ata con cadenas de hierro forjado…?”

Con 24 años Barney publica su primer libro en 1900 ‘Quelques portraits – Sonnets de femmes’. Los poemas siguen pautas formales tradicionales y fueron calificados “de principiante”. Sin embargo, se ha dicho también que fue la primera en escribir abiertamente sobre el tema lésbico después de la propia Safo. Su madre, Alice, ilustra el libro sin saber que las modelos de las ilustraciones son las amantes de su hija. Algunos críticos no entendieron, equivocaron o disimularon su temática, en cambio un titular de prensa levantó la liebre diciendo: ‘Safo canta en Washigton”. Apercibido el padre, compra y destruye los restos de la edición y las matrices de imprenta. Barney se ve obligada a publicar con pseudónimo al año siguiente ‘Cinq petits dialogues grecs’ (Cinco pequeños diálogos griegos). La muerte del padre en 1902 le dará finalmente la libertad de publicar sin ocultarse aparte de dejarle una fortuna.

En 1904 escribe ‘Je me souviens’ (Me acuerdo), prosa poética sobre su relación con Renée Vivien. Y en ‘Equivoque’ (Equívoco), título traducido en alguna ocasión como ‘Ambigüedad’, cuando su traducción clara como ‘Equívoco’ expresa la versión de Barney sobre la muerte de Safo en clave feminista: Safo no se suicida por el amor de Faón sino por el matrimonio de la mujer que ama con éste. En ‘A perilous advantage’ (Una ventaja perigrosa) hace en prosa una serie de retratos de amigos y amantes, Renée Vivien, Collette, Romaine Brooks, James Joyce, Proust, Isadora Duncan, y anota sus observaciones como anfitriona de la vanguardia artística e intelectual parisina desafiando los contenidos y los métodos del dominio masculino en el ámbito literario. Su último libro de poemas ‘Poemes & Poemes: Autres alliances’ (Poemas y Poemas. Otras alianzas) editados por Ezra Pound, reúne memorias y epigramas escritos desde 1910. En 1910 publicaría también ‘Eparpillements’ (Dispersiones), colección de pensamientos e ideas. El libro le propició la amistad y el auspicio de Remy de Gourmont quien publicó una serie de artículos apoyando su carrera donde la apodó como ‘La Amazona’. La gratitud (mutua) para Gourmont se manifestó en sus ‘Pensées d’une Amazone (pensamientos de una amazona). Publicado en 1920, dos años después del final de la Gran Guerra, expresa la posición antibelicista y feminista de Barney que describe la guerra como un “suicidio involuntario y colectivo ordenado por el hombre”. Se interpreta su opinión, no siempre con facilidad a partir de sus epigramas, en el sentido de que la agresión que conduce a la guerra está siempre presente en todas las relaciones masculinas. “Aquellos que aman la guerra carecen de amor por el deporte del arte de vivir”.

En 1904 escribe ‘Je me souviens’ (Me acuerdo), prosa poética sobre su relación con Renée Vivien. Y en ‘Equivoque’ (Equívoco), título traducido en alguna ocasión como ‘Ambigüedad’, cuando su traducción clara como ‘Equívoco’ expresa la versión de Barney sobre la muerte de Safo en clave feminista: Safo no se suicida por el amor de Faón sino por el matrimonio de la mujer que ama con éste. En ‘A perilous advantage’ (Una ventaja perigrosa) hace en prosa una serie de retratos de amigos y amantes, Renée Vivien, Collette, Romaine Brooks, James Joyce, Proust, Isadora Duncan, y anota sus observaciones como anfitriona de la vanguardia artística e intelectual parisina desafiando los contenidos y los métodos del dominio masculino en el ámbito literario. Su último libro de poemas ‘Poemes & Poemes: Autres alliances’ (Poemas y Poemas. Otras alianzas) editados por Ezra Pound, reúne memorias y epigramas escritos desde 1910. En 1910 publicaría también ‘Eparpillements’ (Dispersiones), colección de pensamientos e ideas. El libro le propició la amistad y el auspicio de Remy de Gourmont quien publicó una serie de artículos apoyando su carrera donde la apodó como ‘La Amazona’. La gratitud (mutua) para Gourmont se manifestó en sus ‘Pensées d’une Amazone (pensamientos de una amazona). Publicado en 1920, dos años después del final de la Gran Guerra, expresa la posición antibelicista y feminista de Barney que describe la guerra como un “suicidio involuntario y colectivo ordenado por el hombre”. Se interpreta su opinión, no siempre con facilidad a partir de sus epigramas, en el sentido de que la agresión que conduce a la guerra está siempre presente en todas las relaciones masculinas. “Aquellos que aman la guerra carecen de amor por el deporte del arte de vivir”.

