JUAN MARTÍN-MORA HABA | TE ESCRIBO ESTA CARTA…

El mes de octubre se viste de colores castellanos manchegos en PROVERSO, ya que acogemos entre nosotros al escritor Juan Martín-Mora Haba. Escritor con una sólida trayectoria dentro del mundo de las letras y que nos acompaña este mes con este relato, que esperamos les guste.

Juan Martín-Mora Haba, nace en Ciudad Real, el 14 de julio de 1944. Cursa estudios de Perito Mercantil, Periodismo, Geografía e Historia, Humanidades, Técnico de Radiodifusión (especialidad en emisiones y producción).

Ha trabajado en Prensa, Radio, Televisión, Agencia Estatal de Administración Tributaria, Escritor.

Ha sido reconocido con los siguientes premios:

  • Segundo y tercer premio de fotografía ‘Cardencha’ 1975
  • Trofeo productor Popular 2 (Cope) 1982
  • Finalista concurso de fotografía Iferga-Agfa 1990, 1991 y 1992.
  • Diploma V Concurso de Cuentos/Relatos de la Universidad José Saramago 2012.
  • Primer premio II Concurso de Fotografía, Universidad José Saramago 2012.
  • Segundo premio III Concurso de Relatos, Asociación Ani Benavent, Hospitalet 2012.
  • Primer premio III Concurso de Fotografía, Universidad José Saramago 2013.
  • Premio VI Concurso de Relatos/Cuentos, Universidad José Saramago 2013.
  • Premio VII Concurso de Relatos/cuentos, Universidad José Saramago 2014.

Es autor de los siguientes libros, que también han sido publicados:

  • Los días y las noches en La Casa Grande – Enero 2013
  • Ahora no puede ser, que todo fue nada – Septiembre 2014
  • Cómo ser escritor y no morir en el intento (varios autores) – Marzo 2015
  • Ahora me puedes quitar las bragas – Junio 2016

«Los relatos y mi profesión periodística, me concedieron el oficio…»

R.P.: ¿Cuándo y cómo llegaste a la poesía?

J.M.H.: Empecé a hilar algo que pudiera ser leído en los primeros años de mi adolescencia. Seducido por la poesía, quería impresionar a las chicas con mis propios poemas, pero a ellas le gustaban más mis cartas, por la forma de describir las cosas.

Los relatos y mi profesión periodística, me concedieron el oficio, lanzándome a la novela sin ningún pudor ni miedo a la página sin contenido, cuando pensé que ya estaba preparado y alentado por quienes me conocían, incluida mi profesora de literatura.

R.P.: ¿Qué es escribir para tí?

J.M.H.: Escribir es un oficio, que me llena de satisfacción al ver que puedo manejar el mundo y mis personajes, para que los lectores sientan lo que ellos viven, fruto de mi imaginación y el poder de la observación. Escribir, es vivir y morir todos los días, para luego resucitar en manos de los lectores.

«Escribir, es vivir y morir todos los días…»


Te escribo esta carta…

Desde esta ausencia de todo, apartado en un rincón, me acuerdo de ti. Después de mi furibundo adiós por una tontería, ahora la falta de tu presencia, tu mirada con esos ojos garzos que Dios te dio, la permanente sonrisa que embellece tu cara, la risa cantarina y contagiosa a la vez que de sirena seductora, salida de una epopeya Homérica, siento la necesidad de decirte algo que el alma me impone, aunque mi timidez quiera impedir esta determinación. Acabo de despertar de un sueño reparador en el que tú me hacías la pregunta que siempre he esperado cuando estoy despierto: ¿me quieres? Mi reacción en el mundo onírico ha sido esplendorosa, aceptada por ti respondiendo a mi impulso con el tuyo: un beso ha sellado mi deseo oculto, como el que le dio con euforia un anónimo soldado de la Marina de los Estados Unidos en Times Square, para celebrar el final de la II Guerra Mundial, a una joven enfermera. Sé que sólo ha sido un sueño, mientras tú, seguro que te estás riendo de mi soledad, en tanto que yo entristezco por tu ausencia.

