POR UN CATÁLOGO DEL SILENCIO

Por: Mohamed El Morabet


Tus ánimos asaltan la fortaleza del silencio. Dentro del vagón del metro, los silencios a menudo se confunden con el ruido eléctrico de los motores y te dan miedo. En la estación de autobuses, los silencios viven cómodamente instalados en los baños y en los hospitales, huelen a ácido y desinfectante. Tú los vigilas. Los catalogas, más bien. Dices que hay silencios de diferentes estilos y formas, dispares casi todos. Silencios descriptivos, silencios reflexivos y silencios silencios. Estos últimos aseguras que admiten ser interrogativos, exclamativos o meramente absurdos, pero silencios de igual modo. Otros, los menos perceptibles, suelen ocupar el salón de tu casa. A veces se ejecutan en un movimiento espontáneo. Es el silencio de estar sentado en la silla del escritorio esbozando líneas y, en un vago momento, cambiar la silla por el sofá para seguir leyendo líneas ajenas. Ese cambio anida el auténtico sentido del silencio imperceptible.

La luz de Madrid desdeña a conciencia tu clasificación y no sabes por qué. Luz y silencio, eterna contienda. La primera por invisible y perentoria, por acogedora de entes espaciales, la velocidad de la luz, el siglo de las luces, por fin vio la luz, y se hizo la luz (indeterminado tiempo y tal vez al cuarto día), con pocas luces, el pobre, a todas luces, tener luz verde, «…luz de mi vida, fuego de mis entrañas,…» de Nabokov y demás. Y el segundo por invisible e impreciso, por facilitador de un amplio registro de interpretaciones, el silencio administrativo, el silencio de los corderos, biografía del silencio, el silencio de oro, «Toma esta copa y bebamos escuchando sin inquietud el gran silencio del universo.» de Omar Jayam, minutos previos a abrir los ojos cada mañana, instantes antes del borboteo de la cafetera sobre el fuego, el famoso minuto de silencio en un estadio de fútbol que nunca sobrepasa los veintisiete segundos o se hace infinitamente pesado, «Cuando pronuncio la palabra Silencio, / lo destruyo.» de la sagaz Szymborska, y el mismísimo Big Bang, ya que te cuesta imaginar una tremenda explosión sin que genere un profundo silencio ulterior. Aun contemplando las posibilidades que te ofrecen los silencios imperceptibles, te parecen los menos importantes. Probablemente porque corresponden a un lugar común o porque son compartidos por todo el mundo.

Los silencios descriptivos se centran en cómo saborear la primera cerveza el viernes por la noche en un bar, por ejemplo. Te quedas callado después de beberte el primer trago, con la mano sujetando la copa y con la mirada perdida. Y si tienes compañía —más vale que así sea—, la sorprendes mirándote inconscientemente, en uno de estos silencios, cuando te dice con los ojos: «No sé yo si tú…, pero a mí me sabe a rutina». Tu compañía mira su copa de cerveza y te vuelve a hablar en un silencio desdibujado: «El viernes es la antesala del fin del mundo. Te proporciona placer al mismo tiempo que te atormenta con la inminente llegada del lunes. Pero da igual, esta cerveza sabe a goma». La sigues mirando y preguntándote de qué te está hablando. «La goma de borrar palabras, de las que usábamos de niños», te dice con voz insonora. La ternura de tu interlocutora te desconcierta. Su aspecto trasciende tu campo visual. El bar no te satisface. La luz y el silencio exponen la categoría de tu profesión como un dúo musical. «Catalogador», te susurran complacientes para que nada cambie. Tu compañía saborea su copa llena de cerveza como si contestara a la pregunta de un curioso reportero que quiere saber por qué pestañea al hablar. Pero tu compañía no habla. Con o sin la copa en la mano, sentada o no enfrente de ti, continúa con los ojos parpadeando como si catalogara la luz. Su mirada deja entrever que se enorgullece de ser una persona que nunca se emborracha los viernes. La rutina le agrada aunque despotrique en su contra. La imaginas dueña de una librería atendiendo a un cliente que busca un catálogo de ruidos. Al rebuscar en los estantes, la librera le dice: «Aquí hay uno de estrellas, bombillas y tubos fluorescentes, casi lo mismo». Y el cliente lo paga y se marcha tan contento con su inútil compra. Tu compañía tarda mucho en terminar su cerveza. Tú aguantas y sigues a lo tuyo con los silencios descriptivos. Después de una pequeña espera vuelves a hacer aparecer al curioso reportero, esta vez algo exasperado, para preguntar de nuevo a tu compañía qué problema le plantea la existencia de la Nada. Tu compañía, con la cerveza casi por terminar, le contesta: «Un problema de ausencia de luz. De oscuridad. Como cuando de repente el ordenador se queda en negro y tú no has guardado los archivos, sin tener siquiera una copia. El mismo problema».

Respecto a los silencios reflexivos no puedes descifrarlos. Te exigen mucha introspección y el hecho de que sean precisamente reflexivos te anulan, como si intentaras pensar en lo pensado antes incluso de ser pensado. Te agotan. En fin, los silencios reflexivos se te resisten y dejas de tratar de averiguarlos. Son insondables ante tus percepciones.

Los silencios silencios son los tuyos, los que tu edad te otorga en medio de ese bar. Se hacen interrogativos a veces mientras te preguntas, mirando a tu compañía, por qué todo el mundo te abandona en la primera cita sin darte explicaciones. Ni siquiera una falsa excusa. Es concertar una cita para saber que después de la primera cerveza estarás otra vez solo. Estos mismos silencios se tornan exclamativos cuando tu tripa te da señales ruidosas de tener mucha hambre y mientras la tripa habla a su manera, los silencios exclamativos desaparecen enfadados.

Los silencios absurdos, sin embargo, son los que te escoltan, protegido, hacia la fortaleza de la primera frase cuando te dispones a pensar en la totalidad incierta de estos silencios mientras destellan escenas reales que la realidad no quiere asumir. Y, con diferencia, son los mejores. Los únicos que te permiten luego escribirlos bajo la intermitente luz de la imaginación.

4 comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site is protected by wp-copyrightpro.com

error: Content is protected !!