JULIO ROMERO DE TORRES | EL PINTOR DE LA SENSUALIDAD

EL ATRIL

Por: Isabel Rezmo


“Si a mí me hubiesen dado a escoger entre la gran personalidad de Leonardo Da Vinci –por el que siento una admiración tal que lo reputo como el primer pintor de la historia–, o la de Juan Breva, no habría vacilado. Yo hubiera sido Juan Breva, es decir, el mejor cantaor que ha habido…”.

Con esta frase  de Julio Romero de Torres, abrimos este mes nuestra sección  El Atril, para presentar uno de los pintores españoles más relevantes de la primera mitad del siglo XX.

Este pintor, exponente emblemático de la identidad cordobesa de principios del siglo XX, probó suerte en el cante cuando rondaba 20 años, antes de decantarse definitivamente por los pinceles. La frase en la que Romero de Torres compara su devoción por Da Vinci y Juan Breva está sacada de una entrevista con motivo de su presencia como miembro jurado del Concurso de Cante Hondo del Teatro Pavón en 1925 y termina con un amargo reconocimiento “…yo también traté de cantar (…) pero ¿para qué repetirlo? (…) Fracasé”

Su formación corrió a cargo de su padre, el pintor romántico Rafael Romero Barros, que llegó a ser uno de los pilares de la cultura cordobesa de su momento, siendo fundador y director de la Escuela de Bellas Artes y del Museo cordobés. Varios miembros de su familia fueron también artistas. Entre otros reconocimientos, cuenta con una calle dedicada, así como un monumento en los jardines de la Agricultura y un museo, en la que fuera su casa natal, donada junto a sus posesiones y cuadros por sus herederos a la ciudad de Córdoba.

Supo pintar como nadie a la mujer andaluza. Son mujeres fuertes, morenas de piel, de pelo oscuro, con miradas penetrantes e incluso desafiando a la época en la cual vivían. Y no solo son mujeres sensuales, seductoras, fuertes y valientes sino que son reflejo de una época, con sus modos de vida, su lucha diaria, sus batallas, alegrías y sinsabores.

Expresó  su gran pasión por el flamenco y la copla,  seña de identidad de su querida tierra. Además fue un gran retratista,   coqueteó con el género del cartel publicitario (corriente muy de moda por esa época y procedente de Francia);  temas religiosos o  el bodegón.

Fue utilizado por el régimen de Franco aunque sobre esto  Mercedes Valverde, estudiosa de la obra del cordobés, puntualiza lo siguiente en el catálogo de la exposición Miradas en Sepia, celebrada en el 2006 en el Círculo de la Amistad de Córdoba:

 Tuvo amigos íntimos como Los hermanos Machado, Valle Inclán o Gómez de la Serna y fue amigo muy querido de una andaluza republicana y feminista a la que retrató en plena madurez, Carmen de Burgos, pareja durante veinte años de Gómez de la Serna, en una relación muy atrevida en aquella época pues ella era bastante mayor que él. Tanto Carmen como Ramón eran fervientes defensores de la pintura de Julio. Otra mujer feminista, rompedora en aquellos tiempos, fue la socialista Margarita Nelken, a quien retrató también y que formó parte de la lista de amigos de aquel “folklórico pintor de la mujer morena”.

Lo cierto es que cuando le llegó el éxito en la etapa final de su vida, y adquirió fama internacional, sus cuadros se convirtieron en iconos en algunos países. Muchas mujeres quisieron ser retratadas por “el pintor que mejor pintaba a las mujeres” como Josephine Baker, gran diva americana del teatro de variedades, Adela Carbone de Arcos, y su hermana Mery; actrices italianas, Pastora Imperio, a la que hizo al menos cuatro retratos, Tórtola Valencia, gran diva española del Music Hall internacional, Concha Piquer, La bella Otero, famosa bailarina española que triunfara en EEUU, apodada “la Madonna”. Anita Delgado, Princesa de Kapurthala, y un largo etcétera entre el que se encontraban aristócratas y “decentes” mujeres de los círculos burgueses.

BIOGRAFÍA

Hijo del también pintor y conocido Rafael Romero y Barros, director del Museo Provincial de Bellas Artes de Córdoba, comenzó su aprendizaje a las órdenes de su padre en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Córdoba a la temprana edad de 10 años. Gracias a su afán por aprender, vivió intensamente la vida cultural cordobesa de finales del siglo XIX y conoció ya desde muy joven todos los movimientos artísticos dominantes de esa época. En 1890 realiza lo que sería su primera obra conocida La huerta de los Morales

Julio Romero de Torres participó con intensidad en todos los acontecimientos artísticos de Córdoba y España. Ya en el año 1895 participó en la Nacional en Madrid, donde recibió una mención honorífica. También participó en las ediciones de 1899 y 1904, donde fue premiado con la tercera medalla. En esta época inició su experiencia docente en la Escuela de Bellas Artes de Córdoba.

