W. JACOBS Y LA PATA DE MONO | CUIDADO CON LO QUE DESEAS…

Por: Tomás Sánchez Rubio


Dentro de la censura que se ejercía en los medios de comunicación en la España de la segunda mitad del siglo XX, existía concretamente en Televisión Española lo que recibía el nombre de Código de regulación de contenidos por rombos -llamado así por la figura que se usaba para indicar la revisión del censor, y que aparecía en el extremo superior derecho de la pantalla-. Fue un sistema usado por la televisión estatal entre 1963 y 1984 para calificar los contenidos que se emitían por televisión. Tenía dos niveles: un único rombo, que indicaba que el programa era accesible a los mayores de catorce años; y dos rombos, para los mayores de dieciocho años. Tal código fue ideado por el llamado Comité de Censura de TVE, al diversificarse la programación e irse incorporando a la misma más espacios cuyo contenido “no era adecuado para los niños”.

La televisión pública en nuestro país había comenzado sus emisiones regulares el 28 de octubre de 1956, desde los estudios en el Paseo de la Habana de Madrid. En esa época, la televisión estatal dependía del Ministerio de Información y Turismo dirigido en aquel entonces por Gabriel Arias-Salgado. Más tarde, en 1964, se inaugurarían los estudios de Prado del Rey, también en Madrid, y actual sede central de la Corporación de Radio y Televisión Española.

El 15 de noviembre de 1966 apareció un segundo canal de TVE (TVE 2), conocido en sus orígenes como la UHF -siglas de Ultra High Frequency, en referencia a la banda de radiofrecuencias por la que se emitía-. En este canal los contenidos eran fundamentalmente culturales, deportivos y generalistas, aunque de menor audiencia. Tres años más tarde, TVE estrenaba las emisiones en PAL (sistema de codificación Phase Alternating Line), lo que teóricamente ya le permitía ofrecer espacios en color. Sin embargo, la falta de infraestructura técnica para producir programas en este formato -falta de cámaras y magnetoscopios adecuados- retrasaron la producción regular hasta 1973… Parece que fue ayer…

Precisamente el 4 de febrero de 1966, domingo, se estrena, en la “primera cadena”, Historias para no dormir, serie semanal -posteriormente pasó a los viernes por la noche- de veintinueve episodios independientes, y de unos cincuenta minutos cada uno, que deja de emitirse el 27 de septiembre de 1982. Dirigida y realizada por Narciso Ibáñez Serrador, era igualmente él quien elaboraba los guiones, pero bajo el seudónimo de Luis Peñafiel. Se trataba de versiones y adaptaciones de los relatos de grandes maestros del terror y el misterio, como Guy de Maupassant, Gaston Leroux, Henry James, Edgar Allan Poe, R. L. Stevenson o Ray Bradbury… La primera de estas Historias fue El cumpleaños, adaptación de un relato de Fredric Brown, escritor norteamericano contemporáneo de misterio y ciencia ficción.

Era Historias para no dormir uno de los programas preferidos por la audiencia en la televisión de aquellos años del blanco y negro, de carta de ajuste y de rombos. Junto a un excelente plantel de actores, tanto jóvenes como veteranos, entre los que se contaba el polifacético Narciso Ibáñez Menta, la falta de medios se suplía con una ambientación única. Por mi parte, uno de los episodios que recuerdo con mayor cariño -gracias a las sucesivas reposiciones- fue La zarpa, emitida por vez primera el 3 de noviembre de 1967. Se trataba de una adaptación para la TV del relato corto La pata de mono, de W. W. Jacobs. Los principales papeles eran representados por Irene Gutiérrez Caba, Tomás Blanco, Rafael Arcos y Manuel Galiana.

La pata de mono, todo un clásico, ha sido recurrente en las antologías de relatos de terror de las editoriales Bruguera, Martínez Roca o Molino, al lado de las obras de autores de la talla de Ambrose Pierce, Guy de Maupassant, Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft o Sheridan Le Fanu.

