PLANTO DEL POETA QUE NO ACERTÓ A NACER CUANDO LE TOCABA | (ENSAYO DE POÉTICA INVERTIDA)

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


Yo empecé a publicar cuando la luna
colgaba del tablero de un andamio
su luz entreverada
– Eladio Cabañero, Felix Grande…-
¡Y yo escribía Anhelos!
un libro sólo estambres,
tan lejos de la rosa y de la fuente
como de la jauría
de tornos y rotores
que suben la argamasa a lo más alto
del andamio, entre gritos de gorriones.

Sentí un desasosiego de doncella
cuando me vi desnudo, ante las gafas
del mercader de sueños
que vende al por mayor, según convenga,
ora besos de alondra, ora besos
de alacranes sonámbulos que anidan
debajo del andén
de la estación del metro de tu tedio.

Yo, que había aprendido
el arte de hacer versos,
colgado de un sorbero de los Alpes,
al borde de ese lago
de azules minimales
que corre por los libros
de Juan Ramón Jiménez,
cuando nace el caudal decantado de Estío.

Ángel, antes que dios, de mis metáforas,
que lleva bajo el brazo el libro abierto
de un cosmos, casi oasis,
de palmeras redondas y de brazos.

* * * *

¡No lloréis sobre mí,
vosotros que creéis
que soy un gran poeta deshauciado,
de “amor y poesía cada día”!
Llorad por el temblor de las acacias
que cantan sin que nadie
repita el lacerante
treno de sus espinas,
cuando el viento desgarra sus jirones,
en la noche que ignora los alisios;
llorad por las aceras
que arrastran sus faldones de miseria
a la puerta trasera
de los grandes hoteles,
– y rebosan los cubos de basura
llenos con las carcasas
de las grandes fragatas submarinas;
llorad por el gran arco
de los puentes vacíos,
cuando a orillas de un tráfico irascible,
Edipo se descalza su alpargata,
para arrimar a un fuego
de cajas de pescado y detergente
unos pies socavados por la sarna;
llorad por el arroyo, ahora reguero,
en medio de la cloaca que abastece
ríos de espuma y mierda,
cuando la tarde atiza
el arco iris tenaz de sus olores;
llorad por tantas cosas
que han perdido a quien cante
su miseria y sus gozos,
su gloria y sus tormentos
de ser sólo materia efervescente.

* * * *

La voz de los poetas se ha sumido
en arcanos sin oros – sólo velos
de neblinas profundas, sólo argucias
de gramáticas sordas,
burbujas de la ciénaga
de un verbo que susurra por los bajos
fondos de unas angustias insulares.

Cada voz en su islote vagabundo:
y su son, absorbido
por el lecho de limo que han dejado,
al morir, los moluscos,
y su ritmo apagado por la liana
del alga enraizada en los cantiles;
una voz que no llega a otras orillas,
con su trama de dulces silogismos
para coger el brazo
que le tiende su hermano,
derrumbado en la arena.

* * * *

El sentimiento es turbio,
como un agua que baja en torrentera
desde la cima pura de la dicha,
pues no sabe filtrarse por la hierba,
como, al pasar las altas praderías,
el arroyo que amansa su palabra,
construyendo en lazadas
su frase de trenzado silabeo.

El sentimiento es turbio;
arrastra el desencanto
del yo que sólo sabe
decir cómo ha llorado,
cuando al volver los ojos a la infancia,
del ángel sólo ha visto, tras la bruma,
la pluma que, girando, como la hoja
arrancada del árbol,
cae por un otoño indefinido
en el que el chopo alcanza la amargura
de una alambrera parda, sin follaje,
sin susurro que tiemble, por los aires,
pasando de uno a otro,
como un mirlo infeliz de agudo trino.

* * * *

¡No lloréis sobre mí,
vosotros que creéis
que soy un gran poeta deshauciado,
extraviado por redes
de razón – unas redes
que me impiden bajar a los abismos
de finísimo lodo, como escualo
devorador de la palabra!

Asumo mi fracaso:
he nacido en las huertas del espíritu,
los surcos feracísimos
donde crecen azules verdolagas,
igual que un pentagrama
del que rompo a diario el horizonte,
han sido los renglones que sirvieron
de pauta musical a mis palabras;
el canto del reguero que salía
de la mina profunda
– y entrábamos en ella, temblorosos,
como bajando al centro de la tierra,
con agua hasta las ingles –
ha marcado mis ritmos,
ritmos lentos, ritmos entrecortados,
ritmos, que a borbotones, llegan siempre
a fingir el deseo que se explaya,
como, al llegar sus rizos
al cuadrado de alfalfa,
feliz de haber nacido,
feliz de haber crecido,
feliz de haber regado
con su esperma el ardor de la pradera.

A cada tronco que he lamido,
a cada hoja que he anegado,
a cada piedra que he arrancado.
a cada viento que he sorbido,
le he pedido prestada su metáfora,
su adjetivo velado y doloroso.
No soy hijo del ruido
de la ciudad; soy hijo
de las voces del campo,
consteladas de armónicos primarios,
siempre alertas,
y no me vanaglorio de mi dicha,
como otros sí se vanaglorian de su tedio
de opacos zapadores del deseo,
con un vaso de güisqui en cada mano.

* * * *

Llorad por el poeta, que se ha muerto:
el poeta que ungía su palabra
con la sangre dorada de los mártires
de su pueblo,
su sangre,
que ungía su palabra con la leche
pulcra como los nimbos de las madres
de su pueblo,
su leche,
su palabra, con semen,
denso como la freza que rezuman
las rocas del torrente de los machos
de su pueblo,
su semen,
con risa de muchachas y muchachos
a los que dios les daba
la gracia de los duendes,
aunque su sangre fuera,
y su leche y su semen,
leve como el temblor de un limonero.

Yo esperaré mi turno,
sin dejar de cantar, porque he nacido
primogénito audaz de la ilusión,
en amor y en palabra.

(Primer poema del Epílogo del libro La Palabra y su habitante, Ediciones La Discreta, Madrid, 2000)

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