En 1906, el Jurado de la Nacional rechazó su cuadro Vividoras del Amor, lo que provocó que el Salón de Rechazados fuera más visitado que las salas de la Exposición Nacional. Ese mismo año marchó a Madrid, para documentarse y satisfacer su inquietud renovadora. Después realizó viajes por toda Italia, Francia, Inglaterra y los Países Bajos.

En 1907 concurrió ya con los pintores más renombrados de la época a la exposición de los llamados independientes en el Círculo de Bellas Artes. Poco después obtuvo por fin su primera medalla en la Nacional del año 1908 con su cuadro Musa gitana. También recibió el primer premio en la Exposición de Barcelona de 1911 con el Retablo de amor, y dos años después en la Internacional de Munich del año 1913. En la Exposición Nacional de 1912, cuando Romero de Torres aspiraba a la medalla de honor, su obra no fue reconocida, lo que provocó que sus admiradores le entregaran una medalla de oro cincelada por el escultor Julio Antonio. Cuando sus cuadros tampoco fueron premiados en la Exposición de 1915 con la medalla de honor decidió retirarse definitivamente de las Exposiciones Nacionales.

En 1916 se convirtió en catedrático de Ropaje en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, instalándose definitivamente en la capital. A partir de aquí, su obra comenzó a representar el pabellón español en diversos certámenes internacionales, convocados en París]], Londres, etc. Sin embargo, el gran momento de éxito se produjo en Buenos Aires, el año 1922. En agosto de ese mismo año Julio Romero de Torres había viajado a la República Argentina acompañado de su hermano Enrique, y en los últimos días de este mismo mes se inauguró la exposición, que fue presentada en el catálogo por un espléndido texto de Ramón Valle-Inclán. La muestra constituyó un éxito sin precedentes.

Fue miembro de la Real Academia de Córdoba y de la de Bellas Artes de San Fernando. También exhibió su obra en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929, y en múltiples exposiciones individuales en nuestro país y en el extranjero. El 18 de diciembre de 1922 el Ayuntamiento de Córdoba lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad.

A principios de 1930, Julio Romero de Torres, agotado por el exceso de trabajo y afectado de una dolencia hepática, volvió a su Córdoba natal para tratar de recuperarse. Pintando en su estudio de la Plaza del Potro, realizó entre los meses de enero y febrero la que sería su obra final y más célebremente conocida, La chiquita piconera.

“La Chiquita Piconera”

El 10 de mayo de 1930 moría Julio Romero de Torres en su casa de la Plaza del Potro en Córdoba, hecho que conmocionó a toda la ciudad. Las manifestaciones de duelo general que produjo su muerte, en las que participaron en masa desde las clases trabajadoras más humildes hasta la aristocracia cordobesa, dejaron patente la inmensa popularidad de que gozaba el pintor cordobés.  Su  féretro fue llevado a hombros hasta la Mezquita-Catedral para el funeral y de allí a la Plaza de Capuchinos para despedirse de la Virgen de los Dolores, donde un violinista interpretó la «Reverie» de Robert Schuman, como oración fúnebre.

Casado con Francisca Pellicer y López,-hermana del escritor, poeta y dramaturgo Julio Pellicer-, tuvo tres hijos Rafael Romero de Torres Pellicer, Amalia y María.

OBRA Y TÉCNICA

El grueso de su obra se encuentra en Córdoba en el Museo Julio Romero de Torres, donde se puede admirar el amplio repertorio de cuadros que fueron donados por su familia, por coleccionistas privados o comprados por el Ayuntamiento. Entre las obras más destacadas de este maestro figuran Amor místico y amor profano, El Poema de Córdoba, Marta y María, La saeta, Cante hondo, La consagración de la copla, Carmen, y por supuesto, La chiquita piconera.

Las características principales de su obra pueden resumirse en simbolismo, precisión de forma y dibujo, luz suave en ropajes y carnes, extraña luz de escenarios, Poética artificiosidad de escenarios, Dominio de la morbidez , Capacidad enorme para representar la figura humana, Paisajes que refuerzan el simbolismo, Paisajes donde la realidad se convierte en alegoría , Paisajes listos para ser degustados por el alma “sin detenerse en la superficie coriácea de las cosas y Paisajes desmaterializados para su última vivencia con el espectador.

