UN SUEÑO ACADÉMICO, HOY, IMPOSIBLE ¿UNA TERTULIA POSIBLE? | EL SALÓN DE MALLARMÉ

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


1. Abandoné la Universidad cuando la Facultad en la que llevé a cabo mis estudios enarbolaba el título mágico de FILOSOFÍA Y LETRAS. Opté por ella, aún teniendo los bachilleratos de Ciencias y de Letras, tras estar durante tres mañanas en la cola de la antigua Escuela de Periodismo, sin conseguir llegar a la ventanilla de matrícula. Era evidente, que el destino (en el que no creo) me tenía reservada una matrícula en la que sería, de por vida, mi facultad, porque allí me iba a encontrar con la que fue mi novia, meses después, y sigue siendo mi mujer. Ella, también, en posesión de los dos bachilleratos, había recibido la misma llamada, mientras hacía cola en la entonces facultad de Ciencias Naturales.

Tras ocho años de Catedrático de Instituto, volví como Catedrático de Universidad a mi Facultad; pero ya no se llamaba de Filosofía y Letras. Tenía un nombre raro, muy técnico, que había que explicar a los padres – y pocos padres lo entendían, tras explicárselo. Era la FACULTAD DE FILOLOGÏA.

¡Error conceptual e histórico. No sólo por el nombre en sí, que también. Error por haber separado, alejado y, en cierto modo enfrentado varias ciencias o saberes que no pueden vivir separados sin perder gran parte de su esencia y de su estar en la historia: los estudios de Literatura, de las diferentes Artes (artes plásticas y música) y los estudios que las sustenta por abajo: la Historia política y social, y los que las alimentan por arriba (la Antropología, la Filosofía y la Estética).

Descuartizamiento conceptual que tuvo como consecuencia el na-cimiento de, al menos cinco facultades dedicadas cada una a sus menesteres y con escaso contacto con los menesteres de las demás. Sin añoranzas sentimentales (no soy nada sentimental a este respecto) no puedo olvidar los cinco años durante los cuales convivíamos en Filosofía, en Arte y en Literatura, aquellos que íbamos a consagrar nuestra especialización a uno de esos espacios – e incluso aquellos que sólo se iban a especializarse en Historia; (y esta apreciación última no es marca de un sentimiento despectivo respecto de esta ciencia, sino indicador de que, respecto de nosotros, los historiadores eran diferentes, excepción hecha de aquello que, por imperativo legal se dedica a la Historia del arte – como si no hubiera otro modo de enfocar el arte que la perspectiva histórica). Y tampoco puedo olvidar el rinconcito consagrado a la Música, algo postergado, montado como un boudoir decimonónico, cara a la sierra, en el que el Maestro Joaquín Rodrigo nos impartía clases prácticas de buena audición musical, y que, pronto, también desaparecería.

Todo eso se vino a bajo. Y los literatos que nos sentimos llamados por la Pintura y la Música, como artes hermanas, como los musicólogos e historiadores del Arte que se sienten llamados por la Literatura, obedecen a una necesidad íntima, pero en nada propiciada por las estructuras oficiales, nos tuvimos que separar y, en ocasiones económico-administrativas, enfrentarnos.

2. Creo que las consecuencias han sido un desastre para los estudios profundos e interrelacionado de las distintas manifestaciones de los lenguajes artísticos y de la filosofía (existencial y estética) que los sustenta.. Sí; los distintos lenguajes artísticos… porque lo que existe de cara a la experiencia artística y literaria es un conjunto de lenguajes que, partiendo de una misma necesidad creadora (la necesidad de pintar, la necesidad de cantar, la necesidad de contar, etc., el mundo y la vida) llega, de cara al receptor (lector, espectador o auditor), a un mismo punto de coincidencia: una experiencia de la realidad que no se asienta sobre el dato (histórico o material), ni sobre el experimento sabiamente calculado (y sólo, accidentalmente, sobre la especulación conceptual); una experiencia de la realidad y de la vida que se asienta sobre una visión simbólica de éstas, y que tiene como puntos de apoyo las experiencias sensoriales y existenciales de creadores y de receptores, elaboradas a partir de los elementos arquetípicos y simbólicos que han sido y son el motor profundo del hombre que sueña e imagina, tanto como calcula y deduce para asentar las explicaciones racionales y pragmáticas de su existencia.