Efectivamente, Barney auspició a lo largo de más de cinco décadas un salón literario semanal donde se manifestó y se debatió sobre arte, literatura, música u otros temas. Con la idea esencial de poner en relieve la obra de las mujeres, dio lugar también a la de los escritores varones importantes en su tiempo. A las primeras reuniones en su casa de Neuilly siguieron las de la Rue Jacob en el Quartier Latin parisino donde se mantuvieron hasta finales de los años sesenta del siglo pasado. Durante la Primera Guerra Mundial, el salón adquiere carácter de refugio y reunión de los antibelicistas, Auguste Rodin entre ellos. Terminada la guerra, la iniciativa de Barney y Pound intenta apoyar económicamente a Paul Valery y T. Eliot, apoyo que estos rechazaron. En 1927 Barney inicia su Académie des Femmes como alternativa a la Academia Francesa detentada exclusivamente por varones. Por el salón pasaron nombres como André Gide, Anatole France, Louis Aragon, Somerset Maugham, Scott Fitgerald o Rainer Maria Rilke; la pintora Tamara de Lempicka o la bailarina Isadora Duncan. Una de las lecturas exitosas a reseñar en la historia el salón fue la de ‘El pozo de la soledad’ de la autora de origen inglés Radclyffe Hall, de 1928, por su temática lésbica. En 1929 Barney publica ‘Aventures de l’esprit (Aventuras del espíritu) donde retrata asimismo a numerosas personalidades.

Las relaciones amorosas femeninas de Clifford Barney fueron numerosas. Propugnó las relaciones múltiples y simultáneas y alentó a ello a sus mismas amantes. Sentía sin embargo con dolor las rupturas y trató en ocasiones de recuperar la relación rota con alguna de sus amantes. No todas sus relaciones tuvieron la misma intensidad y ella misma las calificó como más o menos importantes. Algunas relaciones fueron intermitentes a lo largo del tiempo. La primera relación de Cliford Barney fue con Eva Palmer. Ambas coinciden en su interés por la literatura. Eva Palmer escribirá su autobiografía bajo el título: ‘Upward panic’ (‘Creciente pánico’ Harwood Academic Publishers). Palmer tenía un larguísimo y abundante pelo de tono rojizo que recordaba los ideales de belleza del arte prerrafaelita. Cómplices ambas en la conquista de otras mujeres, Eva se marchará finalmente a Grecia para casarse con Angelos Sikelianos rompiendo su relación con Barney. Ya en la madurez, ambas se reconciliaron haciendo un balance sereno de su antigua relación.

Entre las más importantes para Barney estuvo Olive Custance, poeta británica parte del movimiento estético de 1890, reflejo del parnasianismo y simbolismo francés y europeo, quien publicó varios libros de poemas, ‘Opals’, ‘Rainbows’, ‘The blue bird’, ‘The Inn of dreams’ y ‘The selected poems of Olive Custance’. Custance, bisexual, se casó tras su relación con Barney falleciendo durante la Segunda Guerra Mundial.

