El POEMA EN FORMA HEREDADA, EL COMPROMISO Y EL RIPIO (BAJO EL PARASOL DE JRJ,  G. GUILLÉN, G. DIEGO  Y CERNUDA)

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


1.- Releo los poemas insignificantes de hace unos días – mis poemas, incapaz de enfrentarme con la realidad o consciente de que la realidad real (‘les faits, rien que les faits’, iba gritando Zola por las avenidas lujuriosas de sus textos, ya fuera en mercados de ciudad, ya fuera por los matorrales del campo, en primavera, cuando se encaman las parejas adolescentes de los pueblos) nada tiene que ver ya con mis quimeras existenciales o metafísicas… Releo mis poemas y veo que son cada vez más insignificantes (ya lo he dicho), que se acercan cada vez más (¡pero sin insultarme!) a lo que Juan Ramón llamaba los ripios de Jorge Guillén. Y es verdad, son ripios (no los míos, espero – los de Jorge Guillén).

Acabo de releer a este poeta y, sin poder admirar ya, como inigualable, la perfección formal de sus décimas (he descubierto otras tan buenas – para empezar las del teatro del siglo XVII), encuentro su temática no obvia, pero sí vacía de existencia. Vibra el concepto; a veces no es ni siquiera el concepto lo que vibra, sino la simple compresión sintáctica de las palabras (su racourci, de flecha, hubiera dicho Mallarmé – su lejano maestreo), pero no siento que debajo de ese latigazo sintáctico haya un cuerpo que vibra o haya vibrado.

Los releo… y superpuestos al sueño de ayer (no lo he escrito y volverá algún día, pues sueño que no escribo se convierte en pesadilla) estos poemas me traen arrastra la imagen de la niña vietnamita mong, perdida por los caminos abarrancados de los arrozales vietnamitas. La niña va cuesta arriba, mientras yo bajo, alejado del grupo (somos seis y el tropel de mujeres y niños que nos sigue), por caminos inundados como cauces de torrentes, hacia el río que atraviesa, desmelenado, el poblado.

Me he retrasado, empeñado en hacerle una foto a dos gigantescas mariposas de un amarillo crema dorado que, descaradas, persistían en posarse en mi máquina de fotos.

Cierro los ojos, y veo el grupo allá abajo, mientras ‘hablo’ con la niña de unos tres años, que sube a contracorriente con un manojo de collares de ‘un euro, un euro’, en su mano izquierda.

Siempre (yo) perdido en mis sueños por barrios que desconozco, en désarroi absoluto. (Pongo la palabra en francés, pues ninguna otra me vale).

Siempre (ellos, esos niños), en medio de un descampado de escombros y de matorrales ante (¿debo decir en, en medio?) los bichos – gusanos o insectos – que, aunque aún vivos, les van devorando los cuerpos.

Como casi siempre que tengo sueños de esta especie (la más recurrente con los sueños de inundaciones y de guerras – ya desterrados de mi subconsciente por la escritura), antes de perderme enredado en la noche, venía de dar una conferencia.

Pero hoy no recuerdo nada; sólo que, en sueños,  me he perdido.

2.- Ahora, después de unas horas quiero recordarlo, pero (¡y no sé por qué!), en vez de recordar los detalles del sueño, me he puesto a releer los poemas escritos hace unos días.

Y releo los poemas escritos hace unos días y me pongo a buscar razones, sentimientos, temblores, picores – un simple picor en la entrepierna del alma -, capaces de ahuyentar el fantasma de Jorge Guillén. No. No puedo ser, quedar reducido a un simulacro de Jorge Guillén.

Pobre Guillén. Creo que fue una buena persona; pero no tenía el don de la poesía; tal vez sí, barroco, el don del concepto versificado. Le faltaba, como decía antes (cosa que no le faltaba a JRJ, a pesar de lo que sea ha dicho), ‘suciedad existencial’ a sus poemas; pero hace unos versos, mejor, unas estrofas deslumbrantes. Que era un buen hombre nos lo demuestra su actitud política en la Guerra Civil, su exilio… y su voluntad de hacer una poesía comprometida después de la guerra. Pero, entonces, ¡que desastre de poesía. Alejado de sus esplendorosos ripios, no sabe adoptar ni el tono, ni el ritmo, ni la metaforización pedestre que exigía esa poesía ‘en la Historia’. Podía haber hecho lo que hizo Miguel Hernández: llevar su barroquismo de forma y de lenguaje a Viento del pueblo, libro tan barroco y preciosista como El Rayo que no cesa. No; Guillen cambia totalmente de registro (deja de ser él) y ‘la caga’; ¡pero cómo!

