¡METE LA CHORRA, GUARRO!

La última sección

Por: Hilario Martínez Nebreda


Y es que en Madrid, perdido el pudor, apenas queda la mínima decencia o dignidad de respetar el candor de una muchacha, la inocencia de un niño o cuidar la belleza del arte urbano que hemos legado de nuestros antepasados. Pues Madrid, a pesar de todo y desde antaño, es para contemplación y alegría de sus vecinos una ciudad de puertas y de fuentes.

Desde que Felipe II, en el S.XVI, decidiera convertir la villa de Madrid en Capital y Corte del imperio fue creciendo al ritmo de sus fuentes o sus fuentes al ritmo de Madrid. En ellas y sus caños se abastecían mujeres y aguadores y bebían niños y mayores. A ellas se acercaban aquellos castizos señores del agua, que en un tiempo era un oficio y nobleza popular. De este modo, el simple menester daba origen a un sencillo elemento de construcción urbana que no iba mucho más allá de lo práctico, es decir, se ceñía a su justa funcionalidad: servir el agua.

Sin embargo, pronto con los grandes arquitectos del barroco empezaron a cobrar un diseño decorativo que en el S.XVIII, con Carlos III, van a recibir una orientación propiamente ornamental. Y es, sobre todo, en el S. XIX y XX, cuando las fuentes se convierten en memoria, se alzan con luz y movimiento para ser testimonio de la historia y la vida de vecinos del oso y el madroño. Así, las fuentes han ido pasando a ser un objeto de contemplación estética, sujeto educador y delicado de la sensibilidad del hombre urbano, por su cualidad de obra de arte.

Ayer en mi paseo, iba recreando y recreándome en estas fuentes, cuando no pude menos de volver a gritar: “¡mete la chorra, guarro!”… porque allí, un desvergonzado, chorra al aire, encaramado en lo alto, aspergía la piedra de granito de una fuente con su orina oscura, seguramente de alcohol. Y quien sabe si no objetaba en su interior que cumplía decorosa suplencia en estas fuentes secas y mugrientas, sin aliento del agua que reclaman algo más que interés por la decencia a concejales y alcalde de Ayuntamiento. No en vano advertía un sabio urbanista griego a las autoridades de su ciudad: “ocúpense no tanto en levantar primorosas techumbres en las casas cuanto en edificar el espíritu de sus conciudadanos” Como ofendido amenazó con su mirada y salí del lugar con un solo pensamiento: “algo grave, mucho más grave que una crisis económica nos está desahuciando” pero a todos, en este caso con justicia por nuestro desafuero…, del suelo que pisamos, lejos ya de ser patria (lugar de los padres) o ciudad (lugar de ciudadanos) o un hogar (lugar donde habitamos). En mi pueblo, se decía no “tires piedras a tu propio tejado”… Por eso, quizás, hundido el tejado se hunden las paredes.

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