Tambien Elisabeth de Gramont, Romaine Brooks y Dolly Wilde fueron amantes de Barney. A partir de 1927 mantuvo relación con las tres simultáneamente, lo que ellas toleraron a veces y aceptaron relativamente. Elisabeth, duquesa de Clermont-Tonnerre, “Lily”, fue conocida como “la duquesa roja” por sus ideas socialistas. Escritora, casada con un marido violento, redactó con Barney un contrato de matrimonio, calificando su relación como la más fuerte, tierna y duradera.

“Después de nueve años de vida juntos, las alegrías y las preocupaciones compartidas, y los asuntos confesados, porque la supervivencia del vínculo que creemos -y deseamos creer- es inquebrantable, ya que en su nivel más bajo de emocionalidad recíproca es la conclusión alcanzada. La unión, duramente ensayada por los años pasados, falló doblemente la prueba de fidelidad en su sexto año, mostrándonos que el adulterio es inevitable en estas relaciones donde no hay prejuicio, no hay religión que no sea sentimientos, no hay leyes aparte del deseo, incapaces de sacrificios vanos que parecen ser la negación de la vida … “

Fue más duradera su relación con Romaine Brooks, pintora norteamericana. Beatrice Romaine Goddard, trabajó en Paris y Capri. De colores grises y terciarios, su excelente dibujo y su paleta profunda produjeron retratos y cuadros excelentes. De padre alcohólico y madre autoritaria, tras una infancia dolorosa de internados y desentendimiento familiar, Romaine se marcha a París con 19 años. Canta en el cabaret y, embarazada, entrega la criatura en un convento. Estudiante de arte en Roma, acosada sexualmente, abrirá después un estudio en Capri. Fallecida su madre heredará con su hermana la fortuna familiar. Décadas más tarde dirá: “Mi madre muerta se interpone entre mí y la vida”.

El trabajo artístico de Brooks como el de muchas otras mujeres ha sido en gran medida olvidado. Las vanguardias y la abstracción y su manipulación por el capitalismo han sido responsables a un nivel de cosas histórico y generalizado del olvido de tantos buenos artistas figurativos, y más en el caso de las mujeres si bien la revalorización de lo figurativo al final del XX y la reflexión sobre el género han llevado, aún no del todo, a una revisión de su trabajo. Brooks crea la imagen de una mujer fuerte como símbolo de empoderamiento femenino (‘La cruz de Francia’) y no pinta para vender los cuadros. El retrato de Natalie Cliford Barney con más dulzura que otros, sintomatiza lo prolongado de su relación con ella también compartida con Lily de Gramont. Brooks conoce a Barney cuando ésta está ya implicada con Gramont: A pesar de su ‘contrato matrimonial’ con Gramont, Barney no renuncia a Brooks, y constituyen un trío estable y consciente durante mucho tiempo. Gramont dirá: “Los seres civilizados son los que saben sacar más de la vida que otros”. Sin embargo, si algo caracteriza a Brooks es su deseo de soledad, de aislamiento, de ensimismamiento. En ello se diferenció rotundamente de Cliford Barney, aunque esta trató de respetar siempre el carácter de su amante.

Dorothy -Dolly- Wilde, sobrina de Oscar Wilde, autora de ingeniosos epìgramas, famosa y continua invitada en los salones por el encanto y el humor de su conversación no consiguió sin embargo poner de manifiesto un hipotético talento literario, quizá familiar, en sus escritos, si bien el reconocimiento del mérito de su famoso tío es, desde luego, un ‘a posteriori’. Conoce a Barney en 1927. Alcohólica y heroinómana, intentó suicidarse varias veces y Barney costeó las terapias subsiguientes. Afectada después por un cáncer y rechazando los tratamientos de la época se separaron en la Segunda Guerra Mundial. Fallecería, sin que exista certeza de ello, por sobredosis de paraldehídos.