Luego vendrán los problemas técnicos que genera la materialidad específica de cada lenguaje (trabajar con la materia lingüística para el literato, trabajar con el color, sus formas y los espacio físicos, para el pintor, es escultor y el arquitecto, trabajar con el sonido y el tiempo para el músico); pero estos problemas son segundos y secundarios (si así podemos calificarlos), aunque sean los que exigen y propician la dimensión científica y técnica, especializada, de los estudios comparados.

3. Todo esto viene a cuento de un libro que tengo que un día tuve que presentar en la Residencia de Estudiantes. ¿Qué nos ofrecía este libro, titulado de manera tan convencional, El salón de Mallarmé. No era (y sigue siendo) sino una iniciación ensayística al estudio histórico y estético de un espacio sorprendente? Las tertulias que Mallarmé, el Poeta, organizaba en el salón de su pisito de la calle de Roma.

Un pequeño salón burgués, no muy lujoso pero adornado ya con cuadros de unos amigos pintores que, luego, serán tan importantes importantes como para poder encarnar la cumbre final del arte occidental nacido del Renacimiento.

Un ‘profesor’ de inglés, no muy ejemplar, poeta silencioso (como hay tantos en la historia moderna de Occidente), que escucha más que habla: que practica una sutil mayéutica, mediante la cual los jóvenes asistentes (entonces desconocidos) y más tarde ilustres poetas, pintores y músicos, hablan, exponen intuiciones, hilvanas diálogos que el maestro (así empiezan a llamarlo, sin que él le de mucha importancia al asunto – si creemos sus palabras que recoge la Encuesta de Jules Huret -1891) escucha y, luego, precisa, organiza y hace suyas. Clases espontáneas, ocasionales, interactivas (como quieren serlo las de ahora) sin más ayuda técnica que la jarra de agua clara encima de la mesa, rellenada de manera regular por la hija, Géneviève, cada vez que clausurado manantial se agota, y la presencia mágica del gato que, como todos sabemos es maestro de maestros en materia de poesía (como el perro lo es en materia de novela).

Un nutrido grupo de asistentes, muy nutrido; algunos con un futuro decisivo para la evolución de la poesía en el mundo occidental, y no sólo en Francia. Muchos hombres: Paul Valéry, Paul Claudel, André Gide (ocasionalmente), Pierre Louÿs, Vielé-Griffin, H. de Régnier, A. Rodin… ¿No serían ya suficientes? Pocas mujeres, a las que el maestro se empeña en tratar como a sus ya imposibles estudiantes inglesas de antaño, cuando vivía y profesaba en Avignon: Augusta Holmès, Camilla Claudel, Berthe Morissot (extraordinaria trinidad femenina)

Así recrea en una nota manuscrita Paul Valéry la atmósfera de un “Sábado X de octubre 91.”, con un lenguaje elíptico, pero profundamente acertado:

“A las nueve, en casa de Mallarmé. Es él el que nos abre. Pequeño. Da la impresión de un burgués tranquilo y cansado; de 49 años. A la luz de la lámpara, muy débil, la madre y la hija bordan. Rosas sobre el tono marrón de un minúsculo cuarto de estar. Blancos Monets en la pared. En el rincón una estufa alta en porcelana. La pipa. Él. Un sillón balancín. Primero, todo tranquilo (la hija es como antigua, encantadora, algo rara, cabeza griega, imperio); luego uno ve como la cosa se va animando. Para empezar – provinciano, felibre – ojos entornados, palabra como muerta, muy baja y, de pronto, ojos muy abiertos – frase en tono elevado… con jadeos. Este hombre se vuelve sabio sin dudarlo un momento (me complazco viendo que ya he sopesado, ayer, todo cuanto dice), tan pronto épico – tan pronto trágico. Habla mucho de Villiers, que se muere…”(2).

4. Se hablaba de poesía (incluso de novela – Zola), de pintura (la sombra y la presencia de Manet, de Monet y de Whistler están siempre en el ambiente – ¿qué poeta puede alardear, más que Mallarmé, de tantos retratos suyos pintados por ilustres colegas?) y de música (de Debussy, de la escritura como música, del ser como realidad musical); pero de lo que se habla sobre todo es de creación artística y literaria. De los problemas y los poderes de la creación: por qué, cómo y para qué se crean, en el dolor, en el gozo, obras literarias y artísticas.

