AMPARO DÁVILA Y EL TERROR DE LO COTIDIANO

Por: Tomás Sánchez Rubio


El 21 de julio de 1959, el mismo año de la inauguración, en la sierra de Guadarrama, del Valle de los Caídos, se aprueba por parte del Gobierno de España mediante Decreto Ley el llamado Plan de Estabilización, posteriormente refrendado por las Cortes. Dicho Plan implicaba el final del sistema autárquico y una cierta apertura económica que propiciaría un periodo de crecimiento. En diciembre, TVE retransmitía, a través de la señal de Eurovisión, la llegada del presidente Dwight D. Eisenhower, a Madrid. Esta breve visita simbolizaba la rehabilitación definitiva de Francisco Franco tras años de ostracismo y su aceptación como aliado de los Estados Unidos en un mundo bipolar…

En el ámbito literario español, se concedía en 1959 el Premio Nadal, en su decimoquinta edición, a una joven Ana María Matute por Primera Memoria, cuyo argumento retrataba con intensa lucidez la vida de tres adolescentes que, sin querer aún, son lanzados a la edad adulta durante el largo verano del año 1936… La obra sería el comienzo de una trilogía, Los mercaderes, completada más tarde por Los soldados lloran de noche y La trampa.

Al otro lado del Atlántico, en la órbita hispanoamericana, tenía lugar la publicación, ese mismo año, de notables obras literarias. En Argentina, siendo presidente Arturo Frondizi, tras varios años de publicar únicamente poesía (Los sonetos del jardín, Poemas de amor desesperado, Los nombres, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía), la escritora y artista plástica Silvina Ocampo, esposa de Adolfo Bioy Casares, volvía a la narrativa publicando La furia, su tercer libro de cuentos, en la editorial Sur. Fue el único de los libros de Silvina que necesitó de una reedición casi inmediata -al año siguiente-. Por su parte, Julio Cortázar, considerado uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, publica Las armas secretas, recopilación de cinco cuentos, con Editorial Sudamericana.

En México, por su parte, llevando un año en el poder Adolfo López Mateos, mientras Carlos Fuentes publicaba su novela Las buenas conciencias, Amparo Dávila hacía lo propio con su primer -y magistral- libro de cuentos, Tiempo destrozado.

Nos dice su biografía que Amparo Dávila nació en Pinos, un pueblo minero de Zacatecas, en la región centro norte de México, el 21 de febrero de 1928. Fue la única de sus cuatro hermanos que llegó a edad adulta. Estudió en el colegio de religiosas en San Luís Potosí. Sus primeras lecturas fueron fruto de la biblioteca de su padre. Iniciándose en la poesía, en 1950 publicó Salmos bajo la luna, al que siguieron Meditaciones a la orilla del sueño (1954) y Perfil de soledades (1954). Se trasladó a Ciudad de México para cursar estudios universitarios, y allí se convirtió en la secretaria –durante dos años- del escritor y diplomático Alfonso Reyes Ochoa, quien influyó decisivamente en su incursión en la prosa.

En 1959 apareció su libro de cuentos Tiempo destrozado, y en 1964 Música concreta. En 1966 obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores. Su siguiente obra, Árboles petrificados, publicada por la prestigiosa editorial Joaquín Mortiz, fue fruto de esa experiencia y en 1977 le valió el prestigioso premio Xavier Villaurrutia. En 1985 publica Muerte en el bosque. Le siguieron los libros Con los ojos abiertos (2008) y El cuerpo y la noche (2011), de narrativa y poesía respectivamente. Como compilaciones de su obra, debemos mencionar Cuentos reunidos (2009), así como Poesía reunida (2011).

Amparo Dávila se casó con el escultor y pintor Pedro Coronel Arroyo, fallecido en 1985, con el que tuvo dos hijas.

A finales de 2015 se le otorgó la Medalla Bellas Artes en reconocimiento a su trayectoria, y desde 2015 se convoca un Premio Nacional de Cuento Fantástico con su nombre.

El merecido reconocimiento y admiración a una vida dedicada a la literatura, dieron lugar al homenaje a su persona llevado a cabo en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, el pasado 21 de febrero de 2018, día precisamente de su nonagésimo cumpleaños.

