CUATRO POEMAS DE JAVIER DEL PRADO BIEZMA

Nos honra mes a mes con su presencia en nuestra revista, y no queríamos desperdiciar la oportunidad de que nos deleitara con sus versos, muchas gracias Maestro Javier del Pardo Biezma.

Llevo sesenta y cuatro años escribiendo poesía a diario (durante las clases, entre clase y clase, en reuniones oficiales mientras hablan los que nada interesante dicen, en los bares, en las estaciones, en el campo, frente al mar y, en ocasiones en mi despacho.

Pero no puedo decir que sea un niño que nació con la poesía bajo el brazo. No soy de eso poetas que a los tres años ya hacían poemitas e imaginaban cuentos. De los tres años a los once años lo que a mí me gustaba era escaparme de la escuela para coger pájaros o robar melones en los alrededores de ese pueblo blanco, mágico, que era Alcobendas en los años 40 del siglo pasado, o marcharme a regar a las huertas, del arroyo de la Vega, con los hijos de los hortelanos, para desesperación de mi madre, la Maestra.

Luego vino el internado en Italia y en Francia.

R.P: ¿Cómo llegó a la poesía?

J.P.B: Llegue a la poesía a los catorce años. ¿Por qué? Tal vez, porque, niño no muy fuerte, comparado con mis compañeros alpinos, franceses, suizos, alemanes e italianos del norte, un día me dí cuenta que yo era mucho más fuerte que ellos en palabra. Y, hablando francés ya, como lengua normal del día a día, si bien no había recibido el don de unas piernas y unos brazos fuertes, sí había recibido el don de la palabra. ¿Por qué en verso, en poema? La pronta seducción de Lorca y Juan Ramón que había leído, aún niño, con mi madre… y, de bruces, la brusca inmersión, a los catorce años, ya de manera escolar, en la obra de A. de Lamartine, de V. Hugo, de Ch. Baudelaire, de P. Verlaine y, ocasionalmente, de V. Aleixandre, gracias a un profesor colombiano que nos dio clases durante un verano (¡qué cosas!). Ahora puedo dar sabias explicaciones de ello, pero es ahora, a posteriori, tras toda mi reflexión sobre el fenómeno literario, recogida en el que considero mi gran libro como profesor, Teoría y práctica de la función poética.

R.P: ¿Qué es la poesía para usted?

J.P.B: En la poesía, lo primero que busqué fue la expresión de un sentimiento al estado puro: soledad, anhelos, exaltaciones primaverales, melancolías otoñales, deslumbramientos ante la belleza del paisaje: los Alpes frente a mí.

Enseguida me dí cuenta de que eso no bastaba, de que la poesía (por su naturaleza transgresora del lenguaje me tenía que servir para comprender y decir el hombre; los secretos del hombre. La influencia, aquí de Patrice de la Tour du Pin (ese enorme poeta hoy arrinconado) y su libro “Búsqueda de la alegría” fue definitiva.

Decir al hombre como Misterio (de difícil comprensión, y de difícil explicación), en medio del mundo natural, incapaz de darle una morada feliz a su totalidad de ser. Decir e inventar el hombre en sí (poesía onto-existencial), en sus relaciones con la naturaleza (poesía cósmica) en sus relaciones con el otro (poesía social), en busca no de una identidad perdida, sino en busca de una identidad por inventar o crear. Este es el triple objetivo o el triple movimiento de mi poesía. Siguiendo, casi siempre una modalidad en tono mayor; pero acercándome, en ocasiones, a lo festivo o a lo sarcástico e, incluso, a lo grotesco. Pero, sin perder el centro de mi razón de ser poeta: decir, cantar el ser-hombre.
Con los poetas maestros que he tenido, nuca he concebido una poesía que no sea musical. Habiendo transitado el poema en prosa, el versículo largo, el verso libre o las diferentes modalidades del verso heredado, siempre he pretendido que mi poema cante. Y, no de manera casual, la música es uno de los temas preferidos de mi poesía.

Me dice Inmaculada que sea breve. ¡Cómo ser breve, si vivo recluido en amor y en poesía!


