VERLA UNA Y OTRA VEZ

El Arte sin morir de frío

Por: F. J. Guerrero


Por el placer de volver a verla

Hace unos seis años, acudí al madrileño Teatro Amaya a contemplar una obra muy singular: Por el placer de volver a verla. Fui motivado, fundamentalmente, por la presencia protagónica de Miguel Ángel Solá, uno de esos actores argentinos de poderosa presencia y mirada reveladora. Siempre he sido más cercano al cine que al teatro, nunca lo he negado. A comienzos de siglo, un par de producciones españolas que no pasaron desapercibidas en su día, Plenilunio y Fausto 5.0, me hicieron conocer de lleno las capacidades de este intérprete. Por lo tanto, era un placer de volverlo a ver, esta vez en persona.

La concepción que yo tenía sobre el teatro, más concretamente sobre su puesta en escena, la articulación del texto y las interpretaciones, cambió por completo al salir de aquella sala, dos horas después. Dicen que, en muchos casos, menos siempre es más. Aquella era una prueba evidente de que este refrán se cumple. En ocasiones, las cosas que crees que pasan ante tus ojos de la forma más inocua y fugaz son precisamente aquellas que te dejan una huella más honda y calentita en el corazón.

Solá habla, y mucho. Hace malabares con las palabras, juega con ellas, crea pareados y nos guiña el ojo, en señal de complicidad. El público es su cómplice. Ingmar Bergman se revolvería en su tumba al ver a este mago argentino romper la cuarta pared con tanta elegancia y finura. Por hablar, habla hasta con los técnicos, los iluminadores del teatro, los sonidistas. Todos formamos parte de su pequeña aventura. Un casi monólogo en voz alta donde reina un sentimiento: el amor. Ese que duele, ese que sangra, ese que salpica. Convierte en nuestra la angustia de rememorar, una y otra vez, el recuerdo de quien se ha ido.

El teatro, al igual que el cine, requiere de un espacio imaginario que no se puede tocar, pero se puede sentir, para llevar a cabo la ficción dramática. Es en ese espacio, en ese microcosmos, donde se desarrolla la vida de los personajes. Pero esto no ocurre aquí. Solá añora, y nosotros añoramos con él. Quiere sentir, abrazar, susurrar, cobijar, y nosotros somos su impulso para hacerlo. Aunque no pueda. Durante dos horas, formamos parte de un teatro inmersivo, implicador, audaz y, sobre todo, único.

Dijeron en su día, los que les pagan por criticar, que a una obra de Miguel Ángel Solá hay que pedirle más. Que su puesta en escena era minimalista como efecto negativo y que la narración era un tanto estática. Para aquellos que aún soñamos con los ojos abiertos, para los que estamos siempre buscando algo, fue un placer de ver y de volver a ver.

Michel Tremblay

En el escenario, seis cubos decorativos. Los propios operadores del teatro cambiaban a voluntad sus formas: de un salón a un tren, y de este a una azotea. Y Solá continuaba implicándonos, y echando de menos, y amando. Recitando el texto de Michel Tremblay con la elegancia y sofisticación del mejor tango. Aquella era una obra pequeña, pero su calado, muy grande.

¡A veces se consigue tanto con tan poco! Pasaron dos horas como si fueran dos minutos. La obra concluyó, pero nadie se quería ir. Dos personas y seis cubos llenaron de candor aquella madriguera de las emociones, una en la que cada miembro del público tenía su hueco reservado. Salir de allí implicaba sentir frío, aunque fuera primavera.

Una vez de vuelta a la realidad, a esa a veces triste y sin sal, uno siente que le gustaría ser como Solá en la obra. Aunque duela. O mejor dicho, como el personaje de Solá. En este juego de espejos y de falsas realidades, a veces caemos en la trampa de no saber hasta dónde llega la ficción y hasta dónde todo es cierto. Qué importa, cuando la experiencia te ha cambiado por completo y te ha hecho, incluso, ser mejor. Aunque haga daño. Qué importa, cuando alguien te dice que no está mal echar de menos, que no estás solo en este teatro tan misterioso que es la vida. Que no pierdes nada, y ganas mucho, si le dices a esa persona a la que tanto quieres que es un placer volver a verla.

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