LA PRESA | KENZABURO OÉ

El Anaquel

Los libros liberan más que nutren y quiero ser testigo de esta liberación.

Por: Matteo Barbato


ISBN 978-84-339-0667-0
EAN 9788433906670
PVP CON IVA 11.5 €
NÚM. DE PÁGINAS 120
COLECCIÓN Panorama de narrativas
CÓDIGO PN 316
TRADUCCIÓN Yoonah Kim
PUBLICACIÓN 18/04/2006

Segunda guerra mundial: en una aldea japonesa, incomunicada por el conflicto, silenciosa y monótona, ocurre un hecho extraordinario. Un avión de guerra americano se estrella en una montaña cercana: los cazadores que quedan en el poblado capturan al soldado estadounidense que sobrevive lanzándose con el paracaídas.

Todo el poblado se queda hipnotizado y sacudido por el acontecimiento, por este hombre de raza negra caído del cielo. Los chiquillos, de corta edad y de enorme inocencia, beben las primicias de este nuevo manantial. Su curiosidad irradia de luz el descubrimiento, adorna el prisionero de cualidades inexistentes, se llena de excitación y de temor por lo desconocido.

Él es un hombre alto y corpulento, de gestos y actos bellos, exóticos y excepcionales: su hedor es erótico, persuade e invade, sus heces y orinas pronto serán tratadas con mimo hasta ser depuestas en el vertedero.

Poco a poco los niños confían en él, pierden el miedo al considerarle como a un animal doméstico (para ellos es una mascota medio humana y medio animal): sus necesidades y características son estudiadas y espiadas al mínimo detalle, hasta que incluso los adultos llegan a considerarle como un ser inofensivo.

Con la llegada de la normalidad, el nuevo pasatiempo de los críos se integra en la vida de la comunidad y, pese a las dificultades del idioma, se muestra pacífico y colaborador. Sus movimientos son admirados como si se tratara de un objeto místico y aquellos que cuidan de él son “los elegidos” por estar próximos a la nueva deidad.

El prisionero se convierte en la única preocupación, es el principio de un tiempo nuevo, de una enfermedad contagiosa que no alcanza a los adultos. Todo lo que pertenece al prisionero negro es digno de veneración, da sentido a los días y purifica la existencia. La guerra es solo un lejano recuerdo que no llega a este pueblo incomunicado: una borrasca ha derribado un puente, la escuela tuvo que cerrarse, el correo no llega, ni los muertos pueden trasladarse a la ciudad. Hay un cúmulo de circunstancias excepcionales que los niños disfrutan. Para ellos es un verano de fiesta y de prodigios, un tiempo de maravillas casi irreal.

Kenzaburo Oé relata y retrata una época deformada por la guerra, por la corrupción moral de la élite militar y política, por la caída de lo sagrado (el emperador reconoció que no era dios y si muere un dios mueren todos los dioses), por la humillación de las bombas atómicas.

Para el autor, la historia se hace enemiga: representa un mundo inhabitable. Por ello, Oé crea su propio universo en un lugar de Japón, similar a una aldea que le vio crecer. Es así como el famoso escritor revive episodios de su infancia y relata el desastroso presente de la reconstrucción.

Kenzaburo Oé huye de un tiempo controlador, de un tiempo de cólera y dolor, busca el lenguaje poético de la naturaleza, de lo cotidiano, de la simplicidad, de lo vivido, de la fragilidad que constituye la niñez. Huye de la historia y choca con un pasado irredimible, irremediable, irreparable.

Lo recomiendo para aquellos que quieren disfrutar de una obra maestra.

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