POESÍA

INTERLUDIO DE LA INVITACIÓN AL PINTOR PARA QUE TRABAJE CON VISTAS A UNA REFORMA DEL VERSO

FRAGMENTO PRIMERO

Pintor,
antes de pintarme un alma
píntame con pasión la pureza de un ojo;
su línea de azul ébano,
purísima, los juegos
concéntricos del iris,
esa prolongación de fuegos que, del centro, parten hacia sus bordes
y enraízan sus oros en el azul lechoso de las antiguas pubescencias.

Un ojo puro y limpio,
con su contorno nítido
como de lago o fuente
o como un simple grito abierto a lo reflejos de la tarde.

Coge el lápiz, afila
su punta,
consigue que el grafito alcance el más fino temblor de una pestaña;
y dibuja, dibuja,
tarde y noche,
pinta,
esas noches de estudio sobre la blanca página
– Da Vinci, Baudelaire, Mallarmé, Juan Ramón, Ingres, Guillén, Picasso -.
Llena la noche de ojos,
como décimas puras,
hasta que el simple trazo de los lápices cree
colores,
transparencias,
veladuras:
un lagrimal que embazan
la alegría o la pena,
el deseo o las más desbocadas añoranzas.

¡Píntame luego tu alma
y al ver tu trazo y sus sombras
emborronando la página,
sentiré si llora o canta,
y, humilde, te cree

SEGUNDO FRAGMENTO

Pintor,
antes de pintarme el vuelo
firme que finge elevarse
a la más alta caricia de una inocencia fingida
– azules, oros o malvas de arrebatado fulgor –
píntame una mano blanca
cuyo blancor se desmaye
en el nudillo,
tan limpio
es el dibujo que imita
el pliegue
de una piel rota
por el roce de la carta que los ojos ya han leído y que el corazón no entiende.

Píntame una mano negra,
recorrida por raíces,
como si el viento la hubiera
invadido, roturado,
sembrado de ansias y broncas,
pero que de noche se abre
como si fuera una copa
para recibir dos pechos,
en su aspereza de cobre.

– ¡La mano de mi padre
negra de rabia y grasa
desde su muerte abrasa,
la soledad de mi madre! –

Dibújame sus nudillos,
como muñones de encina
mal podados,
con sus yemas
ya sin uñas,
su palma como un desierto
de arcilla resquebrajada,
su dorso por el que brotan
pavor y muerte, hermanadas,
con sus pústulas obscenas.

Cógeme el lápiz, afila,
hasta que el grafito alcance
la tersura de una uña bien cortada;
y dibuja, dibuja…
tarde y noche:
estudia…
esas noches tediosas, sin que el ángel
te visite con su ala,
mientras labras tu verso por la página.

– Miguel Angel,
una mano de Adán que no llega al Padre
que derrumba su ternura
de animal, mientras Él finge
que, magnánimo, se inventa
todo el dolor de la tierra
con levantar sólo un dedo.

Bourdelle, Rodin, Gargallo.

Las manos enlazadas son la cripta del dolor y la ternura:
pues, ¡píntame su ternura,
cuando un dedo se alabea
y concentra en su nudillo
el temblor de almacenados sufrimientos!
y píntame su dolor,
con negros, rojos y ocres,
en la yema desgarrada
por el torno de los días.

Y luego píntame el vuelo
abstracto de una caricia,
y al ver tu trazo y sus sombras
emborronando la página,
sentiré si aprieta o roza,
si acaricia o despedaza…
y humilde, te creeré.

TERCER FRAGMENTO

Pintor,
antes de pintarme un beso
– esa mancha de oro rojo que has tendido por la orilla de tu cuadro,
enmarcando un campo azul
del que se escapan las hebras mal tramadas de la tela,
como si hubieras jugado
a entresacar las hilachas
del basto retor moreno
de la espera –
píntame dos labios rojos
borrachos de sensaciones,
dos labios amoratados,
ebrios de muerte o de miedo.

La curva suspendida del labio superior
es casi un pozo
de sangre,
siempre abierto,
ofrecido a las bocas que llegan del desierto,
– un pozo sin brocal
de pureza obsidiana;
pero el labio inferior
es la curva de un arco invertido de iglesia sin aliento,
sólo pulpa del alma,
y esconde la entereza de los saurios,
cuando la carne apremia
y el sol se hace cestillo en los juncales.