“Mallarmé, ante sus auditores, el Martes por la tarde, 18 de enero pasa de Wagner y de la Poesía al atroz egoísmo de algunas inscripciones en las tumbas. No puede aceptar que Wagner ponga en un mismo nivel, la poesía, la música y la danza, dándole un predominio evidente a la música. Para él, el papel del verso, contrariamente, es de lo más amplio y nos salva del ‘ocultismo fácil de los éxtasis inescrutables’ y de ‘la oscura sublimidad’…” (3).

Estamos de lleno en la disputa estética de finales de siglo, relativa a la superioridad (o no) de la música sobre la poesía; al poder liberarse aquella de la servidumbre del concepto, con vistas a la expresión de lo inefable. Es Wagner, pero también Schopenhauer y Nietzsche los que están aquí presentes.

Obsesionado como estoy, al final de mi vida académica, por el fracaso estético (y doy a este término toda su amplitud histórica, conceptual y existencial, individual y colectiva), sí por el fracaso estético de nuestra enseñanza, me causa una alegría indescriptible ver unidos, ya desde el título del libro, a tres de los máximos representantes de las tres grandes manifestaciones artísticas del momento: Mallarmé y la escritura, Debussy y la música, Odilon Redon y la pintura, abriendo, cada uno, una de las compuertas que nos van a llevar hacia la sensibilidad estética moderna, más allá de la sintaxis de la frase, de la melodía de la música y de la forma que imponía el dibujo el color, pero sin abandonar, ninguno de los tres, su conciencia simbolista.

Todos conocemos la relación que mantuvieron Debussy y Mallarmé en torno al poema dramático del primero, el llamado, en español, Siesta de un fauno. No es la colaboración (a cierta distancia) la que aquí nos interesa resaltar – múltiples artistas de la época colaboran con Mallarmé o se acercan a su poesía para ponerle forma plástica (Rodin, Fauno y ninfa, Manet, ilustrando su traducción de los poemas de Poe) o darle un vuelo sonoro al poema (el propio Debussy…). Lo que nos interesa es poner de manifiesto la coincidencia en la necesidad de poner en arte (sea cual sea el lenguaje empleado) un mundo de sensaciones y de sentimientos que les es propio; poner de manifiesto la pertenencia a un mismo espacio que comparten como artistas y que poco o nada tiene que ver con presupuestos ajenos al arte, imperantes, entonces, en la doxa oficial del momento (historia sociológica de la literatura y del arte, filología historicista, política mercantilista y laica, etc.).

En el caso de Debussy, mirando a Mallarmé (como luego mirará a D’Anunzzio, en el Misterio del Martirio de San Sebastián), es la necesaria vuelta a cierto espíritu pagano, sensual que, por un lado, responde al naturalismo y que, por otro, es capaz de compensar la muerte de Dios proclamada desde 1844, en voz alta, por el poema de G. Nerval, El Monte de los olivos; pero una vuelta al paganismo desde una perspectiva mítica, capaz de atenuar la brutal materialidad, “la mineralización” del ser (J.P. Sastre, en La lucidez y su cara oscura) que impone el naturalismo ateo. Y, la captación de esa magia, sensorial y transcendente a un mismo tiempo, es lo que Mallarmé alaba en la partitura de Debussy, pues él, en música, ha sido capaz de captar, dice el poeta, el decorado del fauno, con más frescor y sensualidad que sus propios versos.

En el caso de Redon lo que les une es, en sentido inverso, pero compensatorio, la necesidad de situarse, a pesar de la lucidez de la razón que los aboca a la conciencia de la Nada, de situarse frente a la ya imposible transcendencia, en los momentos cruciales de la vida, por ejemplo, en relación con la muerte del hijo Anatole; (y Redon le ofrecerá a Mallarmé el pastel que pinta en 1894, El niño ante la aurora boreal). Retrato cuyo modelo es el hijo menor de Odilon, pero que puede ser leído como una recuperación del hijo muerto de Mallarmé – el objeto sujeto de ese gran poema imposible – Para un tombeau de Anatole -; pero también, posiblemente, en el momento crucial de la vida intelectual de Mallarmé, cuando lanza los dados de la inteligencia y de la vida al viento del azar, dando forma sintáctica y temática al nihilismo de la escritura por venir, en Una echada de dados. En este caso, es Odilon el que colaborará con él para ilustrar las páginas que ya, de por sí, son un arabesco de alcance plástico, dando cuerpo a la sirena que obsesiona el naufragio del barco – y del texto.

