LA MUERTE EN MADRID” | DE RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN: SANGRE Y LIBERTAD EN EL DRAMA ESPAÑOL

Por: José María Herranz Contreras


LA MUERTE EN MADRID
de Raúl González Tuñón.
Ediciones A.U.P.A. Colección Poesía.

Colaboraciones en prólogo: María Soledad Argüelles García, Rosa Ana Artíguez Iglesias, Ricardo Artíguez Iglesias, Carmen Ausín Turnes, Rafael Flores, José Manuel Galisteo Rodríguez, Pilar Iglesias Nicolás, Carlos Ledesma Lara, Mercedes Millán Esteban, José María Otero, Juan Carlos Piovano, Victoria Rey Pajares.

Madrid, 2006.
ISBN: 84-6099630-1
Depósito legal: M-13406-2006

Con poemas dedicados expresamente por Rafael Alberti, Miguel Hernández y Germán Pardo García –con los que tuvo contacto directo- podemos suponer que Raúl González Tuñón no es un poeta desconocido. O no debería serlo. Por eso traigo este mes a colación a este argentino, vinculado profundamente con España e ignorado por la mayoría de nosotros y por muchos eruditos, que jugó un papel fundamental en la lírica de nuestro país, ya que generacionalmente pertenece a la del 27 (Lorca, Alberti, Aleixandre) e incluso a la del 36 (Miguel Hernández, José Hierro, Luis Rosales). “La muerte en Madrid (1939)” –libro que nos ocupa- es un poemario que recoge la tragedia de la defensa del Madrid republicano contra el fascismo franquista en la guerra civil española. Este desconocido libro junto con “La rosa blindada”, inspirado en la revolución de Asturias, conforman dos textos fundamentales sobre la guerra civil, junto con textos clásicos de Miguel Hernández, Rafael Alberti y César Vallejo.

Sin llegar al nivel lírico y formal de Miguel Hernández –cuya obra es cumbre en muchos aspectos para la literatura española-, los poemas que conforman “La muerte en Madrid” recuerdan bastante tanto al insigne oriolano como a César Vallejo, con su “España, aparta de mí este cáliz”. Precisamente, como Vallejo, Raúl González Tuñón vino al epicentro de la guerra civil durante esos aciagos años para apoyar la causa republicana y su defensa de las libertades frente al fascismo, e incluso participó también en la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, surgida en el congreso de escritores de Valencia en medio de los bombardeos franquistas. La imagen recurrente del toro español, de la sangre y de la tierra y la libertad de sus gentes nos traen a la memoria ecos de Hernández, Vallejo, García Lorca y Alberti, con quien mantuvo contacto personal y, por supuesto, influencias literarias.

El toro, al igual que para Miguel Hernández, en González Tuñón representa lo ctónico, lo profundo y ancestral de nuestra tierra mediterránea, que simboliza tanto la vida y el sexo, como la muerte. También simboliza al pueblo español:

Solo, Terrible Solo,
hizo frente a una lluvia de herrería enloquecida,
de súbitas panteras con un pájaro en la boca,
y pólvora de viento envenenado.

Asimismo, pueblan el libro homenajes a figuras importantes de la guerra como Buenaventura Durruti, Líster, el general Luckas, y el mismo Federico García Lorca, asesinado.

El libro se estructura en cuatro partes, que recogen aspectos del drama madrileño como bastión de defensa frente a la barbarie de la guerra: La muerte en Madrid, Historia de la sangre, La libertad, y finalmente la Muerte de Antonio Machado. Una adenda de Otros poemas y documentos recoge tanto un poema dedicado al ciclo de la guerra como un pequeño ensayo en defensa de la memoria histórica y contra la demagogia.

La muerte en Madrid recoge el paisaje del drama español y la solidaridad de las brigadas internacionales, los ataques bárbaros del fascismo, la cotidianeidad con que el pueblo afronta la muerte y la destrucción, en las imágenes de los niños muertos, el toro, los obuses, los aviones y bombardeos,  los escombros, los leones heridos del carro de Cibeles, en una vindicación de la vida y la obligación moral de defenderla frente a la sinrazón de la muerte personificada en el fascismo. Formalmente los poemas fluyen con una lírica honda y sentida, en verso libre a veces, en rima asonantada otras, pero con una belleza contenida en imágenes potentes, sencillas y cotidianas, que evocan mucho, como ya he comentado anteriormente, a Miguel Hernández, Rafael Alberti y César Vallejo.

La segunda parte, titulada Historia de la sangre, es quizá la más Hernandiana y ctónica, en su sentido religioso, profundo. El sacrificio español a manos de la barbarie liberticida recuerda a veces al del toro en la plaza –trágica herencia mediterránea, la terrible tauromaquia-, pero también evoca la generación de una vida nueva, ya que la sangre es el fluido vital por excelencia que nos recuerda que la vida nunca cesará por mucho que se la derrame injusta e inútilmente:

Qué extraño que la sangre no destiña
ni se solidifique ni se estanque,
oh, móvil y fecunda, oh roja viva,
oh, viva flor al filo de la tarde
que en alba acabará, recién nacida,
que todo lo que toque vuelva sangre.

La tercera parte, “La libertad” es un tríptico donde se dibuja este gran valor que se está defendiendo y por el que se está luchando, sin el cual es imposible vivir. Y también se compara religiosamente con un Jesucristo terrestre –de nuevo ecos de César Vallejo. Porque lo que se está defendiendo en estos poemas es algo más profundo que nos ata a la tierra, que promete una vida plena y la realización del ideal humano.

El poemario cierra con una sentida elegía a la muerte de Antonio Machado. Este insigne poeta, generacionalmente encuadrado en la del 98, anterior al escritor y también a los miembros de la del 27 y del 36, fue enseña y modelo no solo de estos escritores sino también de infinidad de españoles, en una época en la que los artistas y los intelectuales jugaban un papel fundamental en la construcción del estado y la sociedad, eran respetados, queridos y admirados como ejemplo de moral, ética y también como guías estéticos utilizando el idioma, la lengua, de forma precisa para construir belleza y moral. Valores sociales y patrióticos que aunaban la libertad y la construcción de una sociedad justa y humanista. Todo lo contrario a lo que ahora podemos constatar continuamente en esta época atroz, en la que tanto el pueblo como los mandatarios políticos desprecian profundamente la cultura y han aniquilado el pensamiento y los valores humanistas.

Sirva pues esta reseña como recuperación de la memoria histórica literaria de nuestro país, para un autor completamente desconocido para la mayoría, pero cuya calidad formal y temática lo encuadran de lleno tanto en la generación del 36 española como en la de los poetas sociales argentinos cuya influencia se extendió posteriormente hasta la llamada poesía urbana moderna. Y también sirva como reconocimiento a la labor que realizan los miembros de la Asociación Unión de Profesionales, Artistas y Otros por los niños del mundo, A.U.P.A., quien auspició la publicación de este libro y de muchos otros, y que tantos y fructíferos puentes ha tendido entre Argentina y España. Y especialmente a Carmen Ausín Turnes, gracias a la cual pude descubrir a este poeta imprescindible de nuestra historia reciente.

 

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