ATASCADO EN UNA LÍNEA

Por: Mohamed El Morabet


Incluso él me lo decía. Me lo repetía siempre que podía. Eres un negado, hijo, me soltaba sin venir a cuento. Yo le miraba con cara de asco y felicidad y luego encendía un cigarro. Ya estás otra vez ignorándome como siempre, replicaba. Mucho tiempo habíamos pasado juntos y se las sabía todas. Encender un cigarro siempre lo interpretaba como mi único refugio y mi forma sutil con que le daba la razón. Pero aunque lo sabía, no se conformaba. Él era así, le encantaba lo evidente. Recalcar lo evidente, usando sus propias palabras. Dímelo, me dijo esa noche, a que lo eres, a que eres un negado. Luego añadió con demasiado sorna u honor, que casi vienen a ser lo mismo, dilo en voz alta, deletreando las letras. De una en una. Sintiendo sus fonéticas. N E G A D O. Las pronunciaba con un ritmo asesino, como si fueran en mayúsculas aquellas seis letras y luego me miraba con una carita de complacencia para que yo me atreviera a repetirlas. Vamos, empieza, decía con una sonrisa oscura. Una de esas que no se ven a menos que enciendas la luz. La luz de la eternidad, imaginaba mientras me resistía a entrar de lleno en su absurdo juego. Después de apagar la colilla pensé en contraatacar, y luego pensé que no me merecía la pena. Y si lo hago sólo para molestarle, sin venir a cuento, como hace él conmigo, sopesé entre los últimos hilillos de humo que dejó el cigarro tras su desvanecimiento. ¡Joder! Al final, entro en su juego, pensé a regañadientes y le miré estudiando su cara para imaginar su reacción hasta que se lo solté. Vomité el regustillo del cigarrillo en forma de frase sentenciadora. Él me miró, me siguió la corriente, a que vas a decir algo ahora, me dijo de repente. Ya lo sabía, su intención era cortarme el rollo. Me reí hacia mis adentros de satisfacción por adelantarme a sus pasos. Siempre me he sentido un gran estratega en solitario. Y le miré con piedad, luego se lo dije con calma, una calma parecida con la que le hablaba Jekyll a Hyde. Déjame leer, le dije con muchas ganas para que no me respondiera. ¿Qué lees?, me preguntó mecánicamente como si fuese mi mente la que formulaba la pregunta. Una palabra tuya, respondí para zanjar el tema. Pero al cabrón se le escapó una carcajada que me desconcertó del todo y me dijo: si ya te lo dije. Una palabra mía, negado, que eres un negado. No, idiota, le respondí perdiendo los nervios. Una palabra tuya, de Elvira Lindo. Pero qué vas a saber tú, admití al final que ya estaba fuera de mí y que él había conseguido su propósito: Perder el hilo de mi lectura. Siempre lo hacía, eran muchos años juntos. Entonces, me di cuenta que no me quedaba otra que deshacerme de él a la vieja usanza. Así que aparté el cenicero, apagué la lámpara y cerré los ojos para dormir. Soñé que los dos éramos la misma palabra. Una palabra nuestra.

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