Vuelvo a sus ripios adorables, a pesar de la opinión de JRJ.

No puedo desmentirme: Cántico me ha enseñado mucha poesía, a pesar  de todo. Tal vez la poesía cósmica que ya estaba escondida o fragmentada en Juan Ramón y que en Guillén se evidencia y, al evidenciarse, tal vez se corrompe en su propio deslumbramiento formal y metafórico, sin llegar al esplendor mediterráneo de  Paul Valery, su verdadero maestro, como ya dijo certeramente Luis Cernuda, tras JRJ, y tal como analicé en mi articulo sobre el autor de La realidad y el deseo, pero en su dimensión ensayista. (Ver Perfil de Cernuda, Editado por Javier Huerta).

3.- ¡Como decir la histeria, la vacuidad, la injusticia de la vida, frente a este mar azul, cargado de destellos de un amarillo violáceo, en medio de este frescor duplicado que llega, por delante de las olas y por detrás de la silva (como dicen los gallegos) que recorre el sotobosque, a espaldas de la casa!

Cualquier cosa que dijera sería hipocresía… Ya ni siquiera puedo pensar en irme, abandonar todo e irme, como en mi niñez, en pos… ¿de qué? Ya no existe ni la posibilidad de es irse. No sé donde podría marcharme hoy, cuando toda caridad y toda justicia, incluso la más desinteresada es sospechosa de neocolonialismo.

Antaño me fui.

Y todo era puro y hermoso en la hermandad de todos, como hijos de Dios. Digan lo que digan ahora los mequetrefes de esta Europa (y España más) en descomposición, que no saben lo que es abandonar todo, voluntariamente, para seguir a Cristo y llegar, con Él (o sin él), al prójimo.

No abandonar todo por la Nada.

No puedo ser poeta sin tener siempre presente a ese prójimo, incluso en mis devaneos de humo por la Ría o en los devaneos de mi verbo por mis ripios.

SÁBADO, 24 DE JULIO DE 2018

Ayer, tumbado en la playa…
– ¡Y así piensas ser poeta! –
frente a un mar azulvioleta
mantuve a mi dios a raya.

¡Así pienso ser poeta!

La zozobra se me acalla…
la comezón se me aquieta…
y la Idea, ya sin meta,
como una barcaza encalla.

¡Así pienso ser poeta!

Poeta de cuerpo entero
que abandona sus quimeras,
como el agua del estero

cuando baja la marea.
Poeta aunque tu no quieras
que abandone la pelea
con el ángel. ¡Ser poeta
aunque a caballo no vaya:
dios derrumbado en la playa
de este mar azulvioleta.

¡Así quiero ser poeta!

– Ya sé que te huele a Juan Ramón, el poema. ¡Cómo no te va a oler, si todo el poema sale al rebufo de uno suyo, “A caballo va el poeta / qué tranquilidad violeta…”

– No te pierdas en rimas que son ripios, como se perdían antaño poetas de gran inspiración (tú, también la tienes) cuando, a falta de palabras (la iglesia se las había apropiado todas, con sus misterios, con sus dogmas y con sus misticismos), querían, a fuerza de sones y sonsonetes (¡sonsonetes¡), dar con el secreto de lo inefable (si, inefable, inasible), sin darse cuenta de que lo inefable huye de musiquillas de organillos y de guitarrones rotos.

¿No harías mejor en volver, en asentarte en tu versículo, libre, amplio y sereno (a veces – pocas veces) o arrebatado y roto (casi siempre), en el que todos reconocemos tu modernidad. Los sonetos te los toleran o porque son rotundamente barrocos (un ejercicio, al fin y al cabo, en el que consigues meter algo de fuego – el fuego que te sobraba, cuando le escribiste a Gerardo Diego diciéndole que lo habías elegido a él como interlocutor porque unía “en su poesía los dos elementos para tí indispensables – el diamante y el fuego” – y el te contestó diciendo que tu poesía tenía, tal vez, “demasiado fuego y aún muy poco diamante”, pero que persistiera en el trabajo, porque se notaba “en ella un ritmo muy personal, persistente”.

Tenías diez y ocho años y acababas de leer Alondra de verdad… ¡Dios mío!, cómo suenan aún en mi los rumores marinos de las ‘playas de Mindanao y de Mindoro’, por las que habías transitado de niño, en imaginación ardiente, tras la huella de Francisco Javier, ese santo guapetón, según las estampas, al que le debías tu nombre y, como buen nominalista trascendido, casi tu vocación: toda palabra lleva en sí su propia trascendencia (me auto cito, qué vanidad). También te los toleran porque, satíricos y políticos, en ocasiones, no dejan de ser poesía menor, de la que se emplea para divertirse entre amigos, después de una comilona – pero que no hacen a un gran poeta, aunque si hicieran a Quevedo.

