MARTA MUÑIZ | MUJER DE NEGRO / HOMBRE DE GRIS

Marta Muñiz

Este mes de abril acogemos en nuestras páginas a la escritora Marta Muñiz, que recientemente ha publicado su novela “Tiempo de cerezas“ y que amablemente ha querido participar en PROVERSO.

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016).

Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017).

Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (la última “Horizontum- México) y antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”).

Está casada y es madre de dos hijos.

“…uno acaba escribiendo del mismo modo en que respira…”

R.P: ¿Cómo llegaste a la escritura?

M.M: Llegué por intuición, por un acto reflejo y por necesidad. Empecé a escribir siendo una niña. Tenía seis años solamente cuando comencé a intuir mi primer poema, si es que se puede considerar poema a seis versos pueriles, infantiles y descompuestos, pero mi intención era buena y todo era y es verdad. Creo que mi madre, gran amante de la poesía durante toda su vida, lectora incansable, influyó definitivamente en esa manera mía de observar el mundo y traducirlo desde el interior.

R.P: ¿Qué es escribir para ti?

M.M: Yo diría que es una nueva forma de mirar el mundo, una necesidad seguramente, porque uno acaba escribiendo del mismo modo en que respira, sin preguntarse la causa. Una terapia, un divertimento, una droga genial. Y sobre todo, mi gran pasión. Si no sintiera esa pasión por las palabras, no escribiría. Escribir es, sin duda, un acto de amor.


MUJER DE NEGRO / HOMBRE DE GRIS

A Teresa G. A. y Noemí M.

“Vuelvo a la primera luz escuchando historias que discurrieron paralelas a mí.”
LUIS CARNICERO. Cuaderno de la lluvia nº1
ÚLTIMAS CONFESIONES DE DON QUIJOTE: en la desmayada luz.

Aquel invierno fue cruel como Atila en un descampado. No había día que la ventisca no se asomase en cada esquina destrozando con saña cientos de paraguas plegables y cafés a escondidas. En su pequeño mundo de su minúscula ciudad ¬¬(infierno y grietas), Teresa se volvía loca con las coladas y luchaba desde su corazón diminuto pero infinito en sus posibilidades, contra la climatología adversa.

¿Adversa por inconveniente?, se preguntarán. No, en realidad le resultaba adversa por imprevisible. A ella le gustaba saber si tenía que ordenar, a su inteligente lavadora, un programa rápido con centrifugado veloz o si las manchas perplejas y oscuras de la cena improvisada, requerirían de algún tipo de prelavado astuto y complicado. Y luego estaba pendiente la cuestión del secado; sin secadora artificial, por supuesto, porque eso arrugaba las prendas y las estremecía como a novicias asustadas ante un violador sagaz, así que consultaba cada noche las previsiones meteorológicas para planificar el tiempo de exposición de cada pieza en el tendido común de su edificio. Las horas de sol, las posibles lloviznas, el viento que arrasa con medias y calcetines y los obliga a luchar boquiabiertos contracorriente para evitar subirse a la azotea. Ella no quería verlos sufrir, quería que las fibras ventilasen a gusto sus desgracias, sus maldiciones íntimas, las heredadas por la piel de sus habitantes. Teresa, como habrán podido deducir, era geométricamente cuadriculada. Era un polígono recto linealmente estable. Un haz de luz sangrante y predecible.

La segunda de tres hermanos, siempre en medio como un jueves vertical, hizo poco a poco todo lo que su padre esperaba de ella: aprendió a manejar economías domésticas, se volvió especialista en tareas asignadas, como ordenar cachivaches perdidos o abonar y hacer crecer a las plantas del patio. Rezaba lo justo y necesario en una parroquia cercana y estudió derecho, que era la carrera más próxima a su casa y con mejores previsiones de futuro por aquello de la versatilidad de un abogado, ya que quien tiene sentido de la justicia bien puede dedicarse a defender causas nobles, a regar jardines, a hacer pan o a diseñar plantillas de oficina de cuatro a diez salvo en días festivos.

