LA BARBA EN ESPAÑA

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Pero si tú eres alegría, nos dice aquella flor (más remota que la parca) que hiere octubre, hoy, que es finales de enero, entrada una noche que tiene barba (rala) de hace aproximadamente mes y medio. Me la voy a afeitar cuando termine este escrito porque pica. Las amapolas nacieron en Turquía, quizá en Estambul, esa capital del amor bella y fanática como sus bóvedas. Luego -a las amapolas- las fueron trasladando hacia Occidente (lo mismo que se ha hecho con Confucio, Lao Tsé y Tu fu entre otros). Occidente es una máquina vieja con olor a humo de locomotora sobre la que hace moneda de cambio el estadounidense medio. Pollock era un gran jefe Sioux, borracho, paleto, quizás noble, follador de Peggy Guggenheim (de la que se dice era superficial) y al volante de un coche que se muere de frente, junto a dos chiquillas (una de ellas salió viva) y toda una generación de jovencitos hoy ya casi centenarios, como mi barba, que pincha, ya lo he dicho. Muchos artistas de sexo masculino tienen barba, el autor de Mazurca para dos muertos y Madera de boj se dejó la barba y luego dijo que los banqueros de España, ese país tan remoto, le imitaban dejándose ellos crecer ese pelo que en la cara nos sale a los chicos, y también a algunas chicas, pocas. Hasta Mick Jagger, bailarín y cantante británico, se la dejó una vez, quizá por imitar a Chris, su hermano pequeño. Marianne Faithfull le dijo: Pinchas, Mick. Además pierdes mucho, añadió, como símbolo y como persona (hoy, por persona, es más símbolo la Faithfull que el Mick, ese cadáver, no obstante vivo, que pasea su majestuosidad, que será satánica o no será, en limusina, dicen, por clubs nocturnos de Mónaco y países árabes). Los filósofos serios a lo que más fieles son es a su barba, con permiso de las filósofas serias. Hoy en día la realidad (nocturna, como la de Jagger) imita a la alegría en Rosset, que dejó una temporada la filosofía para pasarse, como yo, a los antidepresivos, inocentes elevadores de eso que los entendidos llaman serotonina. Pero si tú eres alegría, nos dice aquella novia, generosa como nadie más lo ha sido nunca, de nuestros diecisiete años, la primera edad en que yo me dejé barba. Una barba llena de lagunas (calvas), rala y negra (como la chica de David Bowie). Me confundieron con Valle-Inclán en el parque de atracciones de Madrid, con Charles Manson en la cafetería del Hipercor de Alcorcón. Pero si eres muy joven, me decía yo para mis adentros. Y luego: Tranquilo, tú, que así molas. Me hice comunista debido a que llevaba barba. Así de trascendental -y grave- leí a Engels. Me hice sociólogo porque quería ser pastor de cabras y ovejas como mi padre. Como Jesús, no el de Nazaret, el de Espirdo (Segovia). No sé su apellido. Era pastor y sociólogo y, además, fumaba porros conmigo en las fiestas de Valseca. Si eso no era el comunismo ¿Qué lo iba a ser? Y llevaba barba. Y lleva, creo. Espero que sigan ahí, Jesús y su barba, luchando contra los pensamientos, que son siempre impuros. Ya está, acabo de afeitarme. No he podido esperar a terminar el escrito. ¿Qué soy yo salvo un interno, barbudo, de lo más brillante? Interno en los oficios, del saber, del conocimiento, de los hospitales y de la barba, otras veces también he hecho clemas y portacebadores y hasta un día le gusté mucho a unas muchachas en la parada de metro de Urgel, línea 5. Eres tan bonito, dice la paz alada, asexuada, del arcángel. Soy el erotismo, eso es lo que soy. Y mi barba, la que me acabo de afeitar, también es el erotismo (y el erotismo me deviene en alta pornografía -bukkake congoleño, como mínimo-). La he tenido que recoger de la pila y echar al váter, a la barba. Pobre barba. Reunida apenas eran las obras completas de Unica Zürn. Está aquí, en mi habitación de Brunete, épica de periódico y soldados (hoy encuentran botas de pacos, uno supone que usadas, al hacer piscinas), tomando haloperidol conmigo. Ella (la Zürn, enterrada junto a Hans Bellmer, su amor posible e imposible) y su sueño, que no acaba sino en la representación, que siempre es la de una muerte, o varias a la vez (la Zürn viajaba por Europa, de asilo en asilo). Mi psiquiatra se llama Paco y lleva barba. “España, aleja de mí esta barba”. Eso dice Paco cuando se va a cantar con el coro en sus ratos libres. No cantan cualquier cosa, cantal por Haendel. A mí me aburre. Prefiero a los Barón Rojo. Recuerdo un concierto de esos magníficos de la incultura, allí, en el barrio que me vio crecer. El parque de abajo, con su arena, porterías y canastas. Había jóvenes (más viejos que yo por aquel entonces) esnifando pegamento. Y mi tía Pepa me decía que no les mirara, a ver si nos iban a hacer algo. Ayer iba yo en autobús (últimamente ya los conductores no hablan mucho conmigo) y casi se me olvida que yo una vez cagué sangre en la antigua Yugoslavia. Mi compañero de heridas salió en el Gran Hermano. Era más tonto que Abundio. Y no tenía barba. Abundio al menos tenía la decencia de que, de vez en cuando, se le olvidara la maquinilla. Siempre estaba mirándose en mí y mi barba. Y, de entre mi barba, una noche saqué Los santos evangelios, una perfecta cura contra el insomnio de las novelas de género, y le siguió Madre noche. La noche yugoslava valía cincuenta pesetas, poco menos de lo