Recuerdo la primera vez que accediste a darme tu mano, con el pretexto de examinar el color del esmalte cubriendo tus uñas pequeñas y moderadamente cortas. Te las habías pintado de azul. Palpé discretamente esas manos sintiendo la suavidad de tus dedos proporcionados, finos y cortos, hasta que se entrelazaron con los míos para sentir mi corazón acelerado como potro desbocado, aturdiendo el sentido de mis palabras, no acertando a decirte ¡te quiero!

Después alguien interrumpió nuestro encuentro para llevarte con él.

Pasó mucho tiempo; no sé cuánto, pero a mí me parecieron años enteros, hasta que volví a verte nuevamente. Entré en el bar de siempre, llegando hasta el fondo, donde había una mesa libre debajo del televisor. Desplegué el periódico buscando una noticia que hablaba de mí. Era la reseña de un acto en el que me distinguieron con la entrega de un premio literario, en Barcelona.

Apenas comenzada la lectura del diario, Sandra, la cocinera, me acercó un plato con aperitivos variados, acompañado de una cerveza doble, que suelo llamar ‘una fresquita’; todavía era verano y hacía calor fuera. Agradeciendo el presente, di de lado a la prensa para atender a los jugos de mi estómago, alterados con la oferta. Un vecino de bloque se me acercó para contarme algo sobre los problemas de la Comunidad, sentándose frente a mí con su vino y su aperitivo. Escuchando su relato, oí una voz que, por ser femenina y atrayente, me hizo girar la cabeza en la dirección de donde procedía. Ahí estabas tú de nuevo, después de tanto tiempo. Sin pensarlo, dejé a mi vecino tirado con la palabra en la boca, para llegar hasta tu lado. Estabas con un chico y me quedé parado hasta que, con tu mirada, adiviné que podía acercarme.

Te reproché tanto tiempo pasado sin dejarte ver. Tú lo lamentaste y eso volvió a provocar en mí la emoción del encuentro. Tus manos lucían el color rosa en tus uñas, en esta ocasión, prendándome. Te vi más guapa que nunca, con el pelo adornando por un flequillo caído y moldeado al lado derecho de tu cara. Estabas dulcemente bella, muy bella y, por eso, me atreví a besarte. Después, y sin mediar palabra, saliste del local, alejándote.

Después de haberse dilatado el tiempo sin volverte a ver, mientras te escribo esta carta, te recuerdo tal cómo te vi esa última vez. Eras armonía de color puro y todo estaba tan bonito, que casi me da miedo ahora que pienso en ti. Tu risa me pareció fresca como la primavera que se asoma al prado de la vida, como el riachuelo que vuelve a corretear a su encuentro con la naturaleza, saltando, jugando entre rocas, brillando con el sol, hasta hacerse ancho, reflejando la luna llena, después de las lluvias, el hielo y la nieve del invierno. Vi en ti la lluvia, esa lluvia que pocas personas sienten, mientras otras solamente se mojan. Eras una mujer de las que avanzan, no habiendo hombre que te detuviese. Eras como un vendaval. ¿Sabes? A mí me produce placer cerrar una ventana que ha abierto el temporal de viento y lluvia. Pero me habría
gustado hacerlo contigo dentro, refugiándote en mí.

Me contaron, que cuando eras una niña te echabas a llorar por cualquier cosa. Llorabas por la caída de una hoja de un árbol y, que no sólo aprendiste a destrozarlo todo, sino también a ser la revolucionaria del colegio. Ahora tu carácter es moderado, sutil, despierto y siempre alegre como el amanecer de los días felices y el anochecer de las sombras de los ángeles, junto a las barandillas de las fuentes nuevas, donde acuden las ninfas, Delfos y hadas pequeñas, llenas de inocencia.

Acudí a tu ventana,
por la mañana.
Subí a tu balcón,
por amor.
Me fui con el viento,
por tu silencio.

 

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