RUMBO AL HORIZONTE

Por: Mohamed El Morabet


Una noche soñé que navegaba en una canoa rumbo al horizonte. «Quiero morder el horizonte. Clavar mi figura en su línea. Atravesar su capacidad metafórica con mi sed de venganza. Quiero dominar el horizonte», me dije. Luego, me detuve en una isla para descansar. Una vendetta digna de ser llevada a cabo requería mucha energía. Me encontré con una persona muy parecida a mí. Sí, idéntica. Llevaba gafas de pasta, ojos cansados, jersey color crema y un pantalón vaquero. Ah, su lunar en el borde de la mejilla izquierda me saludó como si me reconociera. Nos miramos sorprendidos, aunque, rápidamente, nos sonreímos como si fuese una íntima confesión. Le hablé y le hablé. Le conté mi viaje, mi obsesión por el horizonte, el mar, el sueño, pero en ningún momento me contestó. Eso sí, me escuchaba, atento, como si me observara por la mirilla de un microscopio delicado. Al cabo de nada, me di cuenta de que no me entendía. Hablábamos lenguas diferentes. Sonidos dispares unían nuestra igualdad. Entonces le imaginé navegando en una canoa rumbo al horizonte. «Quiero que el horizonte me saboree. Que su horizontalidad me devore. Que me permita derretirme en su infinitud. Deseo que el horizonte me subyugue», se dijo. Luego, se detuvo en una isla para descansar. Los deseos a menudo consumen más de la cuenta. Se encontró conmigo. Sí, él y yo. Llevaba gafas de pasta, ojos rebeldes, jersey beige y un pantalón jeans. Ah, su lunar en el borde de la mejilla derecha me ignoró como si estuviera harto de mi compañía. Nos miramos sorprendidos, aunque, rápidamente, nos sonreímos como si fuese una íntima repetición. Me habló y me habló. Me contó su cotidianidad, su reflejo en la lectura, su deseo de morir despierto, pero en ningún momento le contesté. Eso sí, le escuchaba, atento, como si le observara por la mirilla de un texto ya escrito. Al cabo de nada, se dio cuenta de que no le entendía. Hablábamos la misma lengua. «Sólo hay mundo donde hay lenguaje», dijimos con la misma voz ahogada la mañana siguiente recordando a un tal Heidegger y después desayunamos con la seguridad de que la isla ya era plenamente nuestra.

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