DE LA CREACIÓN, LA CORRECCIÓN Y LA PUESTA EN ORDEN DE LA OBRA

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


Del SEGUNDO CUADERNO DE LA ENSENADA,
Sabado, de julio de 2018
Javier del Prado Biezma

1.No puedes hacer proyectos de un día para otro. Te acuestas con un cielo espléndido de estrellas y de luna llena (caía al sureste de los tejados del barrio pesquero y su luz convertía en brumas desiguales los distintos follajes de los árboles que se alternan en el corredor que recorre la rega de Brea) y, hoy, tendremos que quedarnos en casa.

No me apetece leer (cada día me apetece menos leer – si no es poesía o ensayo; la ficción me aburre – si no pienso acerca de ella y de sus trampas; y, entonces, me divierte.

Prefiero mirar el mar, el monte.

Y, si después de mirar un buen rato, tengo algún cuaderno delante, prefiero escribir; a mano. He recuperado el placer de escribir a mano en libretas pequeñas que lo mismo me puedo meter en el bolsillo que tener abiertas, reventadas, encima de la mesa. Debe ser la influencia de los cuadernos de viaje: escribes en ellos, cuando caes derrumbado en las camas de hotel (cuatro impresiones, dos descripciones, un desencanto) pero no te ‘sitúas’ en acto serio de escritura.

¡Horroroso, ese acto de escritura! ¿Cómo se puede ser escritor profesional? Se escribe porque sí; como se mea, como se come, como se sueña, como se tienen pesadillas, como meditas sobre el día pasado después de un día que no te ha dejado un minuto libre, como se reflexiona sobre su propio cuerpo después de un fracaso sexual, como se piensa en Dios o en la no existencia de dios; así… como una necesidad fisiológica o una necesidad metafísica. Pero ser escritor profesional… ¡qué aberración! Pretender ganarse la vida escribiendo ficciones o metáforas ¡que absurdo! Vivir de la escritura (o vivir del arte), creo que es el peor paso que ha dado el hombre moderno de cara a su relación con la estética, como modo de aprehender, en sus redes de belleza o de horror, las volátiles y cantarinas moléculas del ser. Te conviertes en artesano, en obrero; muy útil – para la sociedad: haces preciosos botijos, preciosos saleros, centros de mesa deslumbrantes como el de Cellini para Francisco I, magníficas estatuas para adornar los palacios de los papas, escribes cuentos que entretienen a los niños, novelas de amor que hacen soñar a las mujeres y hombres vacantes, libros didácticos que enseñan el arte de resistir las tentaciones (incluso la del suicidio), etc., etc.; todo muy útil y, según las circunstancias, muy bien pagado.

Pero. ¿Es esa la función del arte tal como la había ido construyendo la (Renacimiento, Romanticismo, Simbolismo, Surrealismo…) el devenir de la estética? El artista había ido abandonando su condición de artesano para instalarse, peligrosamente, en su condición de artista. (¡Vale, vale! Pido perdón a todas vuestras protestas democráticas bien pensantes. Cuidado, que yo a veces también pienso así: ¿de qué sirve un arte que no redunde en gesto positivo sobre la colectividad? Si, pero a posteriori; sin intencionalidad previa; sin voluntad profesional y/o crematística que lo determine o condicione.

Hay mártires; evidentemente: quisieron vivir únicamente de su y para su arte, pero no quisieron instalarse en una actividad profesional. Viviendo el arte sólo y de manera exclusiva en vocación, se murieron de hambre. Son los menos. No siempre los más geniales. Per, en el imaginario colectivo, swon los modelos.

Seducen y asustan.

2.Pero, ¿donde he ido a parar? He vuelto a mi tema obsesivo de siempre. Si yo lo que quería era llenar esta mañana de sábado sin grandes esfuerzos.

Pero, ¿donde he ido a parar? He vuelto a mi tema obsesivo de siempre. Si yo lo que No pudo contemplar el mar: no existe; la bruma me lo ha borrado a chafarrinones como un mal dibujante que no maneja como es debido los perfiles limpios de la goma. No quiero ponerme música que me absorba: me hace sufrir, si es demasiado buena, cuando tengo el alma sensibilizada por cuestiones artística: nunca, en ningún espacio, como en el de la música tomo conciencia de las insuficiencias de mi ser: oigo un cuarteto de Beethoven, y me pongo a llorar: ¡como se puede escribir eso! ¿cuánto le pagaron por escribir eso? Siento que vuelvo a las andadas.

