“ESTRUCTURAS DISIPATIVAS” DE CLARA JANÉS

Por: Juan Ramón Jiménez Simón


“Fuera del propio ser / queda la realidad, / que está en el tiempo, / y el movimiento es su fantasía”

La poesía de Clara Janés desvela la “resonancia, / que cruza el corazón / y lo llena de luz comunicante / anulando los límites /que establece el otro / al enunciarse”. De ahí las frecuentes interacciones de su poesía con el conocimiento científico en la incorporación a su poética de los conceptos claves de la mecánica cuántica. “Estructuras disipativas” (Tusquets Editores, 1983), libro en cuyo título se hace referencia directa al término con el que el físico Ilya Prigogine (¿Tan solo una ilusión?, Tusquets Editores, 1983) define el mecanismo por el cual la materia alcanza un nuevo estado, pasando del orden al desorden, y ese modo de creación que surge justamente del caos es el que le permite adquirir propiedades inéditas, pues los procesos de la realidad dependen de un enorme conjunto de circunstancias inciertas.

“Estructuras disipativas” sigue el esquema de los sistemas no lineales, en la superposición de movimientos, en las yuxtaposiciones y en los contrastes, que construyen un sistema análogo al de la dinámica de las olas. Por eso, como en toda su obra, la trama de este poemario se teje con una amplia variedad de hilos, todos interrelacionados, donde hace uso de la transdisciplinariedad del conocimiento. Lo científico aparece como alegoría en el texto poético, metáfora en tanto en cuanto “Estructuras Disipativas” es visto como expresión de “islas de orden en un océano de desorden” (Prigogine, 1984) lo que favorece la ruptura epistemológica con determinados modos conceptuales, provocando los cambios y modificando la visión que se posee de la realidad.

Las palabras de Janés son un isomorfismo simbólico capaz de crear un mundo poético totalizador en el que, tanto el significado como las contradicciones de la física cuántica, se reflejan en el significado y las contradicciones del texto poético. Una poesía en el que la relación caos – orden hace posible su transferencia discursiva hacia los flujos lingüísticos que declaman el espíritu, en las líneas de San Juan de la Cruz y de María Zambrano.

La escritura poética de la autora siempre está en movimiento, en busca de la vibración de las palabras, donde, conjuga el devenir de la materia hacia el espíritu (Cántico 34, Cántico Cósmico, 1991, Ernesto Cardenal). En el poema titulado «Vórtice» (Estructuras, 47), se da cuenta de la realidad del ser, de ese (su) tiempo fuera del tiempo que busca en el movimiento la posible fantasía de su significado, su razón vital.

¿Adónde va esta ola?
Si vuelve sobre sí misma
me rechaza y desaparece,
si me envuelve, me abarca
y desaparezco,
si se detiene, se niega como ola.
Cuando alcanza el nivel del salto
advierte:
fuera del propio ser
queda la realidad,
que está en el tiempo,
y el movimiento es su fantasía,
pero fuera del tiempo,
¿qué significa la quietud
y el ahora en punto
del día?

En el poema titulado «Y la quietud» (Estructuras, 15-16), el referente poético y recursivo del vacío alcanza un nuevo orden en el espacio, pues la quietud es, ahora, “el punto microscópico / del movimiento / elevado al infinito”, la “alta fantasía” de la resonancia del propio ser. Es a partir de ahí cuando el poema se llena “de aliento de vida / y de números y flores…”. Poniendo de manifiesto que somos seres “cuánticos” en el espacio y en el tiempo, moradores de un universo en constante movimiento que, por incertidumbre ordenada, genera nuevos espacios de encuentro.

Hay un proceso de apertura en el poema pues cuando Clara Janés se sitúa en esos momentos de cruce en los que existen iguales probabilidades o posibilidades tanto de integración y continuidad (vida) como de escisión y discontinuidad (muerte generadora de vida), es entonces cuando el poema lleva a cabo un proceso de integración de posibilidades y se abre al movimiento del ser y del universo, a modo de abrazo cósmico (Estructuras, 57).

Podría seguir.
Aquí me bifurco en dos
y os digo:
el dos es uno
y el uno es dos
y el dos no se detiene.
Es el aquí y el allí,
el tú y el yo,
la luz y la oscuridad,
el lugar de lo animado
y aquel que no conocemos.
Pero ahora
mira el gesto,
quietud y movimiento,
acaso la curva recta,
el abrazo abierto.
No,
no me detengo.

¿Dónde está el equilibrio poético en Clara Janés? En Estructuras 55-56, los versos mantienen un estado único donde el equilibrio léxico que nace de los contrarios hace desaparecer las fluctuaciones del poema; sin embargo, el no equilibrio permite la disipación, la desorganización, el caos, lo impreciso, lo indeterminado, el desorden, lo irreversible, que sumergen al conjunto de estrofas en el devenir lineal del tiempo. Nada vuelve a ser lo mismo. La vida es un tiempo irreversible, el acontecer que afianza cada uno de los versos con que modulan el poema:

Da un paso
y se torna mano,
coge un puñado
de aire
vida
y de otro lado
afianza
el salto.
El brote
es el mero instante
que enarbola
en equilibrio
entre futuro y pasado
firme
sobre el hilo
soterrado
del ser.
Vivir, dice,
es
tensar el arco,
estar
en la danza
y sostenerla
en la cuerda
del funámbulo.

Para Clara Janés, la vida, como el poema mismo, es un hecho natural y escritural irreversible, y es en estos procesos irreversibles donde la variable tiempo se hace presente. Y la unidad en “la curva / entre el origen inalcanzable / y el infinito” (Estructuras, 61) es esencialmente el principio creador, inherente las fluctuaciones, de la realidad. Por eso, para ella la poesía es un diálogo constante con la naturaleza y el conocimiento; el devenir como “principia poética” en la vida del poeta: puntos de voz, trayectos, constelaciones, caos, … entre la ficción y la palabra.


BIOGRAFÍA AUTORA

Poeta, novelista, ensayista y traductora nacida en Barcelona en 1940. Clara Janés es licenciada en Filosofía y Letras y Maitre és Lettres por la universidad de la Sorbona en literatura comparada. Entre su obra poética, traducida a más de veinte idiomas, destacan títulos como Las estrellas vencidas (1964) Límite humano (1974), En busca de Cordelia (1975), Poemas rumanos (1975), Antología personal (1979), Libro de alienaciones (1980), Eros (1981), Diván del ópalo de fuego (1996), La indetenible quietud (1998), El libro de los pájaros (1999) y Paralajes (2002). Además ha escrito novelas como Los caballos del sueño (1989) y El hombre de Adén (1991), así como la biografía La vida callada de Federico Mompou (1975), el libro de viajes Sendas de Rumanía (1981) y el de recuerdos de infancia y adolescencia Jardín y Laberinto (1990).

En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra, que incluye traducciones de autores como Vladimír Holan y Jaroslav Seifert, Marguerite Duras, Nathalie Sarraute, Katherine Mansfield o William Golding.

Su obra poética también ha sido galardonada con importantes premios entre los que se cuentan: Premio Ciudad de Barcelona por Vivir, Premio Ciudad de Melilla por Arcángel de sombra y Premio de Poesía Gil de Biedma por Los secretos del bosque.

 

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