Pero quizá, entre las dos o tres relaciones más importantes de Barney esté la entablada con Pauline Mary Tarn, Renée Vivien. Nacida en Londres en 1877, pasa algunos años infantiles en Paris y al morir el padre regresa a Inglaterra. Mayor de edad, vuelve a Paris. Allí, Violette Shillito le presenta a Natalie Cliford Barney y ambas se enamoran. Pauline escribe una serie de poemas que formarán parte de su primer libro: ‘Estudios y preludios’ y cambia su nombre por el de Renée Vivien (renacida) como símbolo de su nacimiento a una nueva vida y eligiendo el apellido al azar de una guía de teléfonos. Adopta el francés como único idioma literario y su obra es una apología de la relación lésbica. Los escasos hipotéticos fragmentos de Safo siempre referentes en su trabajo, pero sobre todo imbuida del espíritu literario de la época, su obra es claramente parnasiana y simbolista, (por mucho que algunos antiguos manuales antiguos opusieran ambos movimientos, el simbolismo se decanta desde su procedencia claramente parnasiana y se conecta con prerrafaelismo y modernismo). Como en otros casos mencionados Renée Vivien hereda muy joven una considerable fortuna familiar.

1901 es un año agitado y terrible, su relación con Cliford Barney termina; no coinciden en su concepción de la fidelidad en la que Vivien cree. A diferencia de Gramont, Brooks o Wilde, Vivien no soporta la promiscuidad de Barney y rompe con ella. Y sin embargo su relación había sido para ambas una motivación para escribir. Barney intentará durante años recuperar a Vivien y en un momento dado han viajado juntas hasta la isla de Lesbos, en el Egeo, para crear una escuela poética femenina tras la estela de Safo. Pero su relación es difícil. “Tu risa es clara y tu caricia es profunda/ Tus besos fríos aman el mal que causan”. Dice en un poema. Por otro lado, Violette Shillito fallece ese año y el color violeta que evoca su nombre estará presente como un símbolo en la vida de Renée en recuerdo de la que fue, quizá, su más bello y apasionado amor.

“Enterraré, entre las oscuras violetas, /tus ojos, tus manos, tu frente y tus silenciosos labios, /¡oh tú, que duermes entre las oscuras violetas!”

Pero Vivien ha conocido a Heléne Betty Louise Caroline de Rothschild, francesa, por matrimonio Heléne van Zuylen van Nyevelt van Haar, escritora y pionera pìloto de carreras automovilísticas destacada en la vida mundana parisina como miembro además de la familia de banqueros Rothschild e inicia una relación con ella. Heléne, casada y con dos hijos, deberá mantener la relación en secreto. Sobrevivirá con mucho a Renée Vivien.

Porque si la vida de Barney es también larga, la de Vivien, en contrapartida es muy corta y sin embargo tal vez aún más intensa. Renée Vivien se convierte en un paradigma de libertad vital y sexual. Inmersa con apasionamiento en la bohemia, se entrega al “hada verde”, la absenta, y al láudano. Fuma cigarrillos encajados en su larga boquilla de vampiresa y no renuncia al exceso o al escándalo y su vida se precipita en una carrera desbocada. Habla y escribe de sexo abiertamente. Una nueva amante, Kerimé, la mujer de un diplomático turco, fascinante y oculta tras el velo islámico, desata en Renée una pasión extremada. Finalmente, el alcohol y las drogas pasarán la factura y el láudano es la tentación de un final deliberado que llegará más tarde, ya debilitada por completo entre la neumonía y la anorexia, en 1909.

“Se parece el ocaso al morir e un poeta. / ¡Gravedad de los años y los sueños vividos! /Mis horas de derrota las saboreo en paz:/es amiga la noche piadosa del vencido.” Escribe en el poema ‘Vencida’ de la recopilación ‘A la hora de unir las manos’ de 1906.

