PIERRE-AUGUSTE RENOIR | EL ARTISTA DE LOS SENTIDOS.

Por: Isabel Rezmo


«Me gustan los cuadros que me dan ganas de pasearme por ellos cuando es un paisaje, o bien de pasar la mano sobre un pecho o una espalda si es una figura de mujer».

Para el pintor francés Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) lo esencial estaba en los sentidos, sobre todo en el tacto. El hijo del artista, Jean Renoir, que llegaría a ser un notable cineasta, recuerda la pasión por lo palpable como una afirmación de estilo y el no aceptar la pintura como «pura visualidad» «[Mi padre] miraba las flores, las mujeres, las nubes del cielo como otros hombres tocan y acarician«—.

Es reconocido por plasmar en el estilo impresionista una dimensión erótica, inspirados en cuerpos femeninos. En vida fue tomado como una figura fundamental del arte por parte de colegas y críticos. Sus pinturas están marcadas además por una tendencia a la felicidad y la búsqueda de la belleza.

Mientras en los retratos de grupo de Manet o Degas por ejemplo, los protagonistas mantienen la distancia entre ellos y con el espectador, Renoir dota a sus figuras de una cercanía tangible. En sus escenas con dos o más personajes, es habitual que estos participen en un juego de alternancia entre el contacto visual y el contacto físico, parejas de hermanos o de madres e hijos en las que uno de ellos mira al otro y este le corresponde tocándole con la mano»

Renoir artista de los sentidos, de la cercanía: Sus cuadros hablan, se tocan, se palpan, conversan, abrazan, se juntan.

Así es su pintura, su estilo. Espectador y obra entran en una atmósfera de contacto humano.

Nuestra sección El Atril, toma de la mano este gran artista impresionista para presentarlo a sus lectores. Su vida, y todas las mujeres que formaron parte de él.

Que el contacto sea mutuo.

PRIMEROS AÑOS

Hijo de artesanos, vivió sus primeros años en barrios proletarios donde trabajó como decorador de porcelanas y pintor de abanicos.

Con 17 años copiaba pinturas sobre abanicos, pantallas de lámparas y persianas. Fue admitido en la Academia de Bellas Artes y en 1862 se matriculó en la academia del pintor suizo Charles Gabriel Gleyre, donde se encontraría con Fridéric Bazille, Claude Monet y Alfred Sisley, con quien más tarde compartió su casa en París.

En 1864 se expuso por primera vez en el Salón una obra de Renoir: La esmeralda, que él mismo destruiría posteriormente. Sin embargo, en los años anteriores el Salón había rechazado diferentes obras suyas, algo que le haría participar en el Salón des Refusés de 1863. Tras una pausa por la guerra franco-prusiana, en la que fue llamado a filas, Renoir expuso en la Primera Exposición Impresionista de 1874. Durante estos años inmediatos al fin de la guerra, pasó temporadas junto a Monet en Argenteuil, donde ambos realizaron paisajes que se convertirían en ejemplos paradigmáticos del estilo impresionista. La vida en París no era fácil para el joven artista. A falta de dinero, la ayuda de sus amigos fue de gran importancia para Renoir, quien, sin vivienda estable, en ocasiones residía en la casa   de Monet, en otras con Sisley.  Bazille, de mejor posición económica que sus camaradas, arrendó un taller en el que pudieran trabajar todos juntos.

Su participación en las exposiciones impresionistas finalizó tras la tercera, celebrada en 1877, y a partir de 1878 sus obras fueron admitidas en el Salón oficial. Este cambio de actitud coincidió con una crisis creativa en la que Renoir se desvinculó del impresionismo. Sus composiciones se volvieron más equilibradas y aumentó en ellas la importancia del dibujo. La influencia de Jean- Auguste-Dominique Ingres y de su viaje a Italia, en el que se sintió especialmente atraído por Rafael, se hizo patente en sus nuevas obras, que tuvieron en las bañistas uno de sus temas más recurrentes.

VIAJES Y RECONOCIMIENTO

En busca de nuevos campos de inspiración, Renoir viajó mucho dentro y fuera de Francia, visitando los museos de muchas ciudades europeas, como Dresde, Londres y Madrid. En 1881 y 1882, Renoir cambió muchas veces de lugar de trabajo,   quedarían plasmados en sus pinturas como los  paisajes. Continuaría pintando sobre las márgenes de Sena, en Chatou y en Bougival, sitios tan apreciados por él que lo llevaron a rechazar la invitación del crítico Thédore Duret para viajar a Inglaterra.  En 1881 visitó Argelia por primera vez acompañado por Frédéric Samuel Cordey. De allí trae El campo de plátanos y La fiesta árabe.  Viajó    por primera vez  Milán, Venecia y Florencia. De regreso en el sur de Francia, Renoir trabajó con Cézanne, pero contrajo gripe y neumonía en L’Estaque. Una vez curado, regresó a Argelia en marzo de 1882. En mayo de ese año, volvió a París. Fue el comienzo de una nueva etapa en su vida.

El 14 de abril de 1890, el artista contrajo matrimonio con Aline en el ayuntamiento del IX Distrito de París. Jean, el segundo hijo de la pareja, nació en 1894.   La manutención de una familia exigía medios, pero felizmente su trabajo rendía frutos: recibía muchos encargos de retratos.

