MI LITERATURA

Por: Mohamed El Morabet


Podría haber ocurrido cualquier otro día, pero no. Era miércoles, día del espectador. Mi pareja y yo estábamos comiendo sentados frente a frente y con la televisión informándonos de lo que ocurría en el mundo. Disimulábamos hablar de nuestras respectivas mañanas en el trabajo. Dosificábamos la información, sólo recalcábamos lo ya conocido. Y, como siempre, la conversación acabó siendo sobre la comida. Lentejas muy ricas, boquerones y salmonetes fritos y algo de lechuga y tomate. Todo sucedía según lo establecido, es decir, haciendo honor al día del espectador. Como era habitual, terminé de comer antes que ella. Entonces empecé a pelar una naranja mientras ella ultimaba las lentejas rebanando su plato. Verla rebañar aquel plato con pan era como estar delante de una persona moribunda aferrándose a la vida antes de su último suspiro. El meteorólogo de la tele anunciaba un anticiclón pasajero y en ese momento se me escapó un eructo, exactamente justo cuando metí el tercer gajo de naranja en la boca. Y con la boca atascada, sólo acerté a reaccionar instintivamente:
―Perdón, perdón. Se me escapó sin querer.
―No te preocupes. Es tu cultura ―dijo ella con una calma divina y le quitó la espina al último salmonete de la mesa.

Esa tarde fuimos al cine. Al salir discutimos sobre la película en cuestión. Diferíamos en todo, aunque nos gustó mucho a los dos. Volvimos callados a casa. El silencio nos ayudó a reconciliarnos. Se lo agradecimos.

Era miércoles del año siguiente. Estaba leyendo una de las autobiografías de Elias Canetti y me detuve ante un episodio anecdótico que cuenta de su estancia en Zúrich, en la villa Yalta. Al parecer una de las señoritas de las que él siempre conservó unos gratos recuerdos se le escapó en una comida un eructo muy sonoro que desconcertó a todos los comensales de la mesa de aquella pensión. Según Canetti, todo el mundo ahí sentado se enmudeció. Seguramente era su cultura. Por eso, creo, nadie dijo nada. Y enseguida este episodio me conectó con otra escena vivida por Kafka y apuntada en uno de sus diarios. Creo que fue en un picnic a las afueras de Praga con sus amigos cuando a su querido Max Brod le pasó lo mismo. A diferencia de la escena de Canetti, en la de Kafka todos se echaron a reír después del eructo. Seguramente también era su cultura. Entonces dejé de prestarle atención a lo que leía y empecé a especular sobre los puntos de convergencia que había entre Canetti y Kafka. Mucho rato estuve ido sentado en la butaca roja con el libro de Canetti abierto. Después de varios cigarros, caí en la cuenta de que los dos eran escritores. Observación un tanto evidente, sin embargo, todo se aclaró en mi mente. Indiscutiblemente, era la cultura de ambos. Pero qué tenía yo que ver con ellos dos. Que yo sepa escritor no soy, al menos nunca nadie mencionó nada al respecto. Será por la literatura ingrávida, llegué a sospechar.

En la cena de ese otro día del espectador, mi pareja y yo planeábamos un viaje corto a un pueblo semivacío de Teruel. Tres días de escapada como mucho. Nos apetecía fantasear con la ilusión de montar en bicicleta las tres mañanas de la escapada, comer sano y hacer un paréntesis en la cotidianidad. En aquella cena disfrutábamos de un estofado de pavo con habas y leche de coco y con la televisión manteniéndonos al corriente de las noticias del mundo exterior. Y entre bocado y bocado a ella se le escapó un tímido eructo. Cuando alcé la mirada de mi plato, dijo con la boca llena:
―Perdón, perdón. Se me escapó sin querer.
―No te preocupes. Es mi literatura, que pone en boca de mis personajes todo tipo de palabras y a veces hasta eructos culturales ―dije mientras el meteorólogo auguraba lluvia para los días de nuestro viaje.

1 comment

  • Alberto Mrteh

    «El silencio nos ayudó a reconciliarnos» Esta frase me ha encantado.
    Y el resto también.
    Da gusto leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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