HACIA EL CENTRO EN EL 17

Por: Mohamed El Morabet


Cojo el autobús número 17 para ir al centro. Me deja al lado de la Plaza Mayor y luego camino un rato hasta llegar a mi cafetería habitual donde apresuro los minutos con un café y el periódico antes de acudir a lo que verdaderamente me convoca al centro. Que no es más que la necesidad de estar en el centro. Como si el centro fuera la única explicación razonable de mi existencia. Siempre he sospechado que esta necesidad de ir al centro nació conmigo por haber nacido en la periferia. Pero visto con cierto detenimiento, quién no ha nacido alguna vez en la periferia. Esto se me antoja tan relativo que a veces me convenzo de que yo también he nacido en el centro. Entonces, en esos días que a menudo superan la semana, los paso en mi barrio tan a gusto convencido de que quienes nacimos en nuestro barrio éramos, y seguimos siendo, el centro del mundo, de ahí que nos vengan a visitar turistas chinos y senegaleses para fotografiarnos, igual que hacen los reporteros del National Geografic con los leones y las cebras de la sabana, por ejemplo. Lo raro es que este sentimiento no dura mucho, entonces vuelvo a sospechar que de centro nada, periferia total, y reemprendo mi rutina y me monto en el 17 de nuevo para ir al centro. En el autobús ausculto mi alrededor y siento que los viajeros con quienes comparto el trayecto sufren la misma abducción. Van al centro precisamente porque es el centro. ¿Y qué es el centro? Pues la primera o la última parada del 17 según me pille el día y el humor. Es decir, en términos aritméticos, el 1 o el 7 del 17 que, mira por donde, son todos números primos, con lo que puede llegar a significar eso. «La libertad es un número primo», escribió hace tiempo un escritor casi desconocido. Y acertó. El 17 me conduce siempre a una libertad fingida, de esas con sabor delicioso a bollería industrial rellenas de chocolate o crema, “a elegir” suele anunciar el escaparate. Y todo a un precio nunca redondo. El coma 99 de los engaños masivos habita por igual en la periferia que en el centro. Es inmune y ajeno al trayecto unido por el 17. Entonces, bajo del 17 y mientras camino pienso en no encender un cigarro hasta que alcance la farmacia, donde la farmacéutica me sonríe y pregunta: «¿Lo mismo?». A lo que contesto: «Lo mismo», pero en realidad siempre sopeso responder algo diferente, tipo: «No, hoy solo una crema dulce para las manos o un champú amargo contra la calvicie». Mis medicamentos y yo nos trasladamos de vuelta en el 17 con la esperanza de que nos disolvamos pronto en la espesura química de la periferia, para dejar de una vez por todas el centro en paz.

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