MARUJA MALLO | UNA MUJER TRASGRESORA Y REBELDE

Por: Isabel Rezmo


El Atril está preparado para deslizar el trazo suave sobre la grafía de los autores que mes a mes presenta en PROVERSO.

Deslizamos el papel, la paleta está preparada y a la par observamos qué artista se complace en asomarse a este lienzo.

Este mes dejamos la figura de la gran pintora española Maruja Mallo.

Fue una pintora gallega célebre por sus amoríos y amistades peligrosas. Decidió vivir su existencia en insobornable libertad y el personaje acabó por eclipsar a la artista.

La última surrealista, aunque decir surrealista era entonces solo invocar la máxima libertad de lo moderno. Mallo era libre, un relámpago, una diva, un deseo, un volcán y una pintora que rompió moldes y abrió el camino, en un mundo de hombres, en una época donde la mujer era discriminada y no valorada. Ella supo como otras, las llamadas “Las sin sombrero”, a marcar su propio destino y su propia condición y estatus.

Amiga de Ortega y Gasset, André Breton, Ramón Gómez de la Serna —autor de la primera biografía de la artista, en la que la calificaba de “bruja buena”—, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Concha Méndez, María Zambrano, Rodolfo Halffter, Victoria Ocampo, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, Miguel Hernández o Rafael Alberti —con quien vivió una gran pasión, a pesar de las páginas arrancadas de la biografía del escritor y del poco reconocimiento hacia Mallo como inspiración de la obra de teatro “La pájara pinta”, más allá de los figurines y los decorados—, estar cerca de Mallo era tocar con los dedos esa vanguardia 40 años escamoteada.

También amiga de dos de los más ilustres habitantes de la Residencia de Estudiantes, Dalí y Lorca, guardaba de ellos anécdotas que no hacían sino refrendar lo mítico de aquellos tiempos en que Madrid, España, fue vanguardista. Si Lorca le había robado un novio al decirle que parecía un príncipe ruso —el halago lo encandiló, recordaba Mallo entre carcajadas—, Dalí la definía tajante: “Maruja, eres mitad ángel, mitad marisco”. Con ellos había vivido aventuras sinsombreristas, muestras de una libertad nada corriente para una joven gallega que había llegado a Madrid en los años treinta para matricularse en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y que montaba en bici y se quitaba el gorrito de rigor. Eran historias que tenían mucho de invisible manifiesto feminista que Mallo compartía con algunas de sus amigas, como la propia Concha Méndez o Josefina Carabias. Así, en una de sus anécdotas más conocidas, en una visita a Silos junto a Dalí, Lorca y Margarita Manso —y que tanto le gustaba recordar a Mallo—, para tener acceso al monasterio las mujeres se pusieron chaquetas a modo de pantalones. “Aceptaron nuestra entrada en el recinto sagrado como promotores del travestí a la inversa”.

Maruja se atrevió a vivir como ella quiso, asomarse a ese mundo patriarcal que oscurecía todo movimiento de progreso social en la mujer

Según cuenta Maruja Mallo en algunas grabaciones sobre su vida, un día se les ocurrió a Federico, a Dalí, a Margarita Manso y a Mallo quitarse los sombreros porque decían que les estaban congestionando las ideas y, atravesando la Puerta del Sol, les apedrearon llamándolos de todo.

Las sin sombrero, mujeres cultas, intelectuales, artistas, escritoras, etcétera. No tuvo que ser nada fácil para estas mujeres, empezaban a gozar de cierta libertad, cuando llegó la represión franquista para ellas fue doble pues fueron represaliadas por igual pero olvidadas tanto dentro como fuera, en el exilio. La historia escrita por hombres es muy injusta para las mujeres, es como si en la Generación del 27 no hubieran existido.

Su vida sentimental también tuvo una deriva artística. Mantuvo una intensa relación con Rafael Alberti, que cristalizó en obras como las que realizó para la primera edición en revista del poemario del gaditano Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Más tarde también las mantendría con Pablo Neruda y Miguel Hernández, pero siempre desde una total autonomía: rechazaba ser una mera extensión de la vida y la obra del hombre.

«En los años 30 viaja a París, donde toma contacto con figuras como André Bretón, y su obra entra de lleno en el surrealismo.»

La mujer Independiente

Maruja Mallo nació en Viveiro (Lugo), en 1902. Su verdadero nombre era Ana María Gómez González. En 1922 se traslada con su familia a Madrid. Estudia en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincide con Salvador Dalí, que le introduce en el ambiente del surrealismo y de la Generación del 27. Ilustra algunas obras de Rafael Alberti, como “La pájara pinta”. En 1927 conoce a Ortega y Gasset y colabora como ilustradora en la “Revista de Occidente”. Su primera exposición individual se celebra en los salones de dicha publicación con gran éxito. En los años 30 viaja a París, donde toma contacto con figuras como André Bretón, y su obra entra de lleno en el surrealismo. De vuelta en España, trabaja como profesora. Con el inicio de la Guerra Civil, se exilia a Argentina.