Se casó con Mateo, amigo desde siempre, feo, fuerte y formal, como Loquillo, pero a diferencia del músico, Mateo era un buen chico de familia decente y sin escándalos dignos del ferviente cotorreo dominical. Aunque admiraba profundamente a su roquero favorito, él no se sentía troglodita. Y Mateo la amó de forma desmedida. Y ella amó a Mateo porque lo necesitaba (Mateo. Viceversa no tanto) y también porque se lo merecía.

Después, todo siguió la dirección de sus líneas paralelas, rectas como autovías del Estado que el destino le había preparado: un trabajo a tiempo completo como funcionaria gubernamental; cómodo como las zapatillas del abuelo ante la mecedora, agradecido como un pícaro a un fraile. Una existencia, al fin y al cabo, carente de problemas graves, tales como desahucios, ruinas asoladoras, pasiones de lunas calientes o embargos calcinantes. Una vida sin embarazos ni caleidoscopios. Una vida sin sueños prematuros, sin problemas de esos que te ponen al límite y te obligan a tomar decisiones precipitadas o ansiolíticos. Su mundo era un mundo sin aparente caos. Y la ausencia de vértigo la obligaba a observar cada elemento y cada situación en tonos degradados, hasta que un día cualquiera de diciembre, así, sin darse cuenta, empezó a ver la vida en blanco y negro. Su sombra un poco gris.

Nada que ver con Noemí, que abandonó la misma carrera, la familia en el campo y un aspirante a marido con voz de ejecutivo agresivo por culpa de su espíritu aventurero.

Teresa no entendía a Noemí. No podía explicarse aquel afán suyo de despertarse cada mañana acuciada por ritmos trepidantes, su alma viajera de Guantanamera tropical, el modo en que dio un volantazo aguerrido a su destino, redecoró las líneas de sus manos al conocer por internet a un hombre panameño del que se enamoró locamente. Oswaldo Orozco se llamaba. Tenía nombre de galán castigador o de vendedor de biblias tergiversadas, manipuladas a gusto del consumidor. Ahora vivía muy cerca del canal. Del mal también, a medio suspiro. Tenía una cabaña desordenada, cientos de bañadores y biquinis con palmeras dentro y fuera de ellos y tenía un guacamayo. “Házme el favor. ¡Un guacamayo! ¡Con los colores que tienen esas aves en sus plumas! Que parecen sacados de un cuadro de Gauguin. Si esos colores ya ni siquiera existen. ¿Para qué quiere Noemí tener un guacamayo?”, se preguntaba Teresa desconcertada. Enfadada incluso con su amiga por su falta de mesura y contrición, Noemí había perdido el rumbo (según su geometría) y sus vidas seguían ahora caminos divergentes. Y Teresa, eso, no se lo podía perdonar ni al hombre panameño ni a cien guacamayos que tuviese. La geometría es lo primero.

Una mañana llena de nubes y astrolabios, una mañana en la que Teresa había madrugado cinco minutos más que de costumbre (los tranquilizantes cada vez son más desabridos e ineficaces, yo creo que les van arañando poder con cada recorte sanitario), salió a la calle en dirección a la oficina como era su ritual: café sólo sin azúcar en medio del esófago, cero calorías, abrigo negro recto, tacones intermedios, rouge orbital y en el iphone, Bach. Bach y sus partitas, tonales y mesuradas, con sus cadencias perfectas y picardas, disonancias las justas, ni una más ni una menos. Para las disonancias, menudo era Bach.

Las aceras, desiertas como túneles de carreteras secundarias, parecían arrastrar sus pies hacia el edificio. Las farolas empezaban a mimetizarse con el amanecer y ardían. Ardían una a una encendiéndose a cada paso que Teresa daba a las 7 menos diez.

“De repente un extraño”. Aquel pensamiento la acercó a la película de John Schlesinger, pero este hombre no era tan extraño como Michael Keaton en un apartamento en obras. Este hombre era un solitario madrugador estrena-cafés. Uno de esos hombres que al salir a la calle alza la cabeza, inspira, prueba una bocanada de aire puro y la saborea como si fuera salmorejo. Después vuelve los ojos al suelo y continúa con la pesadumbre a la espalda, acostumbrado a ignorar las bahías, las calas escondidas, los viernes de música y de cine, los besos de almacén.

