JOAN MIRÓ | LA IMAGEN MÁS ONÍRICA DE LA PINTURA CONTEMPORANEA ESPAÑOLA.

Por: Isabel Rezmo


Fue una de las grandes figuras del arte del siglo XX. Desarrolló un estilo personal cercano al surrealismo que le convirtió en un artista de gran influencia tanto para sus contemporáneos como para las generaciones venideras.

Su espíritu inconformista le llevó como él denominó: al “asesinato de la pintura”, en la que renunció voluntariamente a ser pintor y experimentó con otros medios como el collage o los dibujos sobre papeles de diferentes texturas y realizó “objetos” con elementos encontrados en la naturaleza que fueron sus primeras incursiones en el mundo de la escultura. Aunque poco después Miró volvería a la pintura, ya nunca abandonaría su deseo de experimentación con todo tipo de materiales y técnicas: cerámica, bronce, piedra, obra gráfica o, incluso, desde 1970, el tapiz.

Abstracción, automatismo, la imagen en sí desaparece y la libertad del movimiento caracteriza un lenguaje casi poético concentrado en un trazo más asimétrico y desconcertante.

Este mes el atril se centra en descubrir el lado más onírico, más irreal de la pintura española:

“Una forma nunca es algo abstracto, es siempre un hombre, un pájaro o algo más. Forma es nunca considerar la forma”.

“Un cuadro no se acaba nunca, tampoco se empieza nunca, un cuadro es como el viento: algo que camina siempre, sin descanso”.

VIDA: Constante cambio e innovación.

Joan Miró

Nació en Barcelona, 1893 y muere en Palma de Mallorca 1983) Pintor, escultor, grabador y ceramista español. Estudió comercio y trabajó durante dos años como dependiente en una droguería, hasta que una enfermedad le obligó a retirarse durante un largo periodo en una casa familiar en el pequeño pueblo de Mont-roig del Camp.

De regreso a Barcelona, ingresó en la Academia de Arte dirigida por Francisco Galí, en la que conoció las últimas tendencias artísticas europeas. Hasta 1919, su pintura estuvo dominada por un expresionismo formal con influencias fauvistas y cubistas, centrada en los paisajes, retratos y desnudos.

Ese mismo año viajó a París y conoció a Picasso, Max Jacob y algunos miembros de la corriente dadaísta, como Tristan Tzara. Alternó nuevas estancias en la capital francesa con veranos en Mont-roig y su pintura empezó a evolucionar hacia una mayor definición de la forma, ahora cincelada por una fuerte luz que elimina los contrastes. En lo temático destacan los primeros atisbos de un lenguaje entre onírico y fantasmagórico, muy personal aunque de raíces populares, que marcaría toda su trayectoria posterior.

Afín a los principios del surrealismo, firmó el Manifiesto (1924) e incorporó a su obra inquietudes propias de dicho movimiento, como el jeroglífico y el signo caligráfico (El carnaval del arlequín). La otra gran influencia de la época vendría de la mano de Paul Klee, del que recogería el gusto por la configuración lineal y la recreación de atmósferas etéreas y matizados campos cromáticos.

En 1928, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió dos de sus telas, lo que supuso un primer reconocimiento internacional de su obra; un año después, contrajo matrimonio con Pilar Juncosa. Durante estos años el artista se cuestionó el sentido de la pintura, conflicto que se refleja claramente en su obra. Por un lado, inició la serie de Interiores holandeses, abigarradas recreaciones de pinturas del siglo XVII caracterizadas por un retorno parcial a la figuración y una marcada tendencia hacia el preciosismo, que se mantendría en sus coloristas, juguetones y poéticos maniquíes para el Romeo y Julieta de los Ballets Rusos de Diaghilev (1929). Su pintura posterior, en cambio, huye hacia una mayor aridez, esquematismo y abstracción conceptual. Por otro lado, en sus obras escultóricas optó por el uso de material reciclado y de desecho.

La guerra civil española no hizo sino acentuar esta dicotomía entre desgarro violento (Cabeza de mujer) y evasión ensoñadora (Constelaciones), que poco a poco se fue resolviendo en favor de una renovada serenidad, animada por un retorno a la ingenuidad de la simbología mironiana tradicional (el pájaro, las estrellas, la figura femenina) que parece reflejar a su vez el retorno a una visión ingenua, feliz e impetuosa del mundo. No resultaron ajenos a esta especie de renovación espiritual sus ocasionales retiros a la isla de Mallorca, donde en 1956 construyó un estudio, en la localidad de Son Abrines.

Miró es el artista que escoge un camino concreto y profundiza en él para aportar una sólida y homogénea creación.