Recientemente se han cumplido los ciento cincuenta y cinco años del nacimiento, y setenta y cinco de la muerte, de William Wymark Jacobs, creador de La pata de mono. El autor debió su reputación en vida a una importante obra humorística, pero fueron sus cuentos macabros los que le dieron la fama y la inmortalidad. Escribió dieciocho, que publicó en libros y revistas y que serían recopilados, junto al resto de sus otros relatos, en varios volúmenes en una edición de 1931.

Jacobs había nacido el 8 de septiembre de 1863 en Wapping, barrio del municipio londinense de Tower Hamlets, en cuyos muelles trabajaba su padre. Asistió a un colegio privado y más tarde al Birkberck College. En 1879 empezó a trabajar como funcionario de correos, publicando su primer relato en 1885. El camino hacia el éxito fue relativamente lento. La vida del muelle fue la principal inspiración para la obra de Jacobs, que murió el 1 de septiembre de 1943 en Hornsley Lane (Islington, Londres).

El relato que nos ocupa, La pata de mono (The Monkey’s Paw), fue incluido en el libro de cuentos The Lady of the Barge (La dama de la barca), publicado en 1902. Otros relatos de este libro fueron: The Well (El pozo), Captain Rogers (Capitán Rogers) o Three at Table (Tres en la mesa). En España, en ese mismo año ven la luz Cañas y barro, de Vicente Blasco Ibáñez; Camino de perfección, de Pío Baroja; La voluntad, de Azorín; o Amor y Pedagogía de Miguel de Unamuno.

La acción del relato se centra en una pata disecada de un mono, talismán que concederá tres deseos a tres personas distintas que la posean; sin embargo, estos deseos se cumplirán de forma digamos “contraproducente”, de manera diferente a lo esperado. La obra juega, por una parte, con el miedo a lo exótico, a la magia procedente de culturas remotas; por otro lado, con el “riesgo” proverbial que podemos intuir en el hecho de que nuestros sueños más anhelados se hagan algún día realidad… Y, por último, con el miedo a la pérdida de los seres queridos…

El relato La pata de mono fue incluído en la Antología de la literatura fantástica compilada por Jorge Luis Borges, Silvana Ocampo y Adolfo Bioy Casares, en la Colección Laberinto de la Editorial Sudamericana (1940).

En cuanto a las ediciones españolas de la obra, destacamos la de Valdemar (2000), que reúne, en un único volumen, los relatos de Jacobs de trasfondo sobrecogedor y tétrico -La pata de mono y otros relatos macabros-. Su traducción, impecable, se debe a Manuel Ortuño.

Al leer este relato, breve, intenso, inquietante, es inevitable que nos vengan a la cabeza otras obras de cierta similitud: desde la historia de Aladino -incluida por Antoine Galland en los volúmenes IX y X de Las mil y una noches de 1710-, hasta El diablo en la botella, del escocés R. L. Stevenson (1891); o bien la novela de Stephen King Cementerio de animales (1983).

Además de una notable influencia en la narrativa posterior, dio lugar a la obra teatral del mismo nombre, escrita por dramaturgo inglés Louis N. Parker, en un solo acto, y representada por primera vez en 1907. Por otra parte, conoce desde muy pronto diversas adaptaciones a la radio y al cine: la primera cinta es una película muda de 1915, dirigida por el británico Sidney Northcote. Le siguen varias versiones cinematográficas durante el siglo XX, entre las que veo interesante destacar la dirigida por Martha Reguera, para la TV argentina, de 1961. Con guion adaptado de Agustín Caballero, cuenta como protagonistas con el ya citado Narciso Ibáñez Menta y con Beatriz Díaz Quiroga.

De factura norteamericana, se estrenó en 2013 una versión del joven director Brett Simmons (San Diego, 1982), cuyo guion adapta Macon Blair, y protagonizan los actores Stephen Lang, C. J. Thomason y Michelle Pierce.

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