Para hacer algo me pongo a ordenar las carpetas antiguas que me he traído de Madrid.

Lo del orden debe de ser un problema de vejez. Siempre he tenido fama de desordenado, aunque creo que lo era menos de lo que se me ha dicho. Estaba el desorden de las cosas de la casa: camisas, trajes, pasta de dientes, peines… Pero mis fichas, mis archivos, mis apuntes, mis carpetas con escritos más o menos seguidos, todo eso lo tengo puesto siempre a buen recaudo; lo que no he podido hacer es organizar todo ese material en libros o cosas similares más o menos coherentes. Escribía cuatro o veinte páginas, las metía en una funda o un sobre y le ponía un título al conjunto; de este modo he ido generando decenas y decenas de títulos que no me llevan a ningún sitio y que ahora tengo (quiero) ponerme a ordenar: es un poco como si ordenara mi vida, como si estructurara los momentos más incontrolados y perdidos de mi vida.

Es evidente, el orden es un problema de vejez. El joven crea y procrea. El viejo pone en orden su vida y ordena. Ahora no aguanto una camisa fuera de su sitio, un traje que no esté colgado en su barra – mirando todos del mismo lado, como en formación militar. No consiento acostarme una sola noche sin poner las cosas de la cocina, después de la cena, en orden; si, cansado, no tengo fuerzas para meterlas en el lavavajillas, las ordeno en los pocillos y sus entornos por categoría: los vasos con los vasos, los cubiertos con los cubiertos, los platos, en el fondo, respetando escrupulosamente sus tamaños, como construyendo un soneto, en vertical invertida.

No sé si esta necesidad de orden es reflejo de la impotencia creadora. Es posible (aunque sigo escribiendo cosas nuevas, y los proyectos me brotan en las noches de insomnio como cuando tenía treinta años); pero, algo tendrá que ver con el hecho de que la vida se acaba y con que no quieres irte de este mundo sin haber organizado todo lo que has hecho o soñado; pensando que así dejas una Obra perfecta – una Vita Nuova.

3. Es posible; pero, no puedo negarlo: el orden me obsesiona. Y ¡menudo problema para una persona que no ha parado de escribir, publicando casi exclusivamente aquello que se refería a los temas teóricos y críticos de su profesión!

Pero no es este problema el que me asusta. Sí me asusta, sin embargo, la repercusión que esta obsesión por el orden pueda tener en mi pensamiento estético – en mi quehacer estético, (si quehacer me queda).

Desde jovencito, mi obsesión (tras la carta que me escribió Gerardo Diego cuando le envié mis primeros poemas) ha sido la conquista de la forma – no de las formas regulares, de la forma: dar al ritmo, al fuego que siempre me ha devorado, su marco adecuado – la palabra exacta, sus ecos necesarios, musicales y semánticos; no dejarme llevar por la torrentera que me devora las orillas del ser, hasta dejarme con los bordes descarnados, con las rocas y raíces a flor de corriente. De ahí mi trabajo con la canción, hasta reducirla a estructuras mínimas, mi trabajo con el soneto que no te permite derivas ni meandros. Ahora, el peligro sería reducir el poema a esa perfección formal, cuando el ritmo y el fuego del cuerpo se me van agotando.

El orden siempre es forma. Germinativa si lo que has ordenado era tan potente y abundante que te han sido necesarios esfuerzos ímprobos de trabajo (jardinería, ebanistería, alfarería, cantería, orfebrería) para darle el número, la forma y la dimensión adecuada al volcán del ser. Castradora o estéril cuando ya hay poco que ordenar, unos cuantos goterones de esperma mental.

Veremos si estos poemas que estoy escribiendo ahora (cuando he dejado de lado mi versículo) no son una trampa. Al final de la vida poética de Gerardo Diego, las formas tradicionales si fueron una trampa.

