SOBRE LA CRÍTICA MUSICAL

Por José Marcos Gamarra (Profesor de Piano. Compositor y Pianista)


Elisabeth Leonskaja

Al escuchar el nocturno No 1 Op.9 en si bemol menor de Chopin interpretado por Elisabeth Leonskaja, me encuentro ante una de las más grandes obras del repertorio para piano y me pregunto si es posible calcular el nivel de belleza de una obra musical mediante una herramienta objetiva como una escala o una rúbrica cuantitativa- cualitativa.
Siendo la crítica una opinión a favor o en contra, luego de un análisis detallado de la expresión de arte que se percibe, es clara la necesidad de oírla por parte de un intérprete para ser aprobado o desaprobado dentro de un círculo social musical, concurso, festival o simplemente para alabar nuestro ego. Es vital ante ello, tener la certeza de que una crítica musical represente la percepción de una realidad con la mayor objetividad posible. Durante años, los críticos y entendidos en la música, han elaborado comentarios, consejos y hasta burlas acerca de obras de arte e interpretaciones de las mismas en recitales y conciertos. Es muy clásica la espera de la crítica en el diario New York Times luego de un concierto en el Carnegie Hall por citar un solo un ejemplo.

El principal problema que encontramos dentro de la formulación de una crítica, no va por ser un conocedor de la materia (vida de un compositor, época y contexto en que se sitúa, carácter y estilo de la obra interpretada, capacidad de separar los elementos del todo, conocimiento de la forma de la estructura, las secciones, elaboraciones de frases) sino en detallar de manera objetiva una realidad en un espacio limitado descifrando la forma de pensamiento en que se encuentra contextualizado el momento especial del artista creador o intérprete que ha concebido una obra . Muchas veces, esta realidad no es comprendida, descifrada y por ello, los críticos pueden llegar a elaborar comentarios en contra que no necesariamente son verdades absolutas sino más bien relativas como todo lo que se describe en el mundo.

Rachmaninoff

Para citar algunos ejemplos de esto, cierta vez en el New York World-Telegram se publicó en el año 1936 algo muy fuerte sobre Rapsodia con un tema de Paganini de Rachmaninoff: La inmisericorde crítica decía: “Suena en algunos momentos como una plaga de insectos en el valle del Amazonas”. La elaboración de una crítica musical ha venido también de grandes maestros representativos de la música académica como Tchaikovsky quien cierta vez escribió en su diario algo poco simpático sobre Johannes Brahms: “He tocado la música de ese patán de Brahms ¡No tiene nada de talento, el muy desgraciado!”. Berlioz, alguna vez tuvo comentarios poco agraciados y explícitos en una carta: “Evidentente, Wagner está loco”.

La elaboración de una crítica musical atraviesa por diferentes momentos en donde la percepción subjetiva se ve afectada por dos tipos de factores principalmente según Gustav Fechner: los factores directos que son aquellos que produce una obra de arte sin tener en cuenta el significado ni fin y sin alusión alguna a experiencias previas; y los factores asociativos que son los vinculados al agrado o al desagrado derivado de una serie de asociaciones individuales.

Existen muchos casos donde la crítica nunca se ha puesto de acuerdo acerca de la valoración de una obra o la interpretación de la misma. Durante el prestigioso concurso Chopin realizado en Polonia en 1980, sucedió un escándalo dentro del jurado. En dicho evento, se puso en tela de juicio acuerdo acerca de si la interpretación poco ortodoxa del pianista Yugoslavo Ivo Pogorelich sobre ciertas obras de Chopin, era válida para pasar a la final del concurso. La decisión fue casi unánime excepto por el voto de Martha Argerich quien renunció al jurado por la descalificación del pianista al que consideraba un genio. Este suceso, catapultó a Pogorelich de manera instantánea a pesar de no ganar el concurso. El sello Deutsche Grammophon le contrató de inmediato, fue portada de la revista Vogue y sus recitales fueron considerados de prestigio llegando a costar una fortuna. Por todo esto, Pogorelich ha sido considerado como un caso mediático y producto de un marketing exagerado. Sin embargo, el tiempo ha puesto las cosas en su lugar. Hoy en día, escuchando sus interpretaciones, es imposible no reconocer la belleza heterodoxa de su Scarlatti, Beethoven, Prokofiev y Chopin.

George Li

Otro caso para analizar con detalle es el que le sucedió al pianista George Li. El pianista de origen chino y nacionalidad norteamericana, participó en dos concursos durante el año 2015, el concurso Chopin antes mencionado y el Tchaikowsky de Rusia. Dichos eventos se realizaron en fechas muy cercanas. Menciono esto para situar el momento musical personal de preparación del intérprete. En uno de los concursos, Li obtuvo un digno segundo puesto siendo alabado por la crítica y el jurado. En el otro, no figuró ni siquiera entre los seleccionados para la semifinal. Acaso el conocimiento de un estilo en particular, la performance más solvente sobre una obra en vez de otra es causal para este resultado. El arte en sí no puede ser evaluado matemáticamente púes esta en otra dimensión, la dimensión de la emoción y los sentimientos, una dimensión que es difícil de abordar incluso a través del método científico por las diferentes variables a controlar. Las impresiones de una realidad son subjetivas y obedecen a creencias individuales, unos tipos de pensamiento en particular y experiencias personales imposibles de imitar. Las rúbricas pueden estandarizar el desarrollo de habilidades y conocimientos así como el nivel de creatividad y resultado con puntajes pero aun así, la exactitud queda la controversia. Quizá uno de los mayores secretos se encuentra en la cantidad de información que puede captar el cerebro en una fracción de segundo como lo plantea la teoría de la información del arte. Esta teoría habla de cómo una obra artística causa placer cuando los estímulos que suscitan se ajustan a la forma óptima a los mecanismos de elaboración informativa del cerebro. Por defecto, cuando la información no cumple estos requisitos encontramos una obra no tan agradable. Volviendo al nocturno en si bemol menor de Chopin en versión de la pianista Elisabeth Leonskaja, me pregunto si a Chopin le hubiera gustado graficar su magnífica obra en un cuadro estadístico evaluando los picos de las frases y la sobreabundancia de las notas de su bella melodía. Entonces cierro los ojos y solo me dejo llevar por los bellos sonidos para abstraerme de la realidad y ser infinito como la música, aunque sea por unos minutos.

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