JOTA SANTATECLA | NIÑO MUDO

El Anaquel

Los libros liberan más que nutren y quiero ser testigo de esta liberación.

Por: Matteo Barbato


NIÑO MUDO
(Santatecla, Jota)
Encuadernación Rústica, 96 páginas
ISBN  978-84-17096-27-4
Dimensiones 13.5 cm x 21 cm
Precio 12.30 euros

«Este libro está lleno de palabras sinceras, de palabras que un niño mudo no fue capaz de decir pero que nunca olvidó»: así comienza la mini reseña de Fernando Valverde sobre esta obra, nota que me llamó mucho la atención. Al investigar sobre el autor descubrí que Jota Santatecla es conocido como el poeta del metro: su poesía durante meses ha viajado entre un vagón y otro de la red de metro madrileña, creando expectación e interés. Una idea genial para darse a conocer, para expresarse, para acercar la poesía al mundo. Gracias a ello la editorial Valparaíso quiso publicar su obra. De hecho, parece que en los últimos tiempos las nuevas voces poéticas emergen a través de las redes sociales por el impulso de decenas de miles de seguidores. Y después lectores. Como norma general, es evidente que una editorial en busca de negocio no puede dejar pasar la oportunidad de publicar un libro con buena rentabilidad. Tema de marketing aparte, debo decir que la calidad de los poemas no desentona con la calidad de la edición (el libro es magnífico, los gráficos son muy atractivos, los bocetos muy logrados y acordes a la poesía del autor).

Jota nos presenta unos poemas vivenciales, viscerales en ciertos aspectos: mensajes simples y directos, de fácil comprensión, afines a las nuevas tendencias de la poesía. A través de ellos el autor se arropa con la desnudez de una pluma que avanza “llenándose de sí mismo”; su  voz es la de un joven que deja atrás un amor marchitado (el que deja marcas indelebles en la adolescencia) y camina hacia adelante con un guion de promesas y de esperanzas; su obra es un conjunto de poesías «llenas de palabras, o de entrañas» y gracias a ellas el poeta «moja la pluma en la herida que tiene en el pecho».

Poesía de la experiencia, la de un joven enamorado que nos cuenta las vicisitudes de su amor perdido («en mi cuarto sigue siendo 15 de enero»), la de un hombre que vuelve a existir escribiendo («las letras que calles serán las canciones que bailarán todas las mujeres que no veas despertar. Escribe» se dice a sí mismo).

Gracias a este recorrido, el poeta concluye que «nuestra vida no es de quien nos sueña, sino de quien nos vive», que las historias de amor fallidas mueren porque se construyen en un terreno arenoso y que se debe vivir la vida «a corazón abierto».

El niño mudo se reconcilia con la memoria, se enfrenta a las emociones, explora los tiempos de la infancia, el primer amor, la desilusión, la pérdida y la superación («he aprendido a nadar entre tanta lágrima»). Ahora es un joven adulto que dialoga con el mundo en una conversación sin tiempo («el reloj se paró a un minuto de vernos») y redescubre las viejas heridas inolvidables («la soledad tiene su nombre»; «la respuesta a todo eras tú»), ahora casi olvidadas.

Sus versos son una jaula vital que se observa al espejo: el joven poeta deja de vivir de la ilusión y empieza a existir, a gritar «hasta que el tiempo nos haga libres».

En mi opinión hay destellos de buena poesía en este poemario, la de un autor que reacciona a las circunstancias escribiendo: «ella (sigue siendo) tinta y él una hoja de papel en este país de poetas».

En definitiva, mucha sensibilidad, una nueva voz en el mundo de la poesía y, quizá, un apellido predestinado a la escritura.

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