Entretanto, Miró amplió el horizonte de su obra con los grabados de la serie Barcelona (1944) y, un año después, con sus primeros trabajos en cerámica, realizados en colaboración con Josep Llorens Artigas. En las décadas de 1950 y 1960 realizó varios murales de gran tamaño para localizaciones tan diversas como la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de su carrera alternaría la obra pública de gran tamaño (Dona i ocell, escultura), con el intimismo de sus bronces, collages y tapices. En 1975 se inauguró en Barcelona la Fundación Miró, cuyo edificio diseñó su gran amigo Josep Lluís Sert.

Recibió prestigiosos galardones internacionales como el premio Guggenheim, fue investido doctor ‘honoris causa’ por Harvard y nombrado caballero de la Legión de Honor de Francia. Además, en 1980 recibió de Juan Carlos I la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España.

Joan Miró falleció el 25 de diciembre de 1983 en Palma de Mallorca.

OBRA: BÚSQUEDA DE NUEVAS TENDENCIAS

Joan Miró es uno de los más destacados e interesantes pintores del siglo XX. Su trayectoria artística fue un constante proceso de estudio y experimentación encaminado a crear un nuevo lenguaje plástico, propio y original. La aportación del pintor catalán al movimiento vanguardista es amplia y diversa, marcando un antes y un después en la historia del arte, dejándonos un amplio repertorio de lienzos, litografías o grabados que podemos agrupar en etapas sucesivas:

Joan Miró se vuelca en la creación de obra gráfica, experimentando con el grabado y la litografía.

Formación postimpresionista y fauvista:

Una primera etapa de creación profundamente influenciada por el postimpresionismo, al que llega de la mano de su maestro, Francesc d’Assís Galí, quien le introduce en el estudio de los grandes maestros de comienzos del siglo XX, como Gauguin, Cézanne o Van Gogh. Encontramos influencias de estos pintores en cuadros de Miró como Paisaje de Montroig (1919), característico de esta fase creativa, en la que se dedica a retratar sus vivencias en Montroig.

La influencia del cubismo

A principios de los años ‘20, se desplaza a París, donde conoce a Pablo Picasso y enriquece su imaginario con la estética y la filosofía cubistas. De este modo, las pinturas de Miró durante estos años incorporan elementos propios del cubismo, tales como la ausencia de perspectiva o la utilización de líneas rectas para delimitar los planos, tal y como se aprecia en La botella de vino (1924).

La etapa surrealista

A mediados de década, sus contactos con André Breton y Max Ernst, con quienes colabora trabajando para los Ballets Rusos de Serguéi Diághilev, le aproximan a la estética y a la teoría surrealistas, acabando por convertirse en un ferviente defensor del “automatismo psíquico”, un método consistente en dejar volar el pincel sobre el lienzo, sin la mediación de ningún proceso previo de reflexión consciente.

Uno de los cuadros más representativos de esta época es Interior Holandés I (1928), en el que podemos ver la confluencia entre el personal simbolismo de Miró y las influencias surrealistas. Esta obra marca un punto de inflexión en la trayectoria artística de Joan Miró, considerándose el inicio de su madurez artística. Es como si hubiera sufrido después de su periodo de juventud un “desaprendizaje”, pasando de las figuras a los ideogramas y los signos; de un trazo sabio, adulto y serio a otro infantil, ingenuo y lúdico.

La pintura que tiende a reducirla a sus elementos esenciales: línea, color y composición. A partir de ellos construye un cosmos propio, en el que los objetos no aparecen como son en la naturaleza, sino como signos muy simples de su universo interior. Así como Picasso es el modelo de artista polifacético que innova constantemente, Miró es el artista que escoge un camino concreto y profundiza en él para aportar una sólida y homogénea creación. Es el primer autor que pone imágenes al surrealismo, pero con un lenguaje absolutamente personal.

Depuración extrema de las formas

Durante las dos décadas posteriores, además de pintar, experimenta también con otros formatos como la escultura o el bajorrelieve, y trabaja también el collage. También empieza a colaborar con el ceramista y crítico de arte Josep Llorens i Artigas.

Alcanzada la mitad de siglo, Joan Miró se vuelca en la creación de obra gráfica, experimentando con el grabado y la litografía. La mayoría de la obra gráfica de Miró a la venta hoy en día proviene de esta época de su trayectoria artística, siendo consideradas algunas de estas piezas como las más reconocibles y sintetizadoras del personal estilo del pintor barcelonés.

Con el paso de los años, el lenguaje pictórico de Miró se depura cada vez más, reduciéndose la figuración a ideogramas y signos, dejando recaer toda el peso sobre el carácter del trazo, unas veces serio, sabio, solemne, y otras ingenuo, lúdico, infantil; y sobre el color o su ausencia, el vacío. El uso de colores planos y simples, entre los que acaban predominando colores primarios como el rojo, el azul o el amarillo; acompañados del omnipresente trazo negro, que actúa como intercomunicador, aportando coherencia entre las partes que flotan sobre su característico fondo blanco.

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