DE LITERATURA Y DE CINE | LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS

Por: Tomás Sánchez Rubio


En la última Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, celebrada en Sevilla desde el 16 de noviembre al 9 de diciembre del pasado 2018, adquirí un ejemplar de la desaparecida revista literaria española Novelas y Cuentos. Se trataba del número 203, publicado, dentro de esta colección, el domingo 20 de noviembre de 1932, que reproducía el relato La torre de los siete jorobados (1920) de Emilio Carrere, bajo el epígrafe “Novela policíaca”. Marcaba un precio de treinta céntimos de las antiguas pesetas.

La revista Novelas y cuentos llegaba a los lectores con una periodicidad semanal, y se editaba en el formato de prensa de la época. En la misma veían la luz obras literarias clásicas y contemporáneas, tanto de narradores españoles como extranjeros. Precisamente, su catálogo completo -1.842 números entre 1929 y 1966-, publicado a finales de 2017 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), se debió al investigador Antonio González Lejárraga.

El primer ejemplar salió a la venta el 6 de enero de 1929, a 20 céntimos: se trataba de Un asunto tenebroso, de Honoré de Balzac (1799-1850); mientras el segundo correspondía a La guerra de los mundos, de Herbert George Wells (1866-1946). Para hacernos una idea de la diversidad de autores difundidos, merece señalarse que el número 202, el inmediatamente anterior al que nos ocupa, era El archidiablo Belefegor, “fábula” ambientada en el reino de Nápoles durante la época de Carlos de Anjou, y escrita por el florentino Nicolás de Maquiavelo… El número siguiente, el 204, correspondía a Doble error, de Prosper Mérimée.

La segunda página de esta revista editada por Josur-Madrid, con domicilio en la calle Larra de Madrid, encerraba interesantes reseñas y críticas literarias de las últimas novedades editoriales del momento.

Con aquel ejemplar entre las manos, mi mente se retrotrajo alrededor de treinta años, cuando -lo recuerdo perfectamente- tuve el placer de ver con interés, en un ciclo de cine español de los lunes por la noche en la “segunda cadena” de Televisión Española, la original versión cinematográfica de La torre de los jorobados (1944), protagonizada por un magnífico elenco de actores encabezado por Antonio Casal, Isabel de Pomés y Guillermo Marín. La película estaba dirigida por un Edgar Neville desconocido entonces para mí, pero cuyo trabajo, a lo largo de los años, ha acaparado no pocas veces mi atención y mi admiración.

Efectivamente, pienso que se merece estas líneas, como sencillo homenaje, un título que ha servido de confluencia a dos creadores prolíficos, polifacéticos y excepcionales, Carrere y Neville, distintos pero complementarios, que se dieron cita –como escritor y autor de la versión fílmica respectivamente- en una peculiar obra, sobresaliente dentro de la reciente historia literaria y cinematográfica de nuestro país.

Empezaremos diciendo que la novela La torre de los siete jorobados, escrita por Emilio Carrere, fue publicada por primera vez completa en 1920. En su origen parece que se incluyeron retazos de obras previas del autor; del mismo modo, hubo capítulos que habrían sido completados por Jesús de Aragón y Soldado (1893-1973), conocido por “el Verne de Valsaín” -interesante escritor gótico español, autor de La sombra blanca de Casarás (Barcelona, 1931)-. En el relato, ambientado en Madrid, Carrere introduce personajes inspirados en el pintoresco ambiente intelectual de su entorno, como Ramón María del Valle Inclán o Rafael Cansinos Assens.

Emilio Carrere Moreno, nace en Madrid, el 18 de diciembre de 1881, casi por los mismos días que el escritor austriaco Stefan Zweig, o el poeta español Juan Ramón Jiménez. Muere a los sesenta y cinco años, también en Madrid, el 30 de abril de 1947. Carrere fue un poeta, periodista y narrador, adscrito a la corriente, sobre todo poética, del decadentismo modernista, junto a Isaac Muñoz o Melchor Almagro, entre otros. Era hijo de Eloísa Carrere Moreno, madre soltera de veintinueve años, y de Senén Canido Pardo, un abogado con ambiciones políticas que se desentendió de él. Huérfano de madre al mes de nacer, fue confiado a su abuela, con la que permaneció hasta que el padre, más tarde, cambió de idea y quiso llevarlo consigo. Este último legó la mayor parte de su biblioteca a su hijo natural, así como una importante suma de dinero.

Hombre de tempranas inquietudes artísticas, Emilio tuvo como primera vocación la pintura, interesándose más tarde por el teatro, lo que le llevó a inscribirse en la escuela de declamación del Centro Instructivo Obrero, sociedad creada en 1887 como centro de enseñanza para las clases trabajadoras con su sede inicial en la madrileña calle de la Flor Alta, 9. Más tarde, entró como empleado, gracias a la influencia de su padre, en el Tribunal de Cuentas.

Carrere publicó sus primeros versos en los semanarios La Avispa y La Chispa y frecuentó las tertulias literarias. Hizo amistad con el pintor Julio Romero de Torres, el escritor Alejandro Sawa, o el compositor de zarzuela Federico Chueca. En 1902 publicó su primer libro, Románticas, poemario de tono becqueriano. Se casó en 1906 con Milagros Sáenz de Miera. Seguidamente prepara una antología de poesía modernista, que se publicó con el título de La corte de los poetas, florilegio de rimas modernas, y en cuyo prólogo defiende la nueva estética. En 1907 comenzó a publicar en revistas novelas cortas sobre el inframundo madrileño de la época: La cofradía de la pirueta, La tristeza del burdel, La conquista de la Puerta del Sol, Un hombre terrible, evidenciándose en ellas su afición a la teosofía.