Sea como sea, lo que si tengo que ordenar son mis cuadernos, mis carpetas y los montones de páginas sueltas (fichas en caja de zapatos – a lo Mallarmé) que voy sacando de los armarios.

Lo que me he traído a Boiro es un caos: hay de todo – de 1960 a 2010: copiado ya en limpio (publicado, incluso, pero olvidado) y nunca vuelto a ver desde el momento de su escritura, poemas y prosas sueltas, textos que he ido incorporando a los títulos que he salvado de esta selva y hojitas para las que no encuentro ningún acomodo. Sin embargo, son un momento, un movimiento, de mi yo. Las debo salvar – al menos para mí.

Ya he dicho en varias ocasiones que no entiendo la escritura poética como una selección (antología) de poemas sublimes (o mejores) dignos de ser ofrecidos al público para que los lea sin su contexto de evolución, vital y poética. Ese principio (antológico) que defendía Luis Antonio de Villena en la prensa, cuando apareció la Obra Poética Completa de Gabriel Celaya (condenada a ser reducida a Antología, decía, dada, sin lugar a dudas su desmesura sin ‘perfección’) no responde a la función existencial y ontológica que yo le pido a la escritura. Responde a un simple principio estético – o, incluso, a un principio cosmético, ligado a la moda.

4. La ‘Obra completa’ debe existir como testimonio o, mejor, como encarnación en Vita nuova de la vida – aunque luego vengan los antólogos convertidos en espigadores de momentos sublimes (en perfección formal o en sintonía con los gustos de la una determinada época). ¿Qué quedará de la (necesaria) obra poética de Luis Antonio de Villena? ¡Ojo, que esto no quiere decir que cualquier textículo (sic) deba pasar a formar parte de esa obra total – si no participa la alquimia o de la encarnación que los ha convertido en Vida!

Recojo aquí algunos de estos textos sacados del olvido.

Primer texto.

«Que he sido un místico perdido, ¡nadie puede dudarlo!a/p>

He vivido siempre gracias a algún absoluto que me ha llevado en mi vida íntima de la exaltación del niño deslumbrado a la precipitada caída, en agua, en nieve, del adolescente cuyo semen de verbo y de mirada no encontraba flor o copla para acallar el grito de su aguacero de voces y de palmas y, luego… el éxtasis de cuerpo y de palabra en el que a diario vivo.a/p>

Vivo en grito.

Viví (y aún vivo) como Cristo, hasta la sangre de Getsemaní; aunque haya perdido la fe, (cierta dimensión, profundidad u horizonte, de la fe): Vía Crucis de llanto y de desgarro, vivido con la humildad (y el silencio) de un anacoreta que se pierde en medio de la muchedumbre (calles, despachos, oficios, reuniones, encuentros) para que su llanto sea confundido con el orín de los perros, y el desgarro de su carne, con las banderolas de hastío que tiende el transeúnte por el silencio luminoso de las aceras,

infinito.

¡Por qué coño me engañaron!

¿Por qué dejé prendido mi cristalino de la espina más alta (hermoso color caoba, acerado, casi negro en su punta) de una corona que sólo coronaba una desesperanza

– ¡y una ilusión! –

tan atroz como la mía.

¿Y qué he venido a hacer aquí si no es a romper la lanza de la nada – como si fuera un soldado que lucha contra muros por los que se perfilan todas las muertes heladas del invierno?

¿Por qué me engañaron?

Pero…”

(Cuartilla del 25 del IX de 1986)a/p>

A decir verdad, este texto, por su tema, podía pasar a engrosar los quince o diez y seis poemas de Barro de Dios; pero no sé si el tono y la semántica se integrarían en su vocabulario, propio de cuando tenía veinte o veintidós años – más floral, más esclavo de los adornos cósmicos que rodeaban las anécdotas que me inspiraban.

Que se quede aquí, de momento; junto a los que estaba, en esta carpeta mugrienta.

