AMAR AL CINE | AMAR A TRUFFAUT

Por Evaristo Cadenas Redondo


Yukio Mishima

“Durante muchos años afirmé que podía recordar cosas que había visto en el instante de mi nacimiento. Cuando decía eso, los mayores, al principio, se reían; pero luego preguntaban si intentaba burlarme de ellos, y miraban con desagrado la pálida cara de aquel niño tan poco infantil. A veces lo decía en presencia de visitantes que no eran íntimos de la familia y, en esos casos, mi abuela, temerosa de que me tomaran por idiota, me interrumpía secamente y me ordenaba que fuera a jugar a otra parte.” Primer párrafo de “Confesiones de una máscara”. YUKIO MISHIMA

Decía Fernando Pessoa: “En la palabra está contenido todo el mundo”. Empecemos con las palabras: Desde antes de que supiera hablar, mi padre me llevaba al cine. Cuando me convertí en hablador la pregunta que le hacía cada domingo era: “¿Papá, me llevas al cine?” Se puede decir que mi primer amor fue el cine. Cuando algo se convierte en absolutamente necesario ese algo se sublima de tal manera que pasa a ser amor. Amor al arroz con leche, amor a la música, amor a los instrumentos, amor a las rubias, a las morenas, a las cobrizas, y al cine. Siempre el cine. Porque está ahí, fielmente, para cuando lo necesitas. Una amiga me decía la otra tarde: “Lo que más me gusta en la vida es el cine, amo al cine”. A mi también me pasa. No hay nada mejor para evadirse de este infernal mundo, junto con un par de cosas más. La pianista portuguesa, María Joao Pires, afirmaba, en una entrevista, que para ella la música había sido su salvación. De no haber amado a la música no habría resistido. El único sentido de mi vida ha sido y es la música, añadía. Y así. El cine es imprescindible, es el asidero, el resistidero.

Puestos a amar, tan apasionadamente, nada mejor que elegir el cine, y ya de puestos, que sea el francés que es el toca ahora mismo. Lo he amado intensamente no solo porque los franceses fueron los inventores, hermanos Lumiere, y eso, también porque en mi primera infancia, en el cine de mi pueblo, veía muchas películas francesas. Al principio, como es lógico, ni me enteraba. Todo el cine, fuera de donde fuera, me transportaba a mundos muy lejanos del mío, tan escaso en emociones verdaderamente sublimes. Pronto distinguí las numerosas películas de Jean Gabin, Edie Constantini que me gustaban sin saber por qué.

Como ya he dicho, a partir de mis conversaciones, sobre cine, con mi amigo, el que decía de si mismo que era un cinéfilo, empecé a distinguir, a fijarme en el nombre del director, del cámara, la banda sonora, y hasta del vestuario. Ver como hay que ver: observando todo porque el misterio, el secreto, el enigma, puede estar escondido en cualquier mínimo detalle.

Descubrir a Francoise Truffaut.

No se puede escribir de lo que no se conoce. Debió ser en una sala de Arte y Ensayo donde surgió el hallazgo del director de una película que me había conmocionado: Francoise Truffaut, (París, 1936 – 1984). La película era “Los 400 golpes” “Les quatre cents coups”, 1959. Hay que situarse en el momento, en la biografía personal, año 1973, invierno. Cine Estudio del Bellas Artes. Blanco y negro, versión original con subtítulos. El protagonista un chico muy moreno despertando a la vida y que me parecía que era yo mismo. Y los golpes que le daba esa vida en serio que estaba descubriendo. La escuela, el maestro, la familia, la casa, y las calles de París tan llena de peligros y tentaciones. Me preguntaba si ese no sería yo. Hay una escena, en el film, cuando están en la escuela y el protagonista dibujaba, distraído en su mundo interior, y el maestro… no digo más. O el interrogatorio y las respuestas. Las bofetadas sin ton ni son. Eso y muchas cosas parecidas, por no entrar en detalles personales y eso, me habían ocurrido casi idénticas . Y seguramente a mucha gente de mi edad o parecido por aquello del subconsciente colectivo. Los 400 golpes que te va dando la vida o ¿fueron 4.000? El actor principal se llamaba, se llama, Jean – Pierre Léaud, (París, 1944) y que llegaría a ser el actor fetiche, una especie de alter ego de Truffaut, que, oh casualidad, trabajó también con Pasolini. He vuelto a ver la película dos veces por lo menos y sigue manteniendo, como les pasa a los clásicos, la magia, la efectividad cinematográfica, no ha envejecido, y yo, mucho más mayor pero con la misma percepción sobre las cosas de la vida, supongo. Las de antes, y las de ahora, casi curado de espanto. Y… ¿quién fue exactamente Truffaut? Uno de mis directores preferidos o de culto.

