AQUEL DÍA CASI ATRAPO A KAIRÓS

Por: Mohamed El Morabet


Puede ser. Creo que sin intentarlo sucedió.

La fuerza de aquella mañana ayudó a que pasara. Al menos, eso quiero creer ahora. Era un jueves normal, con rituales necesarios y sin excesivas novedades. Me desperté, me duché, desayuné, fumé el primer cigarrillo del día y me paralicé ante la magnitud de la rutina, como me solía pasar todas las mañanas.

Puede ser. A lo mejor yo motivé su aparición.

En realidad, el miércoles que antecedió al día en cuestión fue fructífero. Había leído un artículo en la prensa que me mantuvo reflexivo y embobado toda la tarde. Por una cartografía del fracaso de Enrique Vila-Matas. También había ido a ver una obra de teatro. Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano, de Mario Gas y José María Pou. Antes de recogerme a casa, fui a tomar un par de cañas y fueron, seguramente, más de dos.

Puede ser. Por haber estado despistado, actuó.

Encendí otro cigarrillo y abrí Makbara de Juan Goytisolo. El libro me había estado esperando alrededor de un año en mi escueta biblioteca, que básicamente se compone de libros usados. Goytisolo abre su novela con tres citas. La primera de Karl Marx, escrita en español y sacada del Manifiesto comunista. La segunda, de William Shakespeare, del Soneto 129, reproducida en el inglés original. Y la tercera era un proverbio marroquí y estaba escrito a mano, en árabe. Comprendí inmediatamente que por la tecnología de la que disponía la editorial en la época, 1980, que no se parece en nada a la digital de la actualidad, aquel proverbio había sido transcrito por la propia mano derecha o quizás la izquierda de Goytisolo. Y decía: Como el viento en una red. Aquí la reproduzco traducida por mí.

Puede ser. El aburrimiento tuvo algo que ver.

No pasé de la primera página de las citas de Makbara. Coloqué un marcapáginas en el libro y fui a la compra. De camino al supermercado pensé si la RAE recogería la palabra marcapáginas. Entre quesos, manchego uno y de untar otro, una lechuga iceberg, medio kilo de zanahorias, guisantes congelados, pan de centeno en rodajas, zumo de naranja dudosamente exprimido, tres cuartos de kilo de boquerones de la costa de Nerja, chocolate negro intenso 75%, una botella de vino blanco Rueda Verdejo muy barata, un pimiento rojo transgénico enorme que casi no pude meter en la débil bolsita de plástico dedicada a las verduras, un litro de aceite de oliva, una docena de huevos tamaño L, seis yogures griegos supuestamente naturales, cuatro bananas de algún país tropical, llené el carrito cuyas dos ruedas no me hacían ni caso de vuelta a casa.

Puede ser. Era una necesidad imperiosa al igual que comer o dormir.

Cociné. Boquerones fritos, deliciosos. De postre, una banana desabrida, una onza de chocolate y tres cigarrillos. Fluctuándome entre una siesta o un café cortado, retomé la lectura de Makbara: «al final estás aquí, te aguardaba desde hace largo tiempo, horas días semanas meses años, sabía que vendrías, volverías a mí, al punto mismo donde nos encontramos, amémonos como posesos, no importa que otros miren, calentaremos los huesos de las tumbas, los haremos morir de pura envidia, todo el makbara es nuestro, lo incendiaremos, arderá con nosotros, perecerá, pereceremos, vivos, convulsos, abrasados», así cierra el capítulo Cementerio marino. Me dormí.

Puede ser. Los sueños a menudo nos conectan con él.

Me dieron las cinco de la tarde recostado en el sofá. El entumecimiento era muy placentero. La oscuridad iba posándose en el salón lentamente. Presentí la fuerza de la mañana dilatándose inmensa hacia la noche. Escogí un bolígrafo y me trasladé con el cenicero al escritorio. Encendí la lámpara y se iluminó la página en blanco.

Puede ser. Aquel día casi atrapo a Kairós.

Me faltó poco. Él fue rápido, veloz y yo menos intrépido que en el sueño que tuve. En aquel sueño, vi a un amigo agarrándole de las alas mientras le obligaba a dialogar sobre la anatomía del lapso. «¿Por qué siempre pasas a mi lado, rozándome la piel, y no me saludas?», le recriminaba mi amigo en el único instante que recuerdo con nitidez del sueño.

Puede ser.

1 comment

  • Alberto Mrteh

    La vida ha querido que leyéramos Makbara casi a la vez.
    Y que los dos lo hayamos usado como inspiración.
    Y que las interminables enumeraciones sean adictivas : placenteras : reconfortantes.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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