Políticamente, fue evolucionando a posturas abiertamente más conservadoras. Entre 1935 y 1936 colaboró en Informaciones. Tras la Guerra Civil, trabajó en el diario Madrid. Fue nombrado cronista oficial de la villa de Madrid en 1943. Como otros autores que se significaron a favor de la dictadura, su obra cayó luego en el olvido, siendo redescubierta a finales del siglo XX, coincidiendo con un interés renovado por la bohemia y la literatura fantástica. Tanto su novela La torre de los siete jorobados, como su adaptación cinematográfica se consideran clásicos de este género.

La acción de la obra, con elementos mágicos y fantásticos, se sitúa a finales del siglo XIX. A Basilio Beltrán, joven jugador, se le aparece en unas de sus veladas el fantasma de don Robinsón de Mantua que le revela unos números ganadores y le pide, a cambio, que proteja a su sobrina Inés de los graves peligros que la acechan. En una de sus exploraciones arqueológicas don Robinsón descubre que en el subsuelo de Madrid hay una ciudadela subterránea donde se habían escondido los judíos que no quisieron abandonar España cuando se decretó su expulsión. Ahora, este refugio está habitado por una banda de jorobados capitaneados por el doctor Sabatino…

La citada adaptación cinematográfica de 1944, del mismo título del libro, es realizada por Edgar Neville, con ciertos cambios respecto a la novela original como son la eliminación de personajes y una reducción de los elementos sobrenaturales. Es una película donde se unen, con sorprendentes resultados, lo castizo de la época con la leyenda, lo policíaco, el terror, la aventura y la ficción. Se podría definir como comedia fantástica con elementos de terror… La cinta, de ochenta y cinco minutos, fue producida y distribuida por Germán López Prieto (España-Films).
En esta película podemos ver que Edgar Neville tuvo influencias de la ambientación y escenografía del cine expresionista alemán, de cuya corriente es una muestra El gabinete del doctor Caligari, estrenada en 1920 y dirigida por Robert Wiene.

Si en el caso de Emilio Carrere hemos visto una vida llena de avatares y detalles “extravagantes”, notas semejantes podemos ver en Edgar Neville Romrée (Madrid, 28 de diciembre de 1899 – Madrid, 23 de abril de 1967), si bien partiendo de un origen socioeconómico bien distinto. Al fin y al cabo, ambos eran hijos de su tiempo y del ambiente literario y artístico tan rico y peculiar en que se movían.

Neville fue un diplomático, escritor, dramaturgo, director de cine y pintor. Tuvo el título nobiliario de IV conde de Berlanga de Duero. Murió con sesenta y siete años. Nacido en la calle de Trujillos de Madrid, y educado en el colegio de Nuestra Señora del Pilar, Vivió también en La Granja de San Ildefonso (Segovia) y cursó estudios en el colegio del Pilar, donde se relacionó con quienes constituirían parte de la futura intelectualidad española. Desde muy pronto mostró afición a las letras. Su padre fue Edward Neville Riddlesdale, ingeniero inglés que se ocupaba en España de los negocios de la empresa de motores de su padre, afincada en Liverpool; por otro lado, su madre era María Romrée y Palacios, hija del conde de Romrée y de la condesa de Berlanga de Duero, título que heredaría él.

Cursó estudios de Derecho, pero pronto mostró afición por el teatro. Tras el desengaño amoroso con una joven actriz de la época, se alistó en los húsares que eran destinados a la Guerra de Marruecos. A raíz de una enfermedad es devuelto a España. Marchó a Granada, donde consiguió terminar sus estudios de abogado, entablando amistad con Federico García Lorca y Manuel de Falla, con quien compartió la pasión por el flamenco y las letras. Casó con la malagueña Ángeles Rubio-Argüelles y Alessandri, con quien tuvo dos hijos, Rafael y Santiago. Más tarde, se relacionó sentimentalmente con Conchita Montes. Por entonces entabló nuevas relaciones amistosas, en sus frecuentes visitas a Málaga, con el pintor Salvador Dalí y los poetas Manuel Altolaguirre o Emilio Prados. Con el ánimo de conocer mundo ingresó en 1922 en la carrera diplomática. Tras varios puestos en el extranjero, fue destinado como Secretario en la Embajada en Washington. También viajó a Los Ángeles, lugar que le atrajo por las posibilidades que le ofrecía para introducirse en el mundo del cine, donde traba amistad con Charles Chaplin, quien le contrató como actor de reparto en su película Luces de la ciudad. A partir de esos momentos, a su vuelta a España, se dedica sobre todo al mundo del cine.

Mención especial merece su colaboración junto a Tono, Antonio Mingote y Mihura en la revista de humor La Codorniz.

Tras una treintena de títulos como director de cine y una veintena de libros, su obra fue ampliamente reconocida con numerosos premios, donde se cuentan el Fastenrath, o el Premio Nacional de Literatura.

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