BERNINI | EL MÍSTICO DE LA PIEDRA

Por: Isabel Rezmo


“Veíale en las manos un dardo de oro largo,
y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego.
Este me parecía meter por el corazón algunas veces
y que me llegaba a las entrañas:
al sacarle me parecía las llevaba consigo,
y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.”
Vida de Santa Teresa XXIX. Teresa de Ávila

Éxtasis de Santa Teresa de Jesús es una escultura realizada por Gianlorenzo Bernini durante los años 1647 hasta 1652. Esta escultura se encuentra en la Capilla Cornaro de la Iglesia de Santa Maria Della Vittoria, en la ciudad de Roma. La obra fue un encargo directo del cardenal Federico Conaro. En 1644 este cardenal había sido trasladado desde Venecia a Roma y en 1647 encargó a Bernini la remodelación de la Capilla Cornaro de la Iglesia de Santa Maria Della Vittoria, la cual pertenecía a su familia, con gran poder y prestigio en Roma.

Esta obra se encuadra dentro de la época de la Contrarreforma de la Iglesia Católica. Durante el siglo XVI y XVII, la Iglesia tuvo una crisis profunda debido a la Reforma Protestante que dividió a la cristiandad de Europa, que provocó conflictos o incluso guerras, como las guerras de religión en Francia. Además de ello, en el siglo XVII el Imperio Español, que había tenido la hegemonía en el continente europeo, estaba en decadencia, lo que provocó situaciones de inestabilidad antes las luchas de poder de los distintos estados.

Todos estos motivos provocaron que la Iglesia Católica necesitara un nuevo impulso para la demostración de su poder. Tras el Concilio de Trento la Iglesia en el siglo XVI trazó unas directrices para promover las bellas artes, en la que se tenía que dar tanto una capacidad didáctica como una demostración de poder a la masa del pueblo. La mayoría de la población era analfabeta, y se tenía que impresionar mediante suntuosas y bellas obras; personajes modélicos que los fieles debían atender con devoción, así se evidenciaba el poder de la Iglesia.

El cardenal Federico Cornaro propuso a Gianlorenzo la realización de su monumento funerario. Había elegido la sencilla iglesia de Santa María della Vittoria, de advocación carmelitana, para albergar los restos mortales de la familia, y la única condición impuesta por el cardenal al artista fue que el tema del monumento debía estar dedicado a la recientemente canonizada mística de la orden, Teresa de Ávila, más conocida como Santa Teresa de Jesús.

Él ya conocía la pequeña basílica de Santa María, pues se erigió el mismo año -1605- de su llegada a Roma y pudo asistir a su consagración; además, tuvo el honor de llevar a cabo la restauración de una preciosa y turbadora obra helenística hallada durante dicha construcción –

No obstante aunque le era familiar, volvió a visitar el templo para ubicar el espacio, hacer un cálculo de sus proporciones y barajar las distintas posibilidades. Ahora solo era preciso esperar, esperar el momento en que desde su interior surgiera, poderosa e imperativa, la voz de su genio brotando imágenes y ordenándolas en espacios originales e inverosímiles. Sabía que debía realizar su Gran Obra si quería recuperar su reputación y la estima de los grandes, sobre todo, la del papa Pamphili, Inocencio X el cicatero.

De pronto, contemplando esa luz lechosa que se filtraba por la ventana a través, como entonces, de los visillos tenuemente mecidos por una suave brisa nocturna, y siguiendo su estela hasta la cama donde ahora dormía la que era su mujer (con quien se casaría a instancias de su querido protector, Urbano VIII), y reparando en el juego de luces y sombras formado por los numerosos pliegues de las sábanas retorcidas, y deteniéndose en el reflejo de la fría luz en la lisa superficie de aquel rostro relajado, tuvo la visión de conjunto, como un destello, de lo que parecía una soberbia escultura marmórea, y algo resonó en su pecho y en su mente, algo como el click ofreciendo a la vista el esplendor de una escena sublime. En un instante se fundió el pasado, el presente y el futuro: los textos leídos de la Santa de Ávila, la descripción de sus éxtasis místicos -tan sensuales- y sus poemas teñidos de carnalidad, se hicieron visibles. Todo encajó como un rompecabezas.

«El Éxtasis de Santa Teresa, momento cumbre y zenit del Barroco, pintura en tres dimensiones, poesía hecha piedra, versos escritos en el claroscuro del mármol…»

Para Bernini, él entendía que cuando Santa Teresa se refería al anhelo de su alma por una unión consumada con Dios, dicha unión hacia parecer como si su alma y su cuerpo fuesen lo mismo.