“Amor llaman ahora a la jodienda,
A darle al falo con furor felino,
Hasta hacer del cipote un cebollino
Que escabechado el coño se merienda… (y así hasta 14).

– ¿Tú crees que me pierdo, en estos poemas escritos en tono menor, por rimas que son simples ripios, mientras suena en el fondo de mi mismo ese rumor constante de mar adormecido por la lejanía de los vientos brutales… y a mi derecha, en la cadena, el piano de Petrucciani (el CD me lo regaló Rori, hace dos o tres años), con su descompás de jazz – ‘como tu verso, como tu verso, cuando no escribes poesía formal’, me repite siempre ella.

4.- Es evidente que noto algo distinto en mi último acercamiento a la poesía; algo distinto, tanto en el fondo como en la forma, por respetar la división convencional, tan injustamente denostada. Si los términos no son ajustados, es indudable que la creación artística se juega en dos niveles antitéticos: el del espíritu que busca como encarnarse, es decir como tener una forma material que le de una existencia aparencial, y el de la materia informe (o pre-forme) en la que el espíritu (idea, concepto, sentimiento, deseo, añoranza, espejismo, etc.) busca una carne para hacer posible esa encarnación. Realizada esta encarnación de la carne en verbo, la división dualista puede resultar inútil o nociva a la lectura o a la contemplación; pero, durante el proceso de creación esa dualidad dialéctica es insoslayable. Como en toda dialéctica resuelta en parto, el intercambio de elementos se consagra en la unidad.

– ¡Vale!

Yo no puedo olvidar esa dimensión dialéctica. Por razones ontológicas, ligadas a la herencia metafísica de mi pensamiento (El verbo se hizo carne para que la carne se haga verbo – y eso, incluso, en ausencia del misterio de la Encarnación, “porque si no se hace verbo se hace trizas” – y vuelvo a auto-citarme) y por razones epistemológicas que, luego, la práctica de la escritura y de la enseñanza me ha ido confirmando.

Por ello, si hay algo distinto en el fondo, tiene que haber algo distinto en el nivel formal de mi poesía.

En la forma me gusta volver a jugar con las rimas y los metros.

Jugar.

¿Quiere eso decir que recupero la dimensión del juglar?

Cuando se juega, ¿es porque no hay substancia, porque el pensamiento o el sentimiento no se sostienen por sí solos?

Estamos, de nuevo, frente a la eterna dialéctica que agobia y ahoga la poesía del siglo XX (y la que sigue).

Pero si en la poesía no hay juego musical (jouer du piano, jouer de la flûte…y por qué no jouer du sonnet) ¿en qué se diferencia la poesía de una prosa honda y sentimental, con una semántica densa que intenta levantar de sus madrigueras bien escondidas, nociones y sentimientos que ningún perro ha levantado aún, prosa capaz de acceder a esos espacios que algunos (algún amigo mío, incluso) llaman “la música de las ideas”? Y pienso en la prosa de Pascal, en la de Bossuet, en la de Kierkegaard, en algunos fragmentos de la prosa de Heidegger, etc. No pienso ni et Lamennais ni en Nietzsche, auténticos escritores de poesía, si no en los juegos del metro y de la rima si en los del ritmo y la asonancia. ¡Existe en ellos un trabajo sonoro que es musical!

La música exige siempre ese trabajo sonoro. Como la pintura exige el trabajo cromático y la escultura el trabajo de los volúmenes.

El arte pide siempre esa plasmación en la materia. No se contenta con lo nocional ni lo sentimental. Si ‘desposamos la noción’ (como quería Mallarmé) es para tener con ella un hijo: sangre, carne y huesos… que son materia y forma, y que lloran, aunque también puedan llegar a soñar.

¡La música de las ideas! ¡La música de las almas, de las olas, de… Siempre, por pereza conceptual, la caída en los mismos lenguajes analógicos, lenguajes de aproximación, de tanteo, que huyen del acercamiento conceptual a las cosas y a las ideas, porque si se someten al concepto y a la palabra ajustada, la idea – el deseo de idea, se diluyen en nada.

Yo no puedo pensar en una poesía que no sea musical (Mozart o Schoenberg, o Lutoslawski o Keith Jarrett), como no puedo pensar en una pintura que no sea color.