A partir de 1936, comienza su etapa constructiva, mientras que sigue exponiendo con los pintores surrealistas en Londres y Barcelona. Participa como docente en las Misiones Pedagógicas, que la acercan a su tierra natal, Galicia, donde a los pocos meses le sorprende la Guerra Civil Española. Desde allí huye a Portugal. Toda su obra cerámica de esta época es destruida en la guerra. Poco tiempo después, su amiga Gabriela Mistral, embajadora de Chile, la ayudó a trasladarse a Buenos Aires, donde siguió pintando, dando clases y cultivando amistades, entre ellas, Pablo Neruda.

En Argentina se integra en la vida cultural del país, se convierte en colaboradora de la revista Sur, de la que también es colaborador Borges. Es en Buenos Aires donde inicia su serie Marina y la serie Terrestre. En la serie Máscaras Maruja se inspira en los cultos sincréticos de los indígenas. Viaja con asiduidad y expone en distintas ciudades como Nueva York, París o Brasil.

En 1939 publica el libro Lo popular en la plástica española a través de mi obra, obra que empieza a incluir los retratos de mujeres, este cambio para algunas voces es el precursor del Arte Pop norteamericano. En 1939 pinta su obra más importante: “El canto de la espiga”.

Con Pablo Neruda viaja a la isla de Pascua en 1945, en este tiempo inicia su serie Naturalezas vivas. Con la llegada del peronismo al poder se traslada a Nueva York.

OBRA: Una Mujer de Vanguardia

Se le ha llamado la gran precursora del surrealismo, sin embargo es difícil situarla en un verdadero modelo pictórico. Un destello de color, entusiasmo, provocación y creatividad en un mundo que tendía sin remedio hacia el gris.

«Maruja seguía la línea de la nueva objetividad o realismo mágico presentada por Franz Roh…»

Muy cercana a Dalí y Lorca (Buñuel no la soportaba, entre otras cosas por su opción por el amor libre, lo que le llevó a decir sobre ella con desprecio: «¡Queda abierto el concurso de la menstruación!», se convirtió en compañera inseparable de Concha Méndez.

Ambas figuraron entre las iniciadoras del movimiento de las «sin sombrero», un grupo de jóvenes intelectuales que escandalizaron a la sociedad por atreverse a salir a la calle sin esa prenda. Y es que a ambas, también amigas de María Zambrano o Rosa Chacel, les encantaba acudir a las conferencias académicas para plantear preguntas comprometidas, o contemplar burlonamente desde los escaparates lo que pasaba dentro de las tabernas, en un momento en el que les estaba prohibido entrar en ellas. No estaba nada mal para quien había sido consagrada por el mismísimo Ortega, quien le cedió las instalaciones de la Revista de Occidente para su primera exposición en Madrid.

En esta época la pintura de Maruja seguía la línea de la nueva objetividad o realismo mágico presentada por Franz Roh en 1925. Más adelante su pintura evolucionaria hacia el surrealismo e Inicia una etapa en la que destaca el interés por el orden geométrico e interno de la naturaleza.

Comprometida con la República, desarrolló una triple dedicación docente como profesora de Dibujo en el Instituto de Arévalo (donde ganó la cátedra de dibujo), en el Instituto Escuela de Madrid y en la Escuela de Cerámica de Madrid, para la que diseña una serie de platos, que no existen actualmente, y para la realización de los cuales había estado estudiando matemáticas y geometría, con la finalidad de utilizar esos conocimientos en la cerámica. A partir de 1936, comienza su etapa constructiva cuyo estilo es precursor del arte pop estadounidense.

En Nueva York, donde se hizo amiga de Andy Warhol y se convirtió en una asidua de la vida cultural y social de la ciudad, donde brilló con luz propia. Se cuenta que Rockefeller quiso presentarle a la estrella de Hollywood Claudette Colbert y que, cuando le preguntaron a Mallo si envidiaba algo de ella, ésta contestó que la dentadura. La actriz, divertida y halagada, se la llevó consigo al día siguiente a conocer a su dentista.

A pesar de ser una de las referencias de las artistas de posguerra, a su regreso del exilio apenas se la valoró más allá de su personaje.

El suyo fue un exilio muy distinto del que soportaron los que malvivieron en la penuria. Algunos compatriotas le reprocharon que viviera bien en aquellos años.

En la década de los sesenta cuando regresa a España, instalándose en Madrid, es una auténtica desconocida en su propio país. Ya que aquellos que fueron sus contemporáneos o habían fallecido o continuaban en el destierro, lo que propició que su vida pública fuera inexistente. En ningún momento deja de pintar, en la década de los noventa del siglo pasado realiza algunas exposiciones y recibe premios como la Medalla al Mérito en las Bellas Artes y el Premio de Artes Plásticas de Madrid. Fallece en Madrid el 6 de febrero de 1995.

Algunas obras pictóricas suyas son: La verbena (1928), La huella (1929), Sorpresa del trigo (1936), La red (1938), Cabeza de mujer (1941), Máscaras (1942), Naturaleza viva, Vida en plenitud (1943), El racimo de uvas (1944), Cabeza de mujer (1946), Oro (1951), Agol (1969), Geonauta (1975), Selvatro (1979).

Premios:
Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1982)
Medalla de Oro de Madrid (1990)
Medalla de Oro de la Xunta de Galicia (1991).

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