ACABA DE EMPEZAR A LLORAR

Por: Mohamed El Morabet


Acaba de empezar. Miro el reloj y son las cinco y treinta y siete minutos de la tarde. Casi lo borda. Ayer empezó a las seis y dos minutos. Lleva todo el mes llorando más o menos a la misma hora.

¿Quién es? ¿Cómo es? ¿Dónde vive? ¿Cuál es su nombre? ¿Qué edad tiene? Y tantas otras preguntas quedarán sin respuesta en esta historia. Lo único que sé con seguridad es que empieza a llorar a la misma hora con el mismo tono todos los días. Arranca con unas súplicas llorosas y luego, poco a poco, su voz va adquiriendo más fuerza hasta que su llanto desenfrenado se cuela en mi despacho. Entonces abro la ventana de mi estudio que da al patio, abandono mi tarea y me dedico a escucharle con atención unos minutos mientras fumo.

Seguir con esta historia sin respuestas es lo más parecido al llanto del niño. Cuando le presté atención por primera vez estaba pensando en una granada. Ni la americana ni la española. En una granada universal. Esa fruta redonda con piel amarillenta tirando a rojiza que cuando te adentras en su interior se abre ante ti un mundo matemático de posibilidades y laberintos separando a los habitantes rojos que la componen con una especie de cortinas finas amarillas. No sé en qué libro, Hipócrates recomienda su jugo como tonificante contra la fiebre. Tampoco sé en qué libro, se afirma que fueron los bereberes quienes la llevaron a Europa. Se dice también, según la mitología griega, que el primer granado fue plantado por Afrodita y que el poderoso Hades, dios del Inframundo, ofreció el fruto a la bella Perséfone para seducirla. Shakespeare oculta bajo el follaje del árbol a su famoso Romeo para cantarle una serenata a Julieta. Y tampoco sé quién dijo que en China se tiene la costumbre de ofrecer una granada a los recién casados como auspicio de una vida plena de descendencia. También tengo dudas de si la granada aparece en el Corán como uno de los muchísimos frutos que brinda el paraíso musulmán. Se asocia con la fertilidad desde hace mucho tiempo, parece, aunque yo sólo sé con certeza que cuando la pelaba de pequeño me dejaba las manos teñidas de un amarillo que daba repelús, y por más que lavaba mis manos con jabón, las manchas seguían ahí durante bastantes días. Recuerdo que entre los niños de mi infancia se había extendido el rumor de que la única solución para que las manos volvieran a recuperar su color natural era frotándolas con piedra Pómez. Fantaseaba con que mi madre tuviera una piedra de esas, pero desgraciadamente el jabón ya se había instalado en casa para siempre. Aquella tarde no estaba pensando en una granada, por algún misterioso mecanismo de la memoria, cuando él empezó a llorar, simplemente porque ese mismo mediodía había comido una. Me costó más tiempo del que dedico normalmente al postre. La pelé con ímpetu como si estuviera peleando con mi propio destino. Lo curioso, y esto es lo más importante, era que no me había dejado ninguna mancha asquerosa en las manos. Seguramente las granadas de hoy están tratadas genéticamente, pensé. Y no solamente las granadas, los tomates se llevan el palmarés. Desde que me enteré, no sé dónde ni cuándo ni por qué, de que a los tomates les inoculan un gen anticongelante que le extraen a un pez que vive en las aguas heladas de Siberia empecé a consumirlas más a menudo y con interés. Las incorporé a mi dieta diaria más de lo que ya estaban. Pan con tomate para desayunar, a la ensalada nunca le faltan un par de ellos, en mis guisos es primordial y, para merendar, zumos de tomate caseros con ajos y pimienta, y de cena vuelvo a untar tomate triturado a los montados que me zampo como si no hubiera un mañana. Y si es verano, súmale el gazpacho y el salmorejo y algún que otro Bloody Mary refrescante. Creo que el efecto de tanto tomate con gen anticongelante no tardó en aparecer. Ahora ya no me congelo ante las situaciones drásticas que se entrometen en mi camino cotidiano y menos ante el llanto de un niño, cuyas preguntas esenciales todavía flotan en el aire.

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