SAPERE AUDE

LAS PALABRAS IMPOSIBLES

Por: Antonio Mata Huete


Para aquellos que van tener la suerte de no leer nunca esto.

«La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propia razón! (…)» Emmanuel Kant

Siento hoy, ahora, un ansia infinita por romper mi existencia en mil pedazos y lanzarlos, uno a uno, recreándome en una pasión sádica, por la ventana del patio hacia la noche, vacía, que no ceja en su agobio, que no ceja en su empeño de retrotraerme a otro espacio-tiempo distinto, descolocado, atípico e intemporal como este instante de angustia.

Nada hay más sencillo y tragicómico que engullir ventanas y ventanas tras las que se esconden almas virtuales dedicadas al autosentimiento, al pesaroso entretenimiento de esculpir sus iniciales, sus marcas de clase, sus acrónicos y acrósticos anagramas ilegibles e ininterpretables, en los espacios vacíos que esperan sus diacríticas loas.

Todo es autocomplacencia. Todo es autosentimiento y autocompasión en un incesable goteo de mascaradas pseudoartísticas, panegíricos patéticos y tragicómicas sensaciones creativas en las que el plañiderismo barato y la filos de verdulería se entremezclan, se enlazan y se retuercen, se disfrazan, hasta embotar los sentidos, los ojos y las yemas de los dedos con un río, desbocado, de excrementico estercolero en el mercado de sueños.

Y tiembla mi pulso, llora, se enluta y se desangra esperando, a ritmo de cliclac, que se desvanezca el humo asfixiante y maloliente, para encontrar una bocanada de aire puro, limpio, que reconforte al alma destrozada desesperanzada, deslucida, desbocada, desdichada y des nuda.

A veces, a intervalos largos de infortunio, los labios enjugan una plegaria de ternura. A veces mueres ante el aroma inagotable de alguna flor que se estruja entre tanta podredumbre. A veces rezas, a veces gritas y suplicas que Atenea, diosa maldita de guerra, arrase con su carro de sangre y crueldad a tanto inoportuno creador de merendero. A veces ruegas que la muerte, con el filo de su guadaña, limpie el espacio de tanta ignominia, de tanta ofensa que abre las carnes de Afrodita y su belleza, que mancilla el vientre sensual de Venus y su erótica de la estética, los sueños de Apolo y las lágrimas de Calíope, Erató, Talía, Euterpe o Melpómene…

¡Qué tiempo tan inoportuno! Este cielo virtual tan hediondo me asfixia y me desangra, me rompe el tibio reflejo de los espejos y esparce en dos mi alma por los rincones. ¡Que tiempo tan despreciable! Parece que un dios esclavo se empeñase en construir un templo a la sordidez, un altar al todovale donde sacrificar las sensaciones, la pureza de los sentidos y la belleza. ¿Qué dios maldito y aberrante osa rasgar, arañar, lacerar, las espaldas de David? Buonarroti llora y se lamenta, mesa sus cabellos por las esquinas. Ghiberti clama ante las Puertas del Paraíso, grita su desconsuelo pidiendo a Dante que entierre a todos en sus infiernos, sin Beatriz, que acoja a los justos en el purgatorio y expulse a los ciegos del paraíso. Leonardo se mesa los cabellos tras los ojos de Gioconda. Nadie escapa de este funesto muladar de papanatas, ingenios de la mediocridad.

Escupo al aire mis estertores de ternura y corro a refugiarme junto al negro cielo de estrellas que destellan sensuales guiños a mi perdida erótica. Busco ojos, manos, pechos, labios, besos… Busco aire para respirarme y no morirme ni asfixiarme. Navego ciego en sus profundidades y estallo en gritos de colores. Luego, siento un ansia infinita por romper mi existencia en mil pedazos y lanzarlos, masoquista, a la nada… o al negro brillo de unos ojos que no soy capaz de ver. Sólo de sentir.

Y me creo muerto. Requiescat in pace. Para siempre. Per saecula saeculorum. Así sea. Amen.

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