Se considera a nuestra autora perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, a la que también se adscriben Carlos Fuentes, Tomás Segovia o Inés Arredondo entre otros escritores mexicanos, dentro de un ámbito artístico y cultural marcado por el paso de una cultura eminentemente rural, heredera de la Revolución Mexicana y preocupada, ante todo, por los problemas sociales del campesino y del indígena, a otra en la que predomina el carácter urbano y cosmopolita, donde se hace patente el interés por el sujeto individual, por su vida íntima y las razones existenciales que le permiten vivir día a día.

Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso categorizar su obra como literatura fantástica; obra, por otra parte, que impresionó al mismo Cortázar, con el que le unió una gran amistad. Al escritor argentino y a su esposa Aurora, les dedica el cuento “El entierro”, perteneciente a Música concreta.

Teniendo como objetivo el presente artículo rendir un sencillo homenaje, a título individual, a esta admirable escritora, quisiera dedicar unas líneas a su primer libro de cuentos, Tiempo destrozado; primera también de las obras de Amparo Dávila que descubrí en mi primera juventud y que tanto me impresionó en su momento -no habiendo dejado de hacerlo con el paso de los años-.

Diremos en primer lugar que Tiempo destrozado fue editado por el Fondo de Cultura Económica en 1959, siendo el volumen 46 de la Colección Letras mexicanas. En esta Colección se habían publicado con anterioridad Obra poética de Alfonso Reyes, El llano en llamas de Juan Rulfo, La región más transparente, de Carlos Fuentes, o bien La estación violenta de Octavio Paz. Tardó nada menos que cuarenta y cuatro años en reimprimirse, también en la misma editorial; de modo semejante a los casos de Música concreta y Árboles petrificados, que mantienen, respectivamente, treinta y ocho y veinticuatro años de distancia entre la primera y segunda edición.

Forman la obra doce relatos, entre los que se encuentra el que da título al libro, que está dedicado, según consta en las primeras páginas, a su padre. En la portada, un dibujo de su marido, Pedro Coronel Arroyo, pintor y escultor, aparte de reconocido coleccionista, que destacó por su arte innovador al evocar un mundo en constante transformación. Fue hermano del también artista Rafael Coronel Arroyo.

Al hablar del Fondo de Cultura Económica, pienso que debemos hacer mención a su fundación en 1934 por parte de Daniel Cosío Villegas (1898-1976), erudito e intelectual mexicano de amplísima formación y espíritu emprendedor, con el propósito original de proveer de libros en español a los estudiantes de la Escuela Nacional de Economía -también fundada por él-; y cuya labor editorial extendió muy pronto a otras ciencias sociales y a las humanidades.

Cuando leía los relatos de Tiempo destrozado -entre los que destaco La señorita Julia, El huésped o El espejo-, revivía la sensación de desasosiego y confusa inquietud que de muy joven había sentido al leer El proceso (1925) de Franz Kafka, o al ver por vez primera El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel, si bien fue Repulsión (1965) de Roman Polanski, con la rotunda y perturbadora banda sonora de Chico Hamilton, la obra con que en mayor medida identifiqué el ambiente que reflejaban los relatos del libro. Captaba la cinta ese horror indefinido y desconcertante de los cuentos de Dávila, en medio de la cotidianeidad de los personajes y escenarios; la misma vívida sensación de angustia experimentada por quien debe enfrentarse a solas a algo terrorífico mientras en la habitación de al lado su familia ríe y cuenta chistes un domingo al mediodía…

Pasaron unos años para que, con una nueva lectura, captara la auténtica dimensión del universo de esta sobresaliente escritora; un universo lleno de ricos matices que no hacía más que interpretar un mundo desquiciado y opresivo que conduce a sus habitantes, sobre todo mujeres, a la soledad y a la locura. El tiempo inexorable y caótico, la confusión entre realidad, sueño y pesadilla, el miedo irracional… se unen para ofrecer al lector el espectáculo de unos seres que acaban sucumbiendo y sumiéndose en el silencio y en la pérdida de la propia identidad.

Destaca la importancia de la figura de la mujer como víctima de una sociedad patriarcal, cerrada e hipócrita, materializándose su miedo al rechazo por parte de los demás en criaturas informes, seres indefinidos, misteriosos, en peligros intuidos que no son más que metáfora de la represión que sufren las protagonistas.

La violencia difusamente real que padecen sus personajes femeninos y que los conduce a la autodestrucción, es el castigo a su intento de liberar los impulsos secretos reprimidos, a su atrevimiento a ser distintas, ya que rechazan el rol que la sociedad, la tradición y la educación les había impuesto; a su búsqueda -en suma- de la felicidad fuera del orden establecido…

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