PALABRAS AMASADAS | A VUELTAS CON UN PARTICULAR CORRALÓN DE CUERDOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Estaba por animarme al paseo y me he hecho a una imagen de exceso de hadas y poco cuento. Bebo infusiones del Mercadona y leo, a veces abro libros al azar, avanzo dos, diez páginas. Recuerdo los Santos cuando ello requería una visita al cementerio. Recuerdo a la Upe y a mi abuela rezando un rosario cuyas cuencas eran garbanzos. He apagado la luz y cerrado puertas y ventanas por temor a que los niños llamen al timbre. Hace mucho tiempo que no como un caramelo. En mi cuento… a veces pienso que mi cuento está por aparecer en un momento dado y no me importa demasiado si al ser besado se convierte en un sapo o en un principito. Muy buenas noches que, a pesar del soniquete de estas notas, buenas son.

Mi esquizofrenia hoy consiste en saberme poseído por todo aquello que tiro a la papelera. En mi recuerdo un confesor acaricia mi pelo con la mano sudada y temblorosa. Ese idilio no llevó a nada. Existen en mi desorden mental muchas maneras de nadar y también de darse al rezo. Veo en la mañana un discurso. Mi esquizofrenia consiste en procurarle realidad y proceder a vaciar, de nuevo, esa papelera a rebosar de chismes a la que he aludido.

Quisiera hablar de otra persona, por mucho que hablando de mí ya lo haga. El centro confluye con sus confines en cuanto al vértigo. Es en el vértigo donde uno se relaciona en otro. Donde se pierde para confabular en su contra al mismo tiempo que amarlo. Parecen dos amantes que se pellizcan, que comienzan a jugar a subir una apuesta donde uno sale vivo y otro no. Diría que lo que he procurado es, más que dar algo de mí, devolver lo que pertenece al mundo (que es el propio mundo). El hecho de no recordar el nacimiento me contraría. Mi esfuerzo sólo se ve recompensado narrando cómo vi el de mis menores (pero también el de mis mayores). En el tiempo de su muerte, otra y, claro, propia (la única posible).

El desierto una vez más estaba repleto de andenes, en las pantallas no se distinguía uno mismo de eso que llaman gente. Una vez entrado en el metro la multitud y yo pertenecíamos a la misma novela. Eramos el trayecto fraterno donde me descubrí mirando a esas personas. A veces una mirada chocaba con la mía y volvía, junto con la otra, a darse a la fuga. El extracto consecuente, el foco donde quise construir una historia más fueron dos adolescentes besándose. El universo reducido a dos bocas y, de nuevo, el otro, alguien leyendo y alguien pidiendo una limosna. Acto seguido, ya habiendo llegado a mi destino, el punto final era incapaz de ser transcrito. Allí las bocas eran las mismas, también otras. Allí el atardecer era una franja de luz cayendo sobre el color de la cerveza.

Quise ser él. No sabía cómo llamarle y le llamé “mi amigo”. Aspiraba a ser joven envuelto en una especie de halo que procedía más bien a asimilarse mortaja. Yo seguía sus movimientos. Con esto quiero decir: Cuando él se iba mi mirada se iba también, desaparecía a echar a correr junto con los pasos de un viejo que ya no lo era tanto. Mi amigo me dejó a la suerte de ver por donde él andaba a cambio de no reflejarme de modo alguno en ningún espejo. A veces visito uno. La imagen que procedo entonces al ver mi reflejo es solamente una huella, pero, ésta sí, es mía. No, no es la de ese niño que no sabía cómo llamar y bauticé, siempre con sorna, “mi amigo”.

Me recuerdo llorando para ella. Aquello era como interceder en una conversación entre dos faunos acosados por la posibilidad del trastorno. Hoy junto planes que no llevo a cabo sobre una mesa en donde residen dos ausencias. Desearía, en parte, salir más. Descubrir de nuevo Madrid tras una siesta de un mínimo de dos horas. El sol ha salido y hoy bailar es sobre huesos. No vengan a mí esas imágenes repetidas en fotografías a las que alumbra la vaga luz de una vela en el sótano. Doy inicio hoy a un camino que casi siempre remite a la lectura. Si trabajase me daría por una serie a las tantas y no ayudarme al sueño mediante inductores que arrancan parte de mi consciencia tras la toma para luego sumergirme en una noción toda blanca de la vida. Me recuerdo llorando para ella y sigo sin saber qué contestar a su pregunta. Huyo de una respuesta que sugiera a los faunos enfadarse el uno con el otro. Y espero a la vez que veo un horizonte que, quizá, también ven esos pobres charlatanes que, en ella, tampoco adivinan el momento de continuar una charla que ha sido silenciada por la alegría. Y esto me lleva a pensar en una palabra que nunca he sabido qué define y recurro a nombrar no sin vergüenza. Me refiero a “libertad”, y libertad sigue siendo escribir en la habitación. Desaparecer de la idea de morir por pensar.

He recibido un nuevo mensaje de mi ex a través de un Whatsapp de una amiga (suya). La disciplina sugerida (y se sabe -ella muy bien- que no me hago colega fácilmente de las disciplinas -tampoco de protocolo alguno-) era seguir manteniendo “contacto 0”. Más abajo aparecía un enlace (una lectura que me ha tenido a la pantalla durante, al menos, hora y media) “Ella considera importante que lo leas”. El contenido son unas bases que indican diagnóstico y trato del Trastorno Límite de Personalidad que, a su manera de ver, he de consultar a un experto (en nuestra mente mi psicoanalista). La lectura me ha dado impresiones a la hora de mirarme a mí mismo bajo el prisma del recuerdo que ella asocia a nuestra relación. La indicación de abajo, firmada por su compañera “y amiga” señala que “es conveniente no responda al Whatsapp”. Me lo he saltado a la torera. Tampoco nada muy significante, poco más escueto que hacer ver que “He hecho los deberes”. He cerrado mi aportación con un abrazo a ambas. Una hora después he recibido una respuesta aún más escueta: Igualmente. Es este un breve, pero concreto en cuanto a vidas mental y emocional, resumen de mi pasado lunes.

PD: He mostrado interés de mostrarle el texto a mi madre (de veras, pensé ¿A quién mejor recurrir?). La respuesta cosechada ha sido bastante cáustica: ¿Cómo no vas a tener Trastorno Límite de la Personalidad si no te haces la cama y dejas la ropa en cualquier sitio?

PD2: Fabricar cosas que van de A a Z siguiendo el orden estipulado del vocabulario requiere de ser un ingeniero perfecto. En cuanto a la “cosa escrita” aquellas fabulaciones que obedecen al sentido aludido me crean un desconcierto apabullante. Me confío más a lo que huye y regresa, a lo que vuelve sobre sí. Unas veces lo relatado comienza en la casa que da fin a la historia, en un mismo tiempo u otro, tras un largo paseo por los pasos de cebra de una ciudad y sus contornos rodeados de distintos tipos de árboles y plantas. No, las narraciones duras, del estilo A, B, C… Z agonizan de plano y cansancio. Sugieren, permítanme la imagen, por qué no descabellada, un naufragio en alta mar donde nadie muere. Son manos limpias que ocultan demasiadas cosas. Se parecen a la vida. E, igualmente, tienen una duración.

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