Renée Vivien ha comenzado ya a ser antologada en la poesía francesa contemporánea. Su obra no deja de tener extensión. Un primer libro fue ‘Estudios y preludios’. Cuando conoce a Heléne van Zuylen, publica ‘Cendres et poussières’ (Cenizas y polvo) y ‘Brumes de Fjords’ (Brumas de fiordos) prosa poética; en 1903, ‘Evocations’ (Evocaciones), elogiado por los críticos; ‘Sapho’ (Safo), traducciones y adaptaciones de los textos de la poeta griega y Du vert au violet (Del verde al violeta) asimismo prosa poética. En 1904, ‘Une femme m’apparut’ (Se me apareció una mujer) novela autobiográfica, Les Kitharedes, traducción moderna de ocho poetas griegas y ‘La Venus des aveugles’ (La Venus de los ciegos), nueva recopilación de poemas que sin embargo desconcierta a la crítica. Seguirán dos recopilaciones de sus poemas de 1906 y 1909 con el mismo título A l’heure des main jointes (A la hora de unir las manos); en 1907, ‘Chanson pour mon ombre’ (Canción para mi sombra), antología de poemas firmada con su propio nombre Pauline Mary Tarn, y ‘Flambeaux éteints (Antorchas apagadas); más tarde, numerosas prosas irónicas y satíricas, y también aforismos. ‘Dans un coin de violettes’ (En un rincón de violetas), Le vent des vaisseaux (El viento de los navíos) o Haillons (Retales), son recopilaciones póstumas de sus poemas.

La pasión por la Grecia clásica es total. Reprocha a su madre no haberle hecho estudiar griego y cuando en 1900 viaja con Barney a EE.UU. recibe clases durante varias semanas. Su traducción de Safo no se detiene en ningún rigor y utiliza traducciones de otros, Swimburne o incluso del propio Catulo. Con todo, puede imbricarse en la historia de las traducciones ‘sáficas’ como manifiesto y adscripción a una intelectualidad absolutamente femenina.

La validez de la poesía de Renée Vivien es absoluta y su puesta en valor una tarea aún pendiente, aunque una antología de sus poemas, prologada por Aurora Luque, ha sido al menos publicada en castellano por Ediciones Igitur en 2007. Aurora Luque destaca ciertas opiniones contemporáneas ya a la autora sobre su destreza en el uso de los moldes parnasianos: “cincelados como medallas, se admira la seguridad de su contorno”. En esa medida la tradición lírica del XIX está presente en la temática de Renée Vivien, antigüedad clásica, mitología nórdica o personajes shakespearianos impregnan sus poemas relacionados con la estética prerrafaelita lo que acredita en el fondo la pervivencia y la procedencia original de su cultura.

Una de las asistentes al salón de Barney fue la pintora Maria Gurwik-Górska, Tamara de Lempicka. Lempicka representa mucho más allá del 1900 la herencia de una rebeldía femenina que comienza a cuajar en personalidades independientes y de valor y trascendencia histórica. Esta vez en el mundo de las Artes Plásticas. Educada en un entorno femenino, abuela, madre, tía, estudia con Maurice Denis y asiste a las clases de la emblemática academia parisina “La Grand Chaumiere”. Influída por la pintura cubista pero con claras connotaciones clásicas constituye uno de los más notorios exponentes del Art Decó. Representa en sus cuadros una mujer poderosa, sujeto de belleza y atractivo sin destinatario preconcebido. Aunque Tamara acepta el matrimonio, no oculta su bisexualidad. Famoso su ‘Autorretrato en un Bugati verde’ que simboliza quizá la incursión de la mujer en el mundo de las actividades o los deportes hasta ahora reservados a los varones y que recuerda a otra de las pioneras automovilistas, Heléne van Zuylen.

Aunque se afirmó que fue en un Bugati, lo cierto es que Isadora Duncan subió al Amilcar CGS al que la invitó su piloto Benoit Falchetto, tal vez con la intención de convencerla de que comprara el coche. Isadora, de rojo y con un larguísimo foulard de seda que flota al viento se despide diciendo: “Au revoir, mes amis, je vais à l’amour!” (“¡Adiós, amigos, voy al amor!”). El foulard se engancha fatalmente en los radios de la rueda trasera del coche en veloz marcha, y tira del cuello de Duncan hasta estrangularla, arrojándola incluso contra la calzada; muere casi al instante. La fatalidad se ensañó con ella. Antes, sus dos hijos se habían ahogado al caer su automóvil al Sena y en una trágica coincidencia su padre había muerto ahorcado por la correa de un baúl.