Tres etapas podemos apreciar en la obra de este pintor modernista. Una inicial, que acabaría en 1908. Una central que terminaría en 1916. Y una final, que acabaría con su muerte en 1930.

Primera etapa (1900-1908)

Generación del 98: En 1903, Julio Romero viaja con su hermano Enrique por Marruecos. Pinta La monta y Calle de Tánger, entre otras obras, con un aire de temática africana. Al año siguiente viaja por Francia y los Países Bajos. A su regreso permanece en Madrid. Frecuenta el Café de Levante, que ya visitó con motivo de su fundación el año anterior, en compañía de Valle-Inclán. Conoce a los hermanos Machado, Pío Baroja, Pérez de Ayala, Alejandro Sawa, Antonio de Hoyos o Emilio Carrere. Coincide con colegas y amigos como Zuloaga, Solana, Rusiñol, su paisano Mateo Inurria, Anglada Camarasa o Rodríguez Acosta. Su amistad con el grupo de escritores modernistas, especialmente con Ramón María del Valle-Inclán y Manuel Machado, va a influir en su manera de hacer pintura.

Retablo del Amor

Modernismo (1908-1915): En 1908, Romero viaja por Italia, Francia y Reino Unido. Estudia el Renacimiento y conoce a fondo los primitivos italianos. Tras el viaje, el contenido de su obra y el tratamiento de su pincelada cambió radicalmente. Con influencias como las de Tiziano en su obra Amor sagrado y amor profano, Julio Romero inicia una nueva etapa, un ciclo de pinturas en el que la mujer se convierte en heroína. Deja atrás sus obras costumbristas o de preocupación social y se adentra en su etapa modernista. Significativa también  en este periodo su obra Retablo del Amor.

Etapa de madurez (1916-1930): En 1915, Romero de Torres se instala en Madrid. Vivirá en la Carrera de San Jerónimo, número 15, junto al Congreso de los Diputados. Su estudio lo monta en la calle Pelayo, en un piso que le facilita el doctor Floristán Aguilar, dentista personal del rey Alfonso XIII. Ese año expone, en sección especial fuera de concurso, 15 obras en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Frecuenta el Café Pombo y firma el manifiesto aliadófilo junto a Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Ortega, Machado, Valle, Galdós, Casas, Zuloaga, Unamuno, Azaña. Su obra Carmen es adquirida por el diestro Juan Belmonte. Romero ilustra Los intereses creados de Benavente.

Desde 1916 y hasta el final de sus días, fue profesor de “Dibujo Antiguo y Ropaje” en la llamada Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, instalada en el mismo edificio de la Real Academia de San Fernando. Julio Romero se relaciona con la Revista España, dirigida primero por Ortega y más tarde por Araquistáin y Azaña. También asiste a las tertulias de la Maison Dorée, en la que se dan cita las grandes figuras del “modernismo” español. La familia Oriol le encarga la decoración de la capilla de su finca de El Plantío, en las cercanías de Madrid. Allí pinta un mural sobre el tema de la Eucaristía.

Obras de esta etapa: Retrato de la señorita_Julia_Pachelo , La muerte de Santa Inés  o Cante Hondo:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIBUJANTE Y RETRATISTA

El cordobés fue un auténtico maestro en esta técnica, un dibujante de trazo firme, seguro y expresivo. Obras como “Nuestra Señora de Andalucía”, que inaugura su etapa de madurez, o “Musa gitana”, que le valió en 1908 la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Junto al gusto por el decorativismo y el contenido simbólico, en esta primera época se aprecian ya elementos que serán básicos en el lenguaje maduro de Romero de Torres, como la maestría del dibujo y la precisión formal.

Como retratista Cerca de un millar de obras; unos 500 retratos identificados, de los que más de 400 pertenecen a actrices, aristócratas, bailarinas, cantantes, literatas y un larguísimo etcétera que aleja a Julio Romero de Torres de los tópicos que se han repetido e impuesto a lo largo de los años y que (des)dibujan su imagen como la del «pintor de la mujer cordobesa».

Romero de Torres fue mucho más que eso; fue el cronista de toda una época, desde 1915 hasta 1930. Plasmó en sus lienzos todos los estamentos sociales como retratista, porque no olvidemos que eso es lo que fue: la mayoría de sus obras eran encargos oficiales y fue tan prolífico que llegó a simultanear cuatro y hasta cinco trabajos. Era un obrero de los pinceles.

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