ANN RADCLIFFE | TERROR GÓTICO EN ESTADO PURO

Por: Tomás Sánchez Rubio


Horace Walpole (1717–1797), IV conde de Oxford, además de político, escritor y arquitecto británico, publicó en 1764 la célebre novela gótica, y considerada precursora de dicho género, El castillo de Otranto, inaugurando así una tendencia literaria acorde con la fascinación romántica por las ruinas medievales, los paisajes solitarios y lo sobrenatural. Inicia, de este modo, un género literario que llegó a ser extremadamente popular a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Autor alabado por Sir Walter Scott, cuenta Walpole entre sus obras con La madre misteriosa (1768), tragedia en que se trata el tema del incesto.

Otras obras clave de esta corriente gótica son: Vathek (1786), de William Beckford; Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe; Las aventuras de Caleb Williams (1794), de William Godwin; El Monje (1796), de Matthew Lewis; Manuscrito encontrado en Zaragoza (1804), de Jan Potocki, o bien Melmoth el errabundo (1820), de Charles Robert Maturin. Menospreciada con frecuencia por los críticos y devorada por los lectores, la narrativa gótica emergió como una fuerza dominante desde su inicio, con Walpole, hasta su cénit en 1820, con el Melmoth de Maturin. Melodramática, exagera los personajes y las situaciones, se mueve en un marco tenebroso -mágico a veces- que facilita el terror y el misterio. Abundan los vastos bosques oscuros de vegetación excesiva, lo decadente, los ambientes considerados exóticos para el inglés -como los de España o Italia-, los monasterios, los personajes y espacios melancólicos y espantosos que subrayan los aspectos más grotescos y macabros de la vida, reflejo de un subconsciente convulso y desasosegado. Encontramos a los precursores del espíritu gótico en los miembros del grupo conocido como “Poetas de Cementerio” (“Graveyard Poets”), creadores prerrománticos de la Inglaterra del XVII, entre quienes destacan Thomas Warton o Thomas Parnell. En reacción contra el racionalismo neoclásico, expresaron su desagrado hacia la razón y el orden moral establecido en una mórbida efusión de oscuros versos.

El mismo año que publica Walpole El castillo de Otranto, viene al mundo Ann Radcliff, mencionada anteriormente; una de las representantes más ilustres del género, famosa y apreciada entre las posteriores generaciones de escritores ingleses, así como entre una legión de incondicionales lectores.

Nacida en Londres, pues, el 9 de julio 1764, fue la de miss Oates -ya que Radcliffe era el apellido de su marido- una familia acomodada. Prósperos comerciantes, no faltaban entre ellos amantes de la cultura. Si bien la educación que procuraron a la joven quedó reducida a algunas nociones de arte y de música, las aficiones de la muchacha a la lectura alimentaron su espíritu creador. Se sabe que, entre las obras favoritas de la joven Ann, siempre destacó Shakespeare, especialmente su tragedia Macbeth. Su esposo, desde 1787, William Radcliffe, un estudiante de Derecho que acabará por dedicarse al periodismo, será propietario del semanario English Chronicle, alentando en todo momento la actividad literaria de su esposa. Ya en su primera novela, “The Castles of Athlin and Dunbayne” (1789), deja constancia de que sus presupuestos estéticos están basados en los principios expuestos por Edmund Burke en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1756). Según estos, “cuanto puede excitar la idea del dolor o del peligro es fuente de algo sublime”.

Enmarcada de lleno en el género que causa furor entre los lectores de la segunda mitad del siglo XVIII, Ann Radcliffe conoce el éxito desde sus primeras publicaciones. Justo es señalar que, en la opinión general de la crítica literaria, su obra es muy superior a la Horace Walpole y que con ella la novela gótica alcanzará su máximo esplendor. Casi siempre enmarcadas en Italia -más por el consabido prejuicio anglosajón ante el mundo latino, que por un verdadero conocimiento de la escritora de aquella península, habida cuenta de que la única vez que salió de Inglaterra fue para viajar por Francia y Alemania-, publica A Sicilian Romance (1790) y The Romance Forest (1791). Los castillos en ruinas, las puertas misteriosas, las músicas embriagadoras y los espectros que pueblan sus páginas, en las que bellas doncellas son objeto de una despiadada violencia, son capaces de suscitar un temor inusitado en el lector.