que le costó al Madrid el traspaso de Prosinecki, casi guapo en su barba, del Estrella Roja de Belgrado. Recuerdo la final contra el Olimpic de Marsella, de Jean-Pierre Papin, que terminaría en el Milan, así, sin la tilde. Se ha acabado la cerveza sin alcohol y hay muchas colillas en el cenicero, y sale del spotify una versión del Mack the Knife interpretado por Dee Dee Bridgewater, que tiene el ritmo africano dentro del cuerpo / alma, como lo tenían Brecht y Weill. No sé, a mí es acabarse la cerveza sin alcohol y me empieza a doler el cuerpo / alma. Me empieza a doler la barba. La barba española de esta noche española, alucinada, preñada de bien, enamorada y hot, very hot. Charly, mi loro, duerme. Él es todo plumaje / barba. Yo ya no porque, como he dicho, me he afeitado. Quedo en el espejo como un Valentino (Rodolfo, no el de las motos) que se pregunta ¿Quién coño es Valentino? En Japón un par de jovencitas, afectadas por la muerte del precioso, se lanzaron a la lava de un volcán activo (Un par de segundos antes quizás se lo pensaron, pero… Ya que habían subido hasta allí arriba…) Sí, sí, España, lo hicieron, lo leí en alguna parte. Los comisarios de la policía tenían barba en España, joder. Las barbas de Walt Whitman eran reeditadas bajo severas correcciones de rima y puntuación por parte de su, cada vez más blanca, barba en Hojas de hierba y Canto a mí mismo. Hoy han salido los chicos de la barba (Frank G. Rubio y Ávila Salazar), casi seguro que ya están durmiendo. Han presentado a Thacker, En el polvo de este planeta, en Espacio leer. Me pregunto qué harán, qué habrán hecho. Rust, de True detective, es un personaje del que se enamora Laura cada día. ¿Qué tiene Rust que no tenga yo? Fumo mucho y hasta toso, papá me dice que me suenan los pulmones al respirar. Pero no tengo la sinestesia, ese desorden cada vez más valorado en el primer mundo, que consiste en pasar olores o color por lenguaje musical, y nos han enseñado que con eso hasta se pueden detectar asesinos. Los malos poetas lo tienen todos, creo. A los trabajadores del talento, como Salieri y como yo, sólo nos queda guarecernos en nuestra propia envidia. El inventor de la sonata nos oye crecer desde la fosa común de la belleza humana. Dejé los antipsicóticos (haloperidol, risperidona, quetiapina y Lagavulin) y hoy sé que la percepción es esto. Me debí quedar en un tripi de 1987, uno de esos cartones en el que se veía la rueda delantera de una bici (la de Hofmann, coautor de Las plantas de los dioses), o es que todo el mundo ha enloquecido. Las dos cosas, quizás. O Hofmann, que llegó a viejo, como yo. Y se afeitaba por las noches, como yo. Y le daban las seis de la madrugada, como a mí, siempre dedicado al vicio de aprender, siempre captando olimpos enteros de gracia, por los siglos de los siglos y no diciendo amén nunca. He dejado la bebida y quiero emborracharme, pero no lo voy a hacer. Voy a ser alguien, sin mi barba incluso. Sin esa barba que tan bien le quedaba al autor de La escopeta nacional. Berlanga, Luis, un tipo la mar de majo que hizo humorismo del destape y a quien no conocí. Un tipo de provincias, creo, como casi todos nosotros, chicos y chicas viejos, modernos como La Factory, eternos como Düsseldorf o Dresde. En las aulas fuimos Joseph Beuys hablándole a un conejo muerto, a una rata muerta, a una sombra muerta (La no obstante eterna sombra de Plinio el viejo). ¿Y yo qué coño hago aquí, sin mi barba? Si se me llega a dar bien la guitarra hubiera matado a un puto poeta de… no sé, del alma, del arte, del porno, de todas las bellezas reducidas a una representación del universo, ya digo, metido en un plato de judías pintas que, ay, sólo sirve para comerlo, y conviene que se haga con cuchara. Los césares tenían que nunca comían solos, como Tony Soprano. Ayer iba caminando con Laura y vimos a Paco Clavel entrar en un ristorante, estaban haciéndole fotos a la entrada y pidiéndole autógrafos. Yo me acordé de Diana, la princesa del pueblo, pero no se lo dije a Laura, que no quiere novios porque está harta. No sabía que Paco Clavel siguiera vivo. Así que en eso resulta la modernidad en España. Pero yo, fiel a mi barba, salvo hace un rato, erre que erre. ¿Qué es o qué fue Paco Clavel? ¿Qué coño representa? ¿La homosexualidad? ¿El marquesado? ¿La movida? ¿El marquesado homosexual de la movida? ¿La bisexualidad acaso? ¿El glam? ¿La peluca? ¿La supervivencia? Hace mucho ya que en la Gran Vía de Madrid no existen los neones. Los quitó Gallardón, creo. Dijo que ya no. Que a la mierda los neones. Esos de la movida, como Gallardón, no tenían que levantarse a las ocho para arrear la hacienda. Tenían para tabaco. Les llegaba. Almodóvar hizo Pepi, Luci y Bom y se fue de la telefónica, con el tiempo recogió los Oscar. Cuando se deja la barba, Almodóvar, se la arregla / arreglan. He abierto una Coca-cola. Tengo ganas de hacer pis todo el rato. Lo acabo de hacer. Se queda uno bien, como después de haberse afeitado una barba de mes y medio. Es 29 de enero de 2016. España, aleja de mí esta barba, digo que dice Paco, mi psiquiatra. ¿Qué estará haciendo ahora ese hombre oscuro? Me recomendó san Manuel bueno, de Unamuno, y luego me leí Niebla. Soy en estas alucinadas 6:37 h la barba, echada al desagüe, de alguien que piensa.

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