PRELUDIO DE NIEBLA

Por: Francisco Acosta (Profesor de Piano. Compositor y Pianista)


¿Os acordáis cuando hacíamos autostop? Siendo estudiante lo practiqué mucho. Es invierno, media tarde. Un preludio de niebla anuncia bajada de temperatura. A pesar del frío decido salir de casa para hacer una visita sorpresa a un buen amigo. A los dos nos gusta leer y escuchar música, así que quiero enseñarle mi última adquisición literaria y musical. Ataviado con una carpeta de apuntes y una pequeña mochila me lanzo a la carretera a dejarme llevar en coche por cualquier desconocido. En el zurrón llevo un ejemplar de Niebla junto a un disco de Preludios para piano. ¡Qué alegría se llevará mi amigo al verme llegar con nuestros adorados Unamuno y Scriabin! (Pienso). Mis manos comienzan a sufrir el viento helado y el frío se cuela por mi espalda pero, a los pocos minutos de espera, un turismo rojo me rebasa y frena en el arcén.

– ¡Eh, chaval! ¿Adónde te diriges?

– A Cádiz.

– Sube, te llevamos.

Entro en el coche y doy las gracias. Les comento que soy estudiante y quiero visitar a un amigo para darle una sorpresa que le encantará. Ellos no hablan. Seguimos así varios kilómetros. El silencio empieza a levantar mis sospechas. No sé, intuyo un mal presagio.

– ¡Sorpresa! ¡Ahora verás! (me dice el copiloto volviéndose hacia mí).

Son tres; dos chicos delante y una chica detrás, a mi lado. El conductor da un volantazo brusco y se pierde por una carretera de servicio hacia los campos de algodón. Mi sorpresa es tremenda cuando el copiloto me amenaza con un enorme cuchillo. La chica comienza a registrarme y, pálido y sin dar crédito, me quedo paralizado.

– ¡Venga, danos todo lo que tengas de valor! Y si no colaboras te arrojaremos al canal de desagüe y cuando las fuerzas te fallen morirás. Al encontrarte pensarán que sufriste un resbalón y caíste golpeándote en la cabeza, y perdiendo el conocimiento te ahogaste.

– ¡Sólo tengo un libro y un disco de piano…!

– ¡He dicho algo de valor, no esa mierda!

Hago ademán de coger la cartera para sacar el poco dinero que llevo y de un golpe rápido abro la puerta del coche y corro. Vuelo como un condenado y me pierdo en la vegetación de los sembrados. Oigo gritos a mis espaldas, pero yo tengo alas; soy el haz de luz del rayo. Miguel y Alexander brincan dentro de la mochila y corren conmigo dándome ánimos de salvamento. Rescato lo más preciado que tengo: mi libro y mi disco de piano. Hoy sigo teniendo especial predilección por Unamuno y Scriabin. ¡Yo sé cuánto valen…!

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