La recta que insinúa
la frágil rigidez
del furor o del miedo:
boca apretada,
boca sellada,
boca segada
inquisidora,
labio sin saliva,
labio sin fuego,
roca,
hielo,
navaja…

El Cristo de Mantegna,
desde el pie a la corona,
es un gran labio yerto,
cada rincón del cuerpo
acoge en sus perfiles
el escorzo de un bulto
en el que Dios, sin mirada y sin voz, yace petrificado.

Cógeme el lápiz, afila,
hasta que el grafito alcance
la perfección sin fisuras
de un labio,
cuando la sangre encendida
restalla bajo la piel
y se hace espuma en la arena,
acotando la existencia;
y dibuja…
días, noches:
esas noches tediosas, sin que el ángel
te visite con su ala.
esas noches de estudio sin provecho:
orgullo de Baudelaire,
angustia de Mallarmé,
¡insomnios que atenazan los labios de la aurora!

El Corregio, El Giorgione, Manet, Monet, Renoir:
esa Lectora tiene
los labios como un campo que infecta la amapola,
su desnudez se exalta,
más allá del vestido negro que la clausura,
en la linde del beso.
¡Plenitud de mujer
que culmina en la grieta
de esa boca que es púlpito
que grita en cada beso la Biblia del deseo!

Reynolds, David, Madrazo,
– el retrato europeo:
ese burgués aprieta
los labios
como aprieta
sobre sus dos rodillas las garras de sus manos,
y la línea invisible que separa
una ausencia de arcos,
que es de vida,
los priva de la sangre y la saliva
y los sume,
aunque vivos,
en la acera sin olas de la muerte:
y es ceniza el asfalto,
y no hay acantilado
que recoja los fuegos del poniente,
donde el cuerpo violado de Europa se derrumba.

Los labios son los bordes del más leve infinito que eleva sus perfiles de pozo hacia los cielos
para acoger, en sueños
de dios, nuestros lamentos;
pero pueden ser bordes
de un infinito denso y hosco
que pesa como pesan
las horas sin tus brazos
– esa axila que acoge, en oquedades húmedas, las tristezas de noches sin sentido -.

Píntame, pues, su pulpa
clausurada en su piel,
y píntame su pétalos dispares
cogidos por la tarde en las cunetas:
su tierra,
borrada, como al borde, de un camino,
sus líquenes grisáceos
que apenas sobresalen
de su lecho de roca y avaricia.

Y píntame, luego, el vuelo
de un beso que finge el paso
de una arrebato encendido
en la nada de la Noche;
y al ver tu trazo y sus sombras
iluminando la página,
sentiré si moja o quema,
sentiré si muerdo o bebo,
y humilde, te creeré.

CUARTO FRAGMENTO

Pintor,
antes de pintarme el ímpetu
de una pasión que revienta
en gritos rojos y verdes
con su rayos o espirales,
retenida por los cuatro
barrotes que te aprisionan,
(me siento herido,
me siento acuchillado,
me siento violado,
me siento macerado…
heces, puses),
píntame un caballo árabe
desbocado bajo el freno del mameluco,
un león
luchando contra una tribu
de hienas y licaones,
la ola inmensa
que asalta el acantilado
como si fuera una selva
de espumas desorbitadas,
píntame el viento en las ramas,
cuando pasa la tormenta,
y la corteza se eriza
como una piel, cuando el hambre
del sexo lanza su garfio.

– El caballo proyecta sus crines
bajo el hambre y el llanto del mundo
como el ruido de un trueno iracundo
a los más alejados confines
donde dios, en letargo profundo,
se solaza en mullidos cojines. –

Goya, Delacroix, Picasso:
son dientes y son cascos .

Guaguin los pintaba azules,
con levísimos lomos entornados,
Mark de verde carmín
y te sorben
el alma, cuando beben
en tu mano la hierba
de la tristeza.

Velázquez es la elegancia
de un trote que emprende el vuelo:
los cascos tienen un alma
bajo su plata dorada.

Pinta su crin, cabellera
sin misticismo. Su cola,
gavilla alzada en tormentas
por la noche.
Pelo a pelo,
con tal tiento
que al aire habite la urdimbre
y vuelen las oriflamas
de luz salvaje en la tarde.

Y luego píntame un alma
cuando relincha de gozo,
fogosa de incertidumbres,
piafadora de deseos,
y al ver su vuelo y su peso,
veré si vuelo con ella
o si me hundo en su abismo
y, humilde, te creeré.

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