Segundo texto

“Fijado por Isabel…

(fijado en sentido psicoanalítico del término, pero fijado, también, en el sentido físico, geográfico, geológico, del mismo modo que un murallón de roca fija y sostiene el derrumbe de un talud o de una colina de tierra y de cascajo o como las raíces del árbol fijan y sostienen el desplazamiento imperceptible de la arena de una duna o de una ladera),

proyecto mi donjuanismo (enorme, desbordante, agresivo, sentimental, carnal, místico, amante de soledades y de exhibicionismos multitudinarios, recoleto y hogareño) sobre mi condición de profesor: seducción y ciencia – la ciencia como seducción, más que la seducción como ciencia La ciencia y el lenguaje como seducción del sentimiento y de la inteligencia del otro: una artesanía y una estrategia de la organización de los conceptos y de las palabras.

Digo y tiemblan.

Digo y lloran.

Digo… y algunas abandonan la clase en llanto.

Y así, hombre de mujer he podido seguir siendo en medio de una floración (o naufragio) de cuerpos y de mentes el hombre de una única mujer.

La Necesaria.

La Posible.

La Insoslayable.

¡El canto!

El canto siempre recae sobre su cuerpo. Ese trayecto infinito que de su mirada, en la noche, me lleva a la mañana candeal de su pubis.

Me queda por escribir el gran poema: Himno a la gloria multiplicada de tu cuerpo”

(Esta cuartilla no tiene fecha, aunque debe de ser de la misma época que la anterior. Analizándola veo que hay una nota marginal: « Fixé par Marie…), sacada del libro, Stephane Mallarmé, le presque contradictoire , de Simone Verdin, y está escrita en una hoja partida por la mitad de las que dan en los centros de educación para los exámenes – Instituto de Bachillerato Lope de Vega, sin duda de cuando mi hija estudió allí, 1986).

Como tantas veces en mi escritura, observo que se trata, pues, de una nota marginal. No sé leer sin escribir en las márgenes. Leo los textos como si se tratara de paisajes que contemplo, de gestos callejeros que me sorprenden, de edificios que me paro a contemplar. Más que analizarlos, los miro, los admiro y, emocionado, los mimetizo asentándolos en algún rincón de mi yo.

Los textos para mí son también realidad vital. No son documentos distintos de la vida. Eso me diferencia de muchos críticos: Esta es la razón de que no haya tratado nunca ningún texto (novela o poema) que no me haya herido profundamente la sensibilidad, en depresión o en exaltación.

Eso no es ciencia, sin lugar a dudas. No me importa; nunca me ha importado: mi obsesión por el orden, por el análisis y la clasificación que debe preceder al ordenamiento, me ha permitido meter en mis textos una apariencia de ciencia que sólo era reflexión sistemática – método de lector.

Tercer texto

“Mi Felicidad [con F mayúscula]: que he encontrado lo absoluto del amor a mis veintiún años – y Ella continúan inundándome, día a día, en le delirio de sus fuegos y de sus savias.

Mi desgracia: que, habiendo encontrado lo absoluto del amor a mis veintiún años, no he sentido la necesidad de una pluralidad, de una búsqueda. Todo me ha sido dado demasiado pronto y demasiado de golpe. Y en ello hay un peligro. No un peligro social – estructura de la pareja, estructura de la familia… Un peligro espiritual: le éxtasis y le estasis que puede producir le exceso de felicidad.

Por otro lado, me es difícil comprender que el tema del amor (o de la seducción) tenga que surgir en un juego a tres: mediante una comparación: un yo que se enamora, una instancia ideal (un modelo real o artístico) que actúa como motor invisible (añoranza de algo de alguien) y le objeto de amor sobre le que recae la instancia motora. Esta teoría devalúa le objeto de amor. Parece como que nada ni nadie es capaz de imponerse a la mirada del otro en función de sus propias ‘virtudes’ y cualidades y, sin intermediario, seducir (atraer hacia sí) y provocar le amor (la ocupación obsesiva y admirativa) del espacio del otro.

Esta es la razón por la cual, a pesar de su bellaza poética, no puedo estar (de manera general) de acuerdo con la teoría de la cristalización, presentada Stendhal en De l’Amour.

Frente a la teoría de la cristalización que devalúa al ser-objeto en sí, tengo que idearme una teoría de la seducción, que salve la capacidad del ser, suficiente, para enamorar de manera no comparativa e im-prevista”.

(La nota no tiene fecha tampoco, pero debe pertenecer al mismo día y al mismo acto de lectura, pues aparece copiada en la parte inferior le texto siguiente: « Miracle subi, Mallarmé et Méry laurent se sont rencontrés en 1880 », perteneciente al libro citado en la apostilla anterior.

