La tristeza de los días siguientes | Palabras Amasadas

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros

Imagen: Dominique Swain


La chica -joven aún, no lo bastante, no se vayan a pensar de uno- me besó impregnando mis labios de saliva y no evité morder, lo tiernamente que sé, su labio inferior. Sucedió en el sofá de mi destartalada casa. Mi erección era importante y comprobé, llevando con cuidado mi mano hacia sus piernas, que había un ápice no menos importante de interés en ella. Lástima que, lamidas sus breves tetas, uno, al empezar a desnudarla, denotase que principiaba a llorar desconsolada -de manera parecida a como lo hiciera un bebé-. Aquello hizo abandonar el asunto y trasladó mi roll al de un padre preocupado por su niñita ¿Acaso te sientes sucia? No es eso, se justificó. No te tocaré si no me lo pides, insinué. Visité la cocina y calenté un par de tés en el micro. Ella llevaba mi bata, pues decía tener frío. Aceptó el té -sabor canela- y me dijo, sin imaginar yo que algo así saldría de su boca- que yo era un hombre guapo metido en un cuerpo de niño. Le dije que el niño quería regresar a besarla y dijo que no podía. Me permití la provocación de no evitar repetir la pregunta ¿Te sientes sucia? Ella me habló de sus nueve amantes. Decía estar cansada y ser mi salón y yo propicios para darse a una explicación. He lamido pollas de dos en dos, me dijo. Volvió otra vez a llorar y no me resistí a darle un abrazo. ¿Qué tiene eso de malo? Le dije. Le advertí que mi veintena no se dio a los placeres del sexo en absoluto, que andaba encerrado en una especie de habitación llena de libros. Entonces ella dijo que le gustaba mucho que se lo comiesen. A lo que yo no dudé en responder que se trataba mi lengua de una experta en engrandecer los clítoris y hacer venirse a las damas. No quiero eso de ti, dijo. Me sorprendió al pedirme que quería dibujarme desnudo. Bien. La proveí de un bolígrafo y un folio y me quité la ropa ante ella. Al principio tenía dudas. Me decía no saber por dónde empezar, a lo que yo le aconsejé que empezara por mi sexo advirtiéndole de que no quería que quedase diminuto. Te regalaré el retrato después, si te gusta. Seguro que me gusta. Dibujó a un niño necesitado de alimento. Respecto a mi sexo, antes en pleno vigor, no se distinguía de mi huevada. Cierto énfasis en la expresión de pobre. Con ello concluí la certeza de que definitivamente no era padre suyo. Me preguntó si me gustaba y le pregunté que ¿Por qué? Porque es tu alma, dijo. DE inmediato, tiré el folio a la papelera y le pregunté que si quería quedarse para dormir en mi cama me parecía bien, y que si decidía marcharse tampoco me surgiría problema alguno. Lloró de nuevo y me preguntó por qué era tan cruel con ella. Será que simplemente diste con alguien cruel, respondí. Yo sé que tú no eres como los demás. A lo que respondí que no me cabía duda alguna. Intenté besarla de nuevo y, para mi sorpresa, se dejó. Me pidió, por un dios al que ella era devota, si podía quedarse a dormir abrazada a mí sin hacer nada. Hice que lo pensé duramente, pero finalicé aceptándolo. El despertar del siguiente día casi fue amoroso. Me dijo que era el mejor novio que había tenido tras un ligero bico. Le dije que tenía cosas que hacer. Nos vestimos tras un vaso de leche caliente. En el ascensor apenas cruzamos miradas. Al salir del portal ella marchó en una dirección y yo en otra. Jamás supe más de ella. En ocasiones la figuro con mi bata puesta sobre el sofá y me permito intercambiar incongruencias con ella. Sé que no está en el momento en el que el micro suena y sé que voy a disponerme a beber un té caliente -sabor canela- que, definitivamente, me debo antes de ponerme con las labores que tienen que ver con mi prudente vida económica.

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