Sin embargo, será en 1794, el mismo año en que ve la luz Las aventuras de Caleb Williams, de William Godwin, también en Londres, cuando se edita su “obra maestra”, Los misterios de Udolfo, extensa novela en cuatro volúmenes, publicada por G. G. y J. Robinson, y por la que la autora cobró la nada desdeñable suma por aquel entonces de quinientas libras.

Los misterios de Udolfo cuenta la historia de Emily St. Aubert, la única hija de una familia venida a menos. Emily y su padre mantienen una buena relación en la que comparten un dulce amor por la naturaleza. Pero en secreto, Emily posee cierta pasión por Valancourt, un amor inconfesable que la vuelve loca con sólo el recuerdo. Por eso, todo se torna en desgracia cuando Emily queda huérfana y ella y su amante son separados.

Madame Cheron, su tía, se encarga de todo y la lleva a residir al célebre castillo de Udolfo, un lugar repleto de incidentes de terror entre rincones oscuros, montañosos, entre los Apeninos y los Pirineos. Emily es encerrada así en el castillo, a merced del Signor Montoni, un bandolero italiano que se ha casado con Madame Cheron, su tía. Lo peor de todo es que el romance de Emily con Valancourt, cuando apenas empezaba a florecer, queda frustrado. Y para colmo, hay un misterio por resolver en tan emocionante trama: Emily quiere saber qué misteriosa relación había entre su padre y la Marquesa de Villeroi, pues algo inexplicable parece tener relación con las sombras que pululan por el castillo de Udolfo…

La época de Anne Radcliffe es un momento histórico peculiar. Mientras Napoleón Bonaparte se dedicaba a hacer la guerra por toda Europa, en Gran Bretaña e Irlanda reinaba Jorge III, de 1760 a 1820, primer monarca que nació en la Isla (1738), y primero también que habló inglés como lengua materna. Se encargó de convertir a Gran Bretaña en una de las primeras potencias mundiales, extendiendo sus dominios por Norteamérica, y conquistando Canadá tras la denominada “Guerra de los Siete Años”. No obstante, el 4 de julio de 1776 el congreso continental de las colonias americanas firmaría su independencia, no reconocida por Gran Bretaña hasta 1783. El rey Jorge, aquejado muy posiblemente de la enfermedad sanguínea llamada porfiria, que padecieron curiosamente varios reyes ingleses, perdió totalmente la cordura cuando contaba setenta y tres años. Acabó recluido por su familia en el Castillo de Windsor, donde permanecería hasta su muerte, ocho años después. Durante este encierro pasaba el día desnudo, intentando cazar mariposas con loco frenesí por los jardines de Palacio y charlando amistosamente con patos y ocas…

Respecto a la notable influencia que Ann Radcliffe -y concretamente su novela Los misterios de Udolfo- ejerce sobre la literatura posterior, cabe señalar La abadía de Northanger (1803), obra de tintes paródicos de Jane Austen, en la que una impresionable joven, después de leer la novela de Radcliffe, empieza a ver a sus amigos y conocidos como víctimas y villanos góticos, con divertidos resultados. Del mismo modo, vemos su huella en: La pequeña Dorrit (1855-7), de Charles Dickens; La mujer de blanco (1860), de Wilkie Collins; Jane Eyre (1847), de Charlotte Brontë; Rebecca (1938), de Daphne du Maurier; o bien, Possessed, or The Secret of Myslotch: A Gothic Novel (1939), de Witold Gomrowicz. Edgar Allan Poe, por su parte, en su relato El retrato oval (1842), menciona la novela Los misterios de Udolfo. Paul Féval hace a la autora protagonista de su obra La Ville Vampire (1867).

La última edición de Los misterios de Udolfo en español fue la de Editorial Valdemar, en 2012. La traducción en nuestra lengua se debe al magistral Carlos José Costas Solano (1927-2011), colaborador durante muchos años de Radio Clásica.

Fundada en 1989 por Rafael Díaz Santander y Juan Luis González, Valdemar es una editorial independiente, con sede en Madrid, especializada en publicar obras clásicas de narrativa gótica, literatura fantástica y de terror, así como ciencia ficción. Con traductores de la talla de Juan Antonio Molina-Foix o Marta Lila Murillo, en su catálogo destacan especialmente las obras de H. P. Lovecraft, Sherlock Holmes y Bram Stocker, o los cuentos completos de Robert Louis Stevenson.

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