ÚLTIMOS AÑOS

Sin embargo el pintor nunca disfrutó de muy buena salud. En sus cartas se encuentran frecuentes menciones a enfermedades respiratorias, que lo mantuvieron largo tiempo postrado en la cama. Pero también vivió  algunas grandes alegrías. En torno a 1900 la fama de Renoir se había extendido y estaba considerado como un gran artista.  En 1901, nació Claude, su tercer hijo, que tomaría el lugar de Jean, ya crecido, como modelo. En 1900, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor y más tarde, en 1911, Oficial. París, Londres y Nueva York fueron escenarios de exposiciones que coronaron el triunfo de su pintura. En 1904, en la Segunda Exposición del Salón de Otoño le fue dedicada una sala completa.

Pero  su salud siguió empeorando y sus problemas reumáticos hicieron que se trasladase a una pequeña localidad del sur de Francia, Cagnes-sur-Mer, donde compró una casa, hoy museo. Finalmente tuvo que dejar de pintar y comenzó a dedicarse a la escultura, tarea que realizaba gracias a la ayuda de un joven escultor que llevaba a cabo las indicaciones del maestro.

Una de sus últimas modelos sería una joven pelirroja llamada Andrée, con quien Jean se casaría más tarde, tras la muerte de su padre. En los últimos años de su vida, Renoir abrazó la idea de una gran composición hecha de desnudos. En 1887, habían terminado su cuadro  Moulin de la Galette, cuyo estilo, uno poco duro a la manera de Ingres, es característico de su trabajo en aquel momento. Aparecen desnudos femeninos en Gran desnudo (Desnudo sobre los almohadones) (1907), Bañista secándose la pierna (hacia 1910), Después del baño (1912),27​ El juicio de Paris (1913-1914),Las bañistas (1918-1919),etc. Con los años, se arraigó en él el gusto por una pintura decorativa, inspirada en los grandes italianos.

En 1915, la muerte de Aline sumió a Renoir en la soledad, falleció víctima de una neumonía en el Domaine des Collettes el 2 de diciembre de 1919, cuando acababa de finalizar su última naturaleza muerta.

LAS MUJERES DE RENOIR

Existen muchas  formas de acercarse a Renoir. Una es a partir de las obras en que pintó a la mujer en sus múltiples facetas, de las parisinas modernas que se vestían a la última y frecuentaban los lugares de moda, como el Moulin de la Galette, a aquellas a las que, sobre todo en su última etapa, representaba desnudas en bucólicos paisajes en los que de forma sensual parecen disfrutar plenamente de la vida. También son mujeres las que aparecen en escenas íntimas y cotidianas, donde una madre, normalmente, su mujer Aline, amamanta a un niño, su hijo Pierre y en múltiples escenas de aseo en las que el ritual de la limpieza se reviste de seducción. Quizá por ello Renoir está considerado el pintor de la mujer (y de la carne), tras crear modelos completamente atribuibles a su pincel y reconocibles.

Amigas, amantes, esposa, modelos profesionales, muchachas de la calle, actrices, grandes burguesas… Las mujeres inspiraron siempre a Renoir como objeto de seducción y viva encarnación del arte.

Las mujeres de Renoir son, de todas formas, castas e inocentes, algo que ha llevado a muchos a criticarlo por misógino. Su obra parece que encarne una visión muy conservadora, incluso reaccionaria de las mujeres. En el siglo XIX la obra de Renoir era considerada la de un feminista porque reflejaba a mujeres modernas, que leen, que bailan, que disfrutan de la vida,  Los críticos están de acuerdo al respecto, y consideran que Renoir es el gran pintor de la mujer entre sus contemporáneos. «Es el verdadero pintor de las jóvenes, y transmite fielmente su luz, la flor de la piel, la textura del cuerpo, el nácar de los ojos, la elegancia de su vestir», escribe Huysmans luego de visitar la exposición impresionista de 1882.

Pintó un tipo de mujer. Más aún, gustaba de pintarlas con ojos azules, separados, cara ensanchada en los pómulos y nariz ligeramente respingona. Se diría que retrataba a su futura mujer, a quien aún no conocía. Pero no inventaba: la mayoría de las modelos de Renoir salieron de su entorno, su esposa, familiares, amigas, amantes. Asocia deliberadamente flores y mujeres, mujeres y flores. Decía que procuraba reflejar la delicadeza de las mejillas y de los pétalos de forma similar. Mujeres dotadas de potente sensualidad; una visión que ya no abandonó y potenció en los últimos años de su vida, cuando se instaló en la Costa Azul para que el clima le ayudara a mitigar la artrosis que padecía.

Se entusiasmó pintando bañistas desnudas. En medio, una época familiar con un par de cuadros que destacan: Maternidad, donde aparece Aline, su esposa, amamantando a su primer hijo, Pierre; y Gabrielle et Jean.  Gabrielle, una prima de Aline, pronto se convertiría en una de las modelos preferidas de Renoir. Los dos cuadros evocan las antiguas vírgenes con niño. En este periodo, Renoir pintó muchos retratos infantiles, a veces por encargo y otras por propia iniciativa.

Jean comentó: “Los niños viven de asombros renovados y mi padre compartía con ellos esa curiosidad apasionada”.

El idealismo de Renoir lo lleva a crear un modelo femenino original, síntesis entre la joven de mirada alegre de Montmartre, la robusta campesina de Champagne y los modelos de Ingres, Fragonard y Tiziano.  Pintó a la mujer con pasión, y en el futuro se lo verá como el verdadero intérprete del ideal femenino moderno:

“Miro un desnudo; hay miradas de pequeñas motas de color. Tengo que buscar aquéllas que hagan de esa carne, sobre mi tela, algo que viva, algo que se mueva. “

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site is protected by wp-copyrightpro.com

error: Content is protected !!