Empezaron a cruzarse a diario cronometradamente. Los dos pasaban frente a la zapatería a las 7:53. Una hora estrafalaria, nunca supieron decir por qué se habían permitido una hora tan extraña para sus encuentros en modo hospital. Tal vez sea necesario para seguir respirando, concederse en la vida, así sin más ni más, un par de extravagancias. Secuencias pasajeras, coquetos desvaríos.

Primero fueron miradas. Sólo fueron ojos que se buscan y se encuentran. Se acercan sin decirse nada. Ni fuego ni relámpago. No siempre es amor.

Después llegaron los “Buenos días”, “Hola”, un tímido escarceo al chocar sus maletines. “¡Qué lío más tonto en medio de la acera!” “Teníamos que tropezarnos nosotros dos. Disculpe la molestia. Que tenga una excelente mañana.” Eso en el mejor de los casos. Si en la oficina había pendientes, aguados contratiempos, entonces no llegaría el estrépito. Entonces ni mú. Y Noemí empezaba a encontrar rara a Teresa, no sabía decir cómo ni cuánto, pero su amiga empezaba a interesarse por el tiempo en el caribe y por el tacto de las plumas de tucán y por cómo debe saber allí el chocolate. Y el coco, no me digas… ¿Me regalarías un sombrero Panamá?

Y Mateo cada vez viajaba más y más lejos. Se conectaba cada noche, videoconferencia va, videoconferencia viene, resumen de jornada a todo gas. Y a Teresa este tipo de comunicación le pareció muy fría y decidió dormir pensando en él, que a pesar de estar en Suiza tenía una sonrisa cada vez más cálida. Mateo sonreía a todo color y ella no entendía por qué había traicionado súbitamente su habitual y comprometida tristeza. Se habían jurado amor eterno, ese tipo de cosas que uno jura convencido y en la inopia, como si la eternidad se pudiera jurar y no fuese el amor una estocada certera que te planta en medio del desierto y te devora.

Siguió saliendo cada mañana a la misma hora, despertándose en el mismo segundo premeditado, geométricamente en la misma esquina calculada, espiritualmente en la misma acera.

Y allí estaba el hombre de gris, en la antesala de la zapatería, lleno de aire fresco recién inspirado, con su corazón de helio y margaritas. Con su cara de asfalto y sus ojos de niebla, su porte elegante y desgarbado de fotograma antiguo. Como Gregory Peck en “Recuerda”. Las miradas cada vez más intensas y llenas de lenguajes. Los ojos poco a poco más brillantes. Sus oficinas más lejanas y vacías. Habían recorrido mil pasos sin saberlo. Y un jueves cualquiera, un jueves con aspiración a mARTEs, que es el día más hermoso de todas las historias, tras saludarse con los ojos, con la boca y con sus manos frías e incipientes de eneros deslumbrantes, abandonaron su ruta habitual sin muchos aspavientos, cada uno a su manera, premeditadamente, de un modo silencioso. Cada uno pasó de largo por su itinerario de almanaque, abandonando sin darse apenas cuenta su respectivo camino y se alejó del sendero previsto para aquella mañana en la que nada le importó a Teresa que el pantano del Porma decidiera suicidarse. Y el hombre de gris echó a perder la estimación bursátil de toda una cadena de accionistas. Se compró una bolsa de palomitas y tiró por la borda acciones y eufemismos y se dirigió a la estación de tren más cercana y miró fijamente las vías. “Esto debe llevarme a alguna parte”.

Detrás, en un banco solitario, estaba Teresa con su abrigo negro y su primavera lejana.

Podría haberle dicho: “¿Cómo tú por aquí?” “Te hacía en la bolsa, peinándote el flequillo, graduando tus gafas disidentes, apurando un café de maquinita con su sacarina y su cucharilla de plástico, con tu mirada no exenta de fábricas en ruinas y chimeneas transitorias.” Pero no tuvo ganas de hurgar en el pasado. Simplemente le miró sonriéndole a los ojos y a su pregunta:

—¿Dónde quieres ir hoy?, ella respondió:

—Llévame a un país donde haya guacamayos… Y entonces, a pesar del frío y del invierno, nevó a todo color.

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