LA PASIÓN DE ÓSCAR WILDE SEGÚN SEWELL STOKES

Por: Tomás Sánchez Rubio


Uno de los libros de mi niñez que recuerdo con mayor cariño era una pequeña antología de cuentos de Oscar Wilde. Se trataba de una edición del año 1964 de la editorial Cervantes de Barcelona. Su título era El príncipe feliz, El fantasma de Canterville y otros cuentos. Fue ahí donde tomé contacto, por vez primera, con la obra de este autor fascinante y controvertido. El fantasma de Canterville se convirtió, junto con El gigante egoísta o El crimen de Lord Arthur Saville, en uno de mis relatos preferidos. Más tarde, también en edad temprana, tuve la oportunidad y el placer de disfrutar, en televisión, de la versión cinematográfica de dicha obra. Dirigida por Jules Dassin en 1944, acompañaban a Charles Laughton, como protagonistas, Robert Young y Margaret O’Brien.

En el mencionado cuento resulta especialmente emotivo aquel pasaje del capítulo V -que con frecuencia me he complacido en releer-, en que el espectro de sir Simon le confiesa a la joven protagonista, miss Virginia E. Otis, que, tras trescientos años de condena, desea descansar finalmente en el jardín de la muerte, haciendo una breve descripción del mismo.

“…la prosa elegante de Wilde, su humor sagaz y originalidad lo convirtieron en uno de mis autores más admirados.”

Había algo en esa obra que me recordaba a Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela, cuya versión cinematográfica vi -al contrario de lo que me sucedió con El fantasma…- antes de leer el libro. Dirigida por Rafael Gil, se estrenaba precisamente en 1943, con un elenco encabezado por Amparo Rivelles y Rafael Durán… Precisamente interpretada por esta misma gran actriz española, recuerdo con especial cariño La importancia de llamarse Wilde, obra teatral -donde Ana Diosdado hace su particular versión de la también pieza dramática El abanico de lady Windermere-, a una de cuyas exitosas representaciones tuve la oportunidad de asistir a principios de los años 90 en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Sea como fuere, la prosa elegante de Wilde, su humor sagaz y originalidad lo convirtieron en uno de mis autores más admirados. La impresión que me causaban el rechazo social y la situación infame que sufrió en sus años finales no hicieron más que aumentar mi simpatía por él.

Y es por todo ello por lo que me he permitido dedicar unas palabras a cierta novela, quizá no muy conocida en su momento en nuestro país, pero cuyo argumento redunda sobre esos últimos y aciagos años de la vida del escritor dublinés. Se trata de la biografía novelada Más allá del bien y del mal, de Sewell Stokes, publicada en 1965 por la editorial Guillermo Kraft, de Buenos Aires, en su Colección Mito y Logos. Con el título original de Beyond his means, con veintiún capítulos y epílogo, había sido publicada por primera vez en Londres por Peter Davies en 1955. Fue llevada al castellano esta edición argentina por Luis Echávarri, prolífico traductor de clásicos de la literatura moderna como Los miserables, de Victor Hugo; El mito de Sísifo, de Albert Camus; o bien La Cartuja de Parma, de Sthendal.

En cuanto a su autor, diremos que Francis Martin Sewell Stokes (16 de noviembre de 1902, Hampstead, Londres – 2 de noviembre de 1979, Londres) fue  novelista, biógrafo y dramaturgo, aparte de ejercer durante cinco años el cargo de oficial de libertad condicional en Londres. Sobrino nieto del también escritor Henry Sewell Stokes (1808-1895) -conocido como el poeta de Cornualles y compañero de escuela de Charles Dickens-, colaboró en varias ocasiones con su hermano, Leslie Stokes, actor y más tarde productor de radio en la BBC. De esa fructífera relación provienen obras dramáticas como Oscar Wilde, la más exitosa de las obras de los hermanos Stokes. En dicha pieza, de 1937, protagonizada por Robert Morley, aparecerá, como un personaje más, el polémico autor y periodista Frank Harris, amigo personal de Wilde. La película Oscar Wilde, basada en la obra teatral, y dirigida por Gregory Ratoff, se estrenó en 1960.