Todos los mas grandiosos dramas corporales de Bernini habían tenido figuras girando en ascenso. Ahora era el momento de hacer levitar a Teresa. Esta vez no era el escape a la penetración, sino el anhelo de la misma. De esta manera el artista tenía que hacer visible lo que él sabia del éxtasis corporal. El rostro de una mujer en la cima de la euforia sexual.

Es como si estuviese convirtiendo su propio conocimiento íntimo del pecado carnal en bendición carnal.

La mujer representada era una mujer de una belleza inolvidable, comparable al exquisito serafín, ángel amante. A su modo son una pareja, con caras sonrientes, apuntando su flecha no a su pecho, sino más abajo del torso.

El Éxtasis de Santa Teresa, momento cumbre y zenit del Barroco, pintura en tres dimensiones, poesía hecha piedra, versos escritos en el claroscuro del mármol, pictura ut poesis, escena dramática en la que se conjuga el genio del artista, el de la escritora, el de la mística, pero también las escenas vividas y extrapoladas a percepción, intuición divinamente creadora, la utilización prodigiosa de los elementos naturales: la luz, el espacio, la piedra, la madera, el metal, la forma, el color,… pero, también, el tratamiento excepcionalmente original del instante místico, la atmósfera recogida que incita a la interiorización, el dramatismo de la escena representada y el del espectador que observa atónito el milagro de una emoción contradictoria: fuertemente erótica, por un lado, pero poderosamente espiritual, por otro. Todo esto y mucho más dio Bernini la que es seguramente su obra Maestra, entre otras tantas obras maestras.

Concibió el complejo escultórico como un escenario, colocando a uno y otro lado de la nave, en alto, sendos palcos en los que ubicará a los miembros de la familia Cornaro -cuatro de cada lado- que observan y comentan la escena que tiene lugar ante ellos, en la fornícula del extremo de la capilla enmarcada por una suntuosa decoración colorista en mármol y estuco, como si de un escenario se tratara: el éxtasis que la santa refiere en uno de sus escritos. En esta escena, Teresa aparece flotando en una nube, entre un mar de pliegues del hábito que oculta su cuerpo salvo… el rostro transido de dolor/placer, enajenado, el pie y mano izquierdos que caen desfallecidos y el pie y mano derechos apoyados en la nube y el regazo respectivamente; frente a ella el ángel, un niño adolescente que sonríe con divina picardía, sostiene delicadamente con la mano izquierda el hábito de la santa, y con la mano derecha el dardo que la mística refiere penetraba repetidamente en su pecho provocándole una mezcla de sublime dicha y dolor insoportables; detrás del grupo, sobre sus cabezas y cayendo desde arriba, un haz de rayos dorados enviados por el espíritu santo aporta el fondo de color a las blancas figuras; por si fuera poco, Bernini, hace intervenir a la luz directamente: por medio de un óculo invisible, la luz del exterior penetra de forma mágica sobre las figuras bañándolas de irreal realidad.

Gracias a esta escultura, Bernini recuperó su crédito como artista, protagonizaría la salvación del alma artística del genio napolitano, pues es absurdo discutir, a la vista de los hechos, dónde buscó inspiración, en qué imágenes captó un gesto tan expresivo como el que muestra el rostro representado como Teresa de Ávila…

Pero así también, con esta obra se ganó las más duras críticas por parte de quienes creían que más que un éxtasis religioso, la mística parecía estar experimentando el más arrebatador de los orgasmos. Ciertamente el rostro de la santa en éxtasis es el rostro humano del placer, la boca entreabierta emitiendo los gemidos que la propia Teresa nos narra en su Libro de la Vida, el gesto de desmayo de una cara arrebatada, las túnicas de la santa agitándose al compás de su corazón atravesado y el cuerpo flácido sin control que se desmaya.

Sea cual sea la interpretación de toda la puesta en escena, sea religiosa, artística, psicoanalítica ó normal hay que conocer más sobre la vida de esta santa para dar nuestra interpretación final. Esta es una obra maestra donde existe una delgada línea entre lo racional y lo espiritual. Bernini el Místico de la Piedra, elevó la sustancia mineral a la categoría de esencia espiritual. Dios entre los hombres, Hombre ante Dios y ante la Historia.

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