Francoise Truffaut, director de casi treinta películas, actor, guionista, crítico cinematográfico y todo aprendido de forma autodidacta. Un genio y así es reconocido. Perteneció a la nouvelle vague, la nueva ola del cine francés, grupo al que también pertenecían Jean Pierre Melville, Jean Luc Godard, Jacques Rivette, Éric Rohmer, y Claude Chabrol. Todos ellos grandes entre los grandes y sus películas han sido, y son, casi todas, iconos del cine de todos los tiempos. El cine francés de aquella época era un referente cultural imprescindible para cualquier aficionado al Séptimo Arte. Y yo tuve la suerte de visionar casi todo aquél cine. Haber nacido hace tanto tiempo, tiene la ventaja de haber conocido y participado en muchas cosas, y ahora la desventaja certera de poder contar con pocas más ¿Cómo iba a vivir sin amar al cine si era casi todo lo que tenía desde un punto de vista personal e intimo?

En alguna parte debo tener tres ejemplares de la revista, francesa, de cine más emblemática. Me refiero, lógicamente, a Cahiers du Cinéma, de segunda mano, compradas en París el 25 de enero de 1977. Aún recuerdo los artículos de Truffaut, y una parte de la entrevista que le hizo a Alfred Hitchcock, leídas en mi precario francés. Porque nuestro director, de ahora mismo, era mucho más que un director de cine, un referente, un maestro capaz de mostrar magistralmente historias y personajes que dejaban huella porque nos veíamos reflejados. Cuando se salía del cine y se pisaba la realidad de la calle te nacía un sentimiento de tristeza porque la nube en la que habías participado, como espectador en la sala oscura, había desaparecido.

Ray Bradbury

Fahrenheit 451 (1966). Dirigida por Francoise Truffaut, rodada en inglés, de ciencia ficción, basada en una novela de Ray Bradbury, interpretada por Oskar Werner, Julie Christie, y Cyril Cusack. Julie Chistie un descubrimiento que durante muchos años fue imagen venerada de belleza y sensualidad por su hermosura como mujer, y como actriz. Recuerden “Doctor Zivago“, por ejemplo. A lo que vamos: Fahrenheit 451 son los grados en los que arde el papel de los libros. El director ambienta la película en una paisaje futurista y se refiere a la quema de libros por la persecución del gobierno a todo lo que significara cultura. Los miles de libros apilados y ardiendo en una hoguera recuerda a las quemas de ejemplares de Literatura, Filosofía, Poesía, Ensayo, y de Obras de Arte, por orden de aquél fantoche que no merece la pena nombrar. El caso es que la he vuelto a ver y se me caían las lágrimas por la pena que me daba que quemaran aquellos preciosos libros, algunos incunables, y me acordaba cuando la vi en 1973 o 1974, y yo, gracias al Rastro, y a la Cuesta de Moyano, empezaba a ser un modesto coleccionista. No hace falta decir que aquí, a los españoles, todo nos llegaba con retraso. Tarde y mal. El gobierno, en la película, prohibía leer libros porque enseñan a pensar. Pensar es peligroso, y además impide la felicidad del que se cuestiona las cosas. Hay que prohibir y quemar. Pobre de aquel que no obedezca. Por orden del señor dictador ¿Ha cambiado algo?

La siguiente película a la que me voy a referir en este apresurado artículo, o lo que sea, es “El pequeño salvaje” (“L`enfant sauvage”), 1969. También visionada por la misma época y en V.O. con subtítulos. Cuenta la historia, basada en un hecho real. Rodada en blanco y negro, como si fuera un documental, con guión de Truffaut y Jean Grifault, fotografía de Néstor Almendros, (otro genio), narra la historia del niño, doce años, encontrado en el bosque en 1790, y biografiado por el Doctor Jean Itard, interpretado por el propio Truffaut. Esta película constituye una de las más emblemáticas del director francés. La he vuelto a ver hace unos días y la impresión que produce, música de Vivaldi, que no se me olvide, sigue siendo la misma de entonces. Es una recomendación. En Santa Intenet se puede ver esta, y las demás.

Después, en futuros posibles artículos, si es posible, hablaré de “Jules et Jim“, “La noche americana“, “La sirena del Mississipi“, “Diario íntimo de Adéle H“, y de “El último metro“. Las que considero imprescindibles y las que he revisitado en estos últimos días o meses. Es tanto, y tanto, y de tanta importancia lo que significa este director y su obra para mi, que siempre me quedaré corto, por su extensión, y por mis ilimitadas limitaciones ¿Qué le voy a hacer?

“Había llegado la hora. Al levantarme, dirigí subrepticiamente otra mirada a aquellas sillas al sol. Al parecer, los que componían aquél grupo estaban bailando, y las sillas se encontraban vacías. Habían derramado un líquido, un brebaje, y aquel líquido lanzaba destellantes y amenazadores reflejos“. Párrafo final de “Confesiones de una máscara”. YUKIO MISHIMA

La única cosa que me queda por hacer es pensar en muchas cosas. Empiezo.

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