Curiosamente, este polifacético y peculiar autor trabó amistad con la bailarina estadounidense Isadora Duncan hacia el final de su vida, escribiendo en 1928, poco después de su muerte, una obra basada en sus conversaciones con ella, titulada Isadora, un retrato íntimo. Años después, el libro daría lugar a una versión cinematográfica.

Respecto a los hechos narrados en la novela Más allá del bien y del mal, debemos recordar que Oscar Wilde (Dublín, 1854 – París, 1900), autor polémico y brillante, vio truncada una carrera plena de éxitos en 1895, año en que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, padre de lord Alfred Douglas, su amante, le remite una carta difamatoria. Wilde lo denunció a su vez por calumnias.

Finalmente, Queensberry, presentando pruebas que evidenciaban, sobre el escritor, hechos que podían ser juzgados a la luz de la Criminal Amendment Act, quedó libre, mientras que Wilde se enfrentaría a un segundo juicio en mayo de 1895, en el que se le acusó de sodomía y de grave indecencia, y por el que fue condenado a dos años de trabajos forzados.  Enviado a Wandsworth y Reading, Wilde, durante su estancia en la cárcel, escribió la extensa carta dirigida a lord Alfred Douglas que lleva por título De profundis, así como el poema La balada de la cárcel de Reading.

Recobrada la libertad, cambió de nombre y apellido -adoptando los de Sebastian Melmoth– y emigró a Francia, donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica y de salud. El 30 de noviembre de 1900 muere en París, en el Hôtel d’Alsace, a consecuencia de una meningitis. Antes de morir, se convertirá a la fe católica.

En Más allá del bien y del mal, Sewell Stokes se muestra como un autor mesurado a la vez que escrupuloso; de estilo claro a la vez que depurado. Amante de los detalles, como vemos en sus cuidadosas e impecables descripciones de los personajes -como la del periodista y amigo de Wilde, Frank Harris, al comienzo-, o en su registro de interrogatorios y entrevistas durante el proceso judicial, maneja, en todo momento, con soltura, el ritmo de la acción en todo momento.

“…Oscar Wilde (Dublín, 1854 – París, 1900), autor polémico y brillante, vio truncada una carrera plena de éxitos en 1895…”

En la novela asistimos, de principio a fin, a un drama con tintes trágicos, donde somos espectadores de primera fila de la vorágine de acontecimientos en los que se ve inmerso el protagonista, y que desemboca en su precipitada caída a los infiernos.

Sin embargo, Wilde, el maldito, el heterodoxo, en su desnudez y desamparo, mantiene, en todo momento, una constante y rara dignidad, algo propio, por otra parte, de las mentes preclaras. En cambio, a pesar de aparecer también desnuda en toda su crudeza la sociedad británica de finales del XIX, no sale tan bien parada como él: la hipocresía, la doble moral, el interés… se mezclan con perverso resultado.

Al final de la obra, en el capítulo 21, el autor pone en boca de Wilde las palabras que precisamente dan título a la versión en castellano de la obra: “Me muero como he vivido, más allá del bien y del mal…”, resultando curiosamente significativa la coincidencia con el nombre del conocido ensayo de Nietzche sobre la moral…

A pesar de una sencillez y claridad, que recuerdan con frecuencia al lenguaje periodístico, existen, no obstante, momentos llenos de patetismo y emotividad como los párrafos finales del capítulo 15. En estos se narra el traslado del preso Wilde, el 13 de noviembre de 1895, del penal de Wandsworth al de Reading, en Berkshire, teniendo que permanecer en el andén central de la estación de Clepham Junction, custodiado por la policía, con su traje de presidiario, humillado y expuesto a una multitud que se mueve entre la curiosidad y el regocijo. Se mezclan en esta escena los pensamientos de Stokes con los del propio Wilde, cuyo genio le lleva a imaginar que su gorra de preso es “una corona de espinas, y su capa parda un manto de púrpura…”

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