Cuarto texto:

“Hoy en día no se escriben cartas. Y aunque se escribieran, ¿habría gente atenta para leerlas – con los teléfonos, con los ordenadores…

Estas fichas que voy escribiendo día a día (respuestas casi todas a envíos desde la tumba, por los escritores que frecuento) y que luego echo en le fondo de una carpeta, como si fuera en le fondo de un buzón, son mis cartas dirigidas a… nadie. No tienen destinatario vivo y, ¡cómo las van a recibir loa fantasmas de Juan Ramón, Mallarmé, Galdós y tantos otros que a penas tienen fuerzas para sobrevivir en le recuerdo de sus textos! Porque los vivos, los que llamamos vivos…

No puedo decir que sean fragmentos de diarios íntimos imposibles. No tienen le ritmo de los diarios; son respuestas a misivas a las que me veo en la obligación, sentimental, existencial, conceptual, de contestar.

Envidio las grandes correspondencias de la Historia, y las manos alegres y rápidas que las escribían. ¡Esa caricia mental que es una carta – o ese arañazo que en mi caso, recaen en le vacío oscuro y sordo de un fondo de cajón – donde le polvo atesora sensaciones, ideas, gustos, temblores: la esencia de una vida”.

(Texto, también de la misma época: mismo origen de las cuartillas; mismo color amarillento de éstas, mismo tono – y, Mallarmé en el fondo de mi pensamiento)

5. No hay más cuartillas aisladas en esta carpeta verdosa en la que, curiosamente, siendo de 1986, estos fragmentos cerrados sobre sí mismos se mezclan con poemas que pertenecen al Segundo Libro de amor, escritos al principio de los años sesenta.

¡Y antes hablaba de orden! Cómo he descuidado mi producción poética; si lo viera el chico de diez y seis años que escribía, paseándose entre las filas perfectamente alineadas de los campos de lavándula de Saint-Génis Laval, los poemas de Anhelos, no se lo podría creer.

Vistas a cierta distancia, las espigas crecían azules, a oleadas, sobre le verde gris de las hojas; cuando te paseabas a lo largo de los surcos; cada planta era una maravillosa bola de contornos irregulares, verdiazul. De lejos, al atardecer, todo parecía un mar.. Este mar mío cuando una ligera bruma cae sobre las aguas del Barbanza y todo cobra un colorido atenuado, casi malva, como las primeras colinas del Guadarrama, desde la casa de mis padres, cuando estaba aún en medio de las eras.

No puedo engolfarme en añoranzas, ahora que tengo que empezar a mirar, cara a cara, a la muerte: la siento en las palpitaciones de mi sexo, en los dolores de mis músculos cuando quiero, bruto aún o amasijo de orgullo, llevarme una piedra de tamaño respetable de un lugar a otro del jardín, los resuellos de mis pulmones cuando me encaramo al más mínimo cerro. El vigor de mi mente, fresca aún, siempre alerta, a veces provocativa, no me puede ocultar esa decadencia.

Me duelen las rodillas y las corvas de haber estado durante un par de horas limpiando las verbenas de las jardineras: ¡han aguantado todo un invierno frente al mar! Pero los retoños y las flores nuevos se mezclaban a la maleza que se ha ido pudriendo durante le invierno y la primavera.

No puedo engolfarme en añoranzas, pero aún menos engolfarme en complacencias egotistas: el yo (mi yo) existe, está ahí, pero, ¿qué es mi yo comparado con le dolor (o la alegría) de todos los que me rodean aunque, de manera narcisista, los ignore.¡Si me viera el chico de diez y seis años que con cuatro palabras oídas y soñadas lo abandonaba todo para ir al encuentro de todas las miserias de su prójimo.

Tampoco tengo derecho a llorar. ¿No habíamos quedado en que todo fue una mentira?

Sigue lloviendo. Es lo malo de estas tierras: te crecen egos por todas partes. Tendría que aprender a irme a la taberna cada tarde y echar una partida de dominó con algún pescador que se sabe por intuición el lenguaje de los rapantes de la Ría.

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