Lo digo siempre, más allá de textos que no aspiran a ser poesía (o poema, mejor sería ajustar el concepto a esta palabra, poema: no admite devaneos, cuando se la ha precisado como es debido, depurando los avatares de su historia azarosa, no invita a ambigüedades absurdas y delicuescentes como la palabra poesía. Claro, que el uso de esa palabra permite a cualquier imbécil con dos temblores en el escroto del alma sentirse un grandísimo poeta.

5.- El poema, exige una composición – como la partitura, el cuadro o un objeto arquitectónico), textos que no aspiran a ser poema pero que nacen llenos de poeticidad (en el sentido más técnico que le doy a esta palabra), para esa música de las ideas está el (mal) llamado poema en prosa. Aunque no sé si la perversión reside en el término en sí o en su oposición (implícita) a poema en poesía. Esa era la oposición profunda que le quiso dar al término Baudelaire, al sacralizarlo, extrayéndolo de una tradición confusa en la que se perdía en medio de cualquier texto que, dado su contenido emocional o descriptivo, se instalaba en la aprehensión ‘sublime’ de la vida o de algún elemento del cosmos. Por eso, el poema en prosa de Baudelaire es ciudadano y cotidiano. Pero ni sus dos discípulos más directos le siguen: el poema en prosa de Mallarmé y el poema en prosa de Rimbaud no son baudelerianos. Siguen instalados en lo sublime, siguen manipulando el lenguaje con el fin de extraerle analógicamente lo no dicho… Pero, no están escritos musicalmente. Si en ellos  hay trabajo de la materia sonora, este es mínimo o secundario. El poema en prosa no se opone al poema en poesía sino al poema en música.

Poema en prosa; es decir, ajeno a la composición musical del texto.

¡Cuando hay creación de versículo (de versículo de verdad; no porque se rompa una frase en fragmentos gratuitos que ponemos de aquí y de allá por la página hay versículo o verso libre); cuando hay versículo, dependiente de una prosodia rítmica y sonora – y, también de una prosodia sintáctica – ya hay composición, ya hay música, ya hay juego: on joue des mots (tomamdo esta última palabra en su materialidad más pura, agrupación de fonemas) de la misma manera qu’on joue du piano.

Si le quitamos el juego musical a la poesía, la poesía pierde en mi opinión (no sé si en mi última opinión, antes de que me calle definitivamente) su razón de ser; y tienen razón  los que piensan que la poesía debería separarse del horizonte literario, pero sin entrar de lleno en el horizonte artístico (puramente plástico). Habría que crear para ella, entre uno y otro, una especie de reino especial, como el reino de los hongos, entre el animal y el vegetal. Para eso, la música de las ideas, (y lo subrayaría tres veces), ya está la prosa, con todas las posibilidades que ofrece.

Qué letanías, sin sentido poético, llenas de ideas y de sentimientos vulgares, de intuiciones vulgares, hilvanan ciertos poemas modernos que oigo (alguna noche en la radio), que leo en libros y en antologías al uso, cuya razón de ser estaría en la reclusión más o menos privada de un diario íntimo o en la revista de un grupo de boys scouts, o de asistentes a unas jornadas de convivencia social, en una escuela socialista de verano: los rituales laicos del laicismo.

La poesía exige el juego (musical y retórico). Otros espacios que hoy se dicen poesía serán prosa honda, garabato auténtico, escritura transida de mucosidad amorosa, lustrosa… o lo que sea.

¡Que magníficos párrafos de novela (Zola, Proust, Mauriac, Joyce… ahondan en la poeticidad semántica mucho mejor que esos otros poemas que nos quieren vender hoy como poesía – la auténtica poesía de la Postmodernidad moderna. ¡Y encima nos ponen como ejemplos a seguir modelos que nunca siguieron los patrones de tamaños engendros. ¡Cómo los iban a seguir si todos ellos (Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Apollinaire, Rilke, Eliott, etc eran unos auténticos malabaristas del juego musical – además de otras cosas!

Decía que he cambiado también los temas. No; creo que no. Creo que me he equivocado al decirlo. He sufrido, sin lugar a dudas, un espejismo provocado por la obsesión  de defender el juego musical en el poema. El juego musical nunca es juego mecánico (como ciertas partituras del primer barroco); es, también, tonalidad, contexto, vivencia anímica  y corporal que se hace e-vidente en la parte material del lenguaje.

Y para acabar me pregunto: el gran ripio, el ripio de calidad, el ripio que toca a los abismos y cumbres de la música, ¿Puede ser considerado simple ripio?  Voy a releerme a Góngora, Valery y Guillén y al mismísimo Miguel Hernández, maestros sublimes del ripio.

17 DE JULIO DE 2018

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