5. ¿Cómo se pueden separar los estudios de Literatura de los estudios de las Artes plásticas y de la Música? ¡Si hasta para ver la evolución de la joyería occidental, en esta caso de de la Joyería Art-Nouveau, es preciso zambullirse por las páginas de A contrapelo, de Huysmans, en el episodio que transcurre en la tienda del lapidario, cuando ese magnífico personaje mallarmeano que es des Esseintes, se va a la joyería con el fin de confeccionarle un caparazón-joya a su tortuga, con la intención de quitarle el alcance ‘natural’ que aún tiene este animal estrafalario!

Le ponía a esta pequeña introducción un título un tanto enigmático a priori. Es, sin embargo, el título que le corresponde: Una facultad en los que los estudios Literarios no estén en situación de igualdad con los de Artes plásticas y de Musicología, puede ser una imposición laboral o mercantil, pero es una aberración estética y científica; es caer en manos del más puro pragmatismo de las Escuela de Idiomas o, en el mejor de los casos, en manos de la Filología historicista más caduca. Una Facultad en la que los estudios de Arte y de Música tengan que ver más con la Historia y la Geografía que con la Literatura, con la Filosofía y con la Estética, es condenar estos estudios a ser un mero adorno de la Historia a la que acompañarán, como hermanas menores, como epígonos ornamentales en las enseñanzas Primaria y Secundaria.

Se aprende a leer un cuadro y una partitura con los mismos presupuestos de base con los que se aprende a leer un texto: desde la noción estructural de composición y desde su alcance imaginario, sociológico, psicoanalítico, ontológico, puramente ornamental o lúdico, etc. Es un problema de análisis descriptivo y de hermenéutica.

La Historia es el contexto, inevitable, en el que toda actividad humana nace (o es esa propia actividad sagazmente organizada por los estudiosos), pero su valor, de cara a las manifestaciones artísticas se agota ahí: como contexto y material inevitable; lo mismo para la Literatura, para el Arte que para la Sociología y la Política. La lengua es un material con el que trabaja el escritor artista: pone condiciones, las condiciones de su propia materialidad física y conceptual, pero no impide que los textos y sus esencias transmigren de una lengua a otra – de un arte a otro. La Biblia y Homero siguen siendo los libros más leídos e influyentes; y ¿quién se los ha leído en arameo o en griego? La excelsa minoría minoritaria

Si quiero estudiar la expresión de la Libertad en el Romanticismo francés, tengo que estudiar conjuntamente a Delacroix, a Hugo y a Berlioz (con el horizonte problemático que crea, al pasar, el astro fulgurante de Napoleón). Si quiero estudiar la crisis de la transcendencia en el periodo Simbolista, tengo que estudiar conjuntamente, a Mallarmé, a Redon, a Wagner y a Debussy (sobre el horizonte filosófico que se traza en Europa desde Hegel y Jean-Paul a Nietzsche). No son ni Luis Felipe, ni Guizot, ni Tiers los que detentan o detectan la clave del conflicto. Pero tampoco, el hecho de la lengua francesa se haya democratizado durante ese periodo: ambos temas son sólo un contexto.

El libro que vamos a leer, aunque de manera sencilla, pone de manifiesto esta realidad como pocos pueden hacerlo. El salón de Mallarmé era una auténtica Academia de estudios (de reflexión y de diálogo) de Estudios literarios y artísticos. Un embrión pequeño, pero potente de lo que podría ser una Facultad de Estudios Artísticos y Literarios (nada que ver con la costrosa Licenciatura en Humanidades que hace unos años se inventaron), tales como las hay, con ese nombre o con otro por el mundo. ¿por qué no puede haberla en España, cuando un día ya existió el marco para que pudiera haber cristalizado, y la universidad española está llena de estudiosos que desearían que así fuera?


[1] . Empleado en tono despectivo, félibre designa aquí el espíritu de los poetas provenzales de finales del siglo XIX. Mallarmé fue amigo de algunos de ellos (F. Mistral, Th. Aubanel), debido a su residencia en Avignon, como profesor de Instituto
[2] . París, Doucet. VRY Ms. 1818, cat 257. Traducción (con sus riesgos, debido a la escritura manuscrita) de J. del Prado.
[3] . H. Mondor, Vie de Mallarmé; París, Gallimard, 1941 ; p. 705.
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