Isadora Duncan detestaba la falta de naturalidad de la danza clásica, que ella calificó como simple gimnasia y quiso inspirarse en las representaciones clásicas de las ménades griegas y también en cuadros del Renacimiento abriendo varias escuelas de danza para difundir este modo de entenderla. Recorrió el mundo con espectáculos con los que cosechó éxitos y también escándalos: se presentaba en los mejores teatros vistiendo una mínima túnica, enseñando las piernas o incluso el pecho desnudo; abandonó a su único marido, apenas un año después de la boda, por su alcoholismo, y su trato violento. Tuvo multitud de amantes, al parecer de ambos sexos. Intentó en definitiva ser una mujer libre. Se la considera una de las iniciadoras de la danza contemporánea.

Iniciábamos este artículo con el vuelo de un aeroplano en la Primera Guerra Mundial y sobre otro aparato más moderno, un Lockheed Vega 5B, Amelia Earhart, enfermera en Canadá durante esa primera Gran Guerra, intentó con éxito, tras la paulatina experiencia como piloto y la acumulación de récords y horas de vuelo, la travesía del Atlántico. Era la primera mujer en realizar tal proeza en solitario. Tras el Atlántico, el Pacifico, que logró también atravesar con éxito y en 1935 planeó volar alrededor del mundo en su mayor distancia sobre el ecuador. Esta vez pilotará un Lockheed Electra 10E. Los Angeles, Florida, Puerto Rico, Venezuela, Sudamérica, Africa, Arabia, Pakistán, Birmania, Indonesia, Australia. Partió después de Papúa Nuevva Guinea tras 35.500 kilometros de vuelo. En ruta hacia las islas Howland se pierde su contacto…

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Se llamó “demi-mondaine”, entre los siglos XVIII y principios del XX, a cierta clase de mujeres galantes y de costumbres calificadas como “ligeras”. Esta palabra, creación de Alexandre Dumas hijo, fue definida por su autor del modo siguiente: “Asentemos pues, aquí para los diccionarios futuros, que la palabra demi-monde no representa como se cree y como se la imprime la barahunda de las cortesanas, sino la clase de las desclasificadas. El demi-monde está separado de las mujeres honestas por el escándalo público y de las cortesanas por el dinero”; Fue el calificativo que se aplicó contemporáneamente a la mayoría de las mujeres algunas de cuyas resumidas biografías hemos expuesto. El análisis no sería hoy tan sencillo ni superficial; hay una realidad mucho más compleja y también más profunda tras todo ello.

Si consideramos el periodo en el que transcurren sus biografías, es tan amplio como el transcurso de los siglos XIX y XX. No quiere decirse que hoy no exista un trasunto femenino equiparable a la actitud y las vidas de las mujeres mencionadas; también hoy medran de modo similar vedettes, actrices, personalidades incluso de la aristocracia, etc, sino que por la perspectiva de tiempo es posible hablar de las premisas y la génesis de una rebeldía y por tanto una reivindicación ya antigua, que todavía no ha alcanzado sus legítimos y lógicos objetivos. Pero hemos centrado en términos generales nuestro artículo en aquellas biografías evolucionadas a caballo de ambos siglos que coincidieron muchas veces en una actitud similar de homosexualidad o bisexualidad, como síntoma además de una liberación específicamente femenina. Y de modo quizá arbitrario y basándonos en la mera cronología, solo con un criterio metodológico y en absoluto histórico, hablaríamos de dos generaciones biográficas femeninas en todo este amplio periodo.

