UNA SEGUNDA MANO DE PINTURA

Por: Mohamed El Morabet


«Creo que es como una pared que exige a gritos una segunda mano de pintura. ¿Y qué pared no la merece? El blanco a menudo deja estragos que no se reconstruyen hasta que quedan escondidos bajo varias capas de pintura, y si la pintura es de un color diferente, mejor. A veces a la pared menos sospechosa e inútil de la casa no le queda otra salvación que el que aparezca alguien para taponar todos sus agujeros, lijándola por completo. Aunque existen serias discrepancias entre pintores en este asunto. Cuando era joven, mi novia de aquel entonces y yo alquilamos un pequeño apartamento y la casera, una señora mayor que aparentaba ser muy maja, nos lo pintó todo de blanco. El gesto nos gustó mucho y cuando nos entregó las llaves dijo que prefería que no colgáramos ningún cuadro porque le disgustaban los agujeros que dejaban los clavos en las paredes. Su sugerencia nos pilló desprevenidos, además se acercaba bastante a lo que podíamos considerar una orden tajante más que una simple sugerencia. Creo que, tanto mi novia de aquel entonces como yo, aceptamos las llaves asegurándole a la casera que no teníamos cuadros que colgar y que siempre habíamos soñado con estar rodeados de unas paredes limpias y blanquísimas. Cuando nos mudamos a ese apartamento teníamos unos veintitrés cuadros y, como era de esperar, los colgamos todos. Tuvimos la suerte de que la casera muriese antes de que abandonáramos el apartamento y también gozamos de la inmensa suerte de que su hija, que también aparentaba ser muy maja, no heredara la manía de su madre, además del apartamento. El pintor que viene ahora a casa a hacernos chapuzas desde hace diez años siempre tiene ganas de tirar abajo las paredes. “Nada sienta mejor que levantar una pared nueva”, dice. Siempre he especulado con que su verdadera pasión es contemplar cómo destruye todo para después construirlo nuevamente y pintarlo. Es como si la idea de pintar algo que él no hubiese estropeado previamente le causara una infelicidad absoluta. Visto con detenimiento, y mira si he reflexionado sobre esto, es la manifestación perversa de una perfección casi diabólica. Su lógica es intachable: destruir, luego construir. El pintor lleva dedicando casi toda su vida adulta a hacer chapuzas, sin embargo, a lo que siempre ha aspirado es a formar parte de todas las etapas del proceso de creación de una pared. Si dependiera de él, nuestra casa habría sufrido varias reformas drásticas a lo largo de estos diez años. Y no solo unas paredes, sino la casa entera. La habría echado abajo a golpe de martillazo, para levantarla ladrillo a ladrillo y quedarse luego satisfecho. Como él dice: “una nueva capa de pintura ayuda mucho, da frescura a la casa y te hace sentir útil por momentos, pero una pared nueva, eso es pura felicidad”. Sinceramente, a veces quisiera darle la razón y rendirme a sus deseos pero mi pereza es poderosa y siempre acaba marginando a los deseos ajenos. Yo soy de la idea de que la pereza tiene la virtud de camuflarse en los pequeños detalles, en los agujeros que dejan los clavos de los cuadros descolgados. Desde luego, habita cómodamente nuestra rutina como un ácaro y succiona nuestra sangre con la misma fuerza que un niño hambriento amamanta la leche de su madre. Y eso que nadie prefiere ser un niño eternamente, ¿verdad?», dijo mi amigo tras echarle una primera lectura a mi cuento. «Pero, ahora en serio, ¿qué te parece?», volví a preguntar. «Pues eso», añadió.

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