A una primera “generación”, anterior a la Belle-Époque podríamos adscribir a Cora Pearl, a Virginia Oldoini, Condesa de Castiglione, a Marie Duplessis o a Lola Montez, cuyas biografías muchas veces apasionantes, deben quedar lamentablemente fuera de la extensión ya excesiva de este artículo. Otras como Lina Cavalieri o Elsie Hodder (Lily Elsie) cantantes y actrices entrarían dentro de un tema exclusivo de reivindicación feminista aunque no en el contexto de rebeldía contra el convencionalismo sexual y social. Una segunda generación la constituyen aquellas biografías que transitan sobre los dos siglos y que articulan una serie de encuentros, algunos de los cuales hemos glosado. Unas son cortesanas y otras no. Unas son bisexuales y otras claramente homosexuales. En algún momento determinado la adopción del modo de vestir masculino, el corte de pelo asimismo masculino, tomadas por la gente en general solo como una moda, fueron las señales deliberadas a espectadores entendidos para visualizar su verdadera sexualidad. La escritora Alicia Misrahi habló en uno de sus libros de “las mujeres que se atrevieron a disponer de su sexo”.

“…la adopción del modo de vestir masculino, el corte de pelo asimismo masculino, tomadas por la gente en general solo como una moda, fueron las señales deliberadas…”

Combinan facetas tan diversas como la artística, cantantes, actrices, bailarinas, pintoras, o deportistas y tantas veces escritoras. En casos, estas actividades son la tarjeta de visita aceptable para justificar otra vida dedicada a explotar cualidades personales en pro de interés económico o de prestigio social en los ámbitos nobles, elegantes o mundanos, como cortesanas por voluntad propia. Su trayectoria, aun azarosa o enrevesada, a veces paradójica, a veces sorprendente como el caso de Liane de Pougy, no tiene vuelta atrás. Más de una, de modo coincidente y hasta frecuente, proviene de familias ricas y acaban heredando una fortuna, lo que explica tal vez una rebeldía más fácil; otras labran esa fortuna de modo distinto. Unas y otras se ‘desclasan’ y optan por una vida independiente y libre. En esa medida son rebeldes.

Añadido a todo ello, en tantos casos, una actividad intelectual como mujeres sensibles y cultas, escritoras, novelistas o poetas. Carácter intelectual que se acentúa en algunas sobremanera, Renée Vivien es a nuestro juicio el referente poético por excelencia en este grupo, aunque en otras, aun existiendo cierta actividad literaria, se reduce a la composición de unas Memorias o una autobiografía y tiene menos relevancia.

Natalie Clifford Barney parece ser en gran medida, tal vez por su eminente labor de auspicio intelectual, por su convicción feminista, su rompimiento con lo establecido y su valentía vital, el eje axial sobre el que se articula el entramado relacional de esta serie de personalidades femeninas a caballo entre los dos siglos. Su biografía es extensa siendo la más longeva de las mujeres que componen este entramado. En estas relaciones se da ya claramente y de manera consciente por parte de muchas de sus protagonistas el planteamiento que asocia los ingredientes de una liberación femenina de corte radical, incluído su lesbianismo, pero que no se limita a él, lo que sería volver a acotar toda la validez de su postura al tema exclusivo del género, aun íntimamente ligado, sino que trasciende a lo social, a lo cultural y a lo político. Desde luego, pudo, quizá, en su tiempo, el ingrediente “machista” diríamos en términos actuales, al ser la mayoría de ellas mucho más conocidas por sus relaciones amorosas o sus escándalos o excentricidades que por su tarea creativa o intelectual. “Mujeres fatales” respondiendo al estigma ancestral de la mujer no sometida, fatales desde el punto de vista y para aquellos que fueron utilizados al querer utilizarlas, porque rompieron los moldes impuestos en el ejercicio de su libertad y su individualidad. Por muchos motivos la Historia está en deuda con ellas y les debe un desagravio. Tal cosa no ha llegado aún de modo satisfactorio porque, a causa de la opresión del poder casi siempre reaccionario, la progresión de lo humano y de lo social se construye secularmente con el sacrificio y la lucha de las generaciones. En esa medida la revolución pendiente, la redención de todo lo humano es necesariamente feminista. Nuestra tarea hoy es, al menos, optar decididamente por la memoria.

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