LORCA Y LA TRANSVERSALIDAD DEL ARTE

Por: Marta Muñiz Rueda


La figura de Federico García Lorca como poeta y dramaturgo es conocida universalmente por todos nosotros. Sin embargo, el caso de García Lorca puede considerarse en la historia del arte y la literatura como uno de esos ejemplos de genialidad transversal desbordante. Lorca era un creador multidisciplinar y un claro exponente del arte total.

Siendo niño comenzó a estudiar piano en Granada, con su profesor Antonio Segura Mesa. Lorca amaba la música y durante su infancia, adolescencia y juventud, se sentirá más músico que poeta. Durante un recital en la ciudad de La Alhambra, impresionará a Fernando de los Ríos al interpretar al piano una sonata de Beethoven con gran pasión y excelente técnica. Tanto es así, que este profesor y político humanista ayudará a Lorca en sus proyectos a partir de ese instante. Sus amigos de Granada, por aquel entonces, ven en Lorca a un músico.

Será la fatídica muerte de su maestro Antonio la causa de su repentino alejamiento del piano, o al menos esta circunstancia puede explicar que Lorca abandonase sus aspiraciones de matricularse como alumno en el Conservatorio de París para ampliar sus estudios musicales y alcanzar el virtuosismo. Sin el alma de su maestro Lorca se sintió perdido, las teclas del piano le producían vértigo y la ausencia de guía dio paso a un vacío profundo. Es entonces cuando nace el Lorca poeta, un poeta inundado de notas y matices, de sonidos y melodías, pues sus poemas tienen ritmo y tonalidad propias. Son el vivo reflejo de la música popular que el autor escuchaba. También de la clásica en otras ocasiones.

La música, por tanto, es un elemento intrínseco a su creación dramática y poética.

“Empieza el llanto/de la guitarra. /Es inútil callarla.”

No en vano titulará dos de sus libros bajo los términos: “Primeras canciones” y “Canciones”. Le dedicará a madeimoselle Teresita Guillén, ‘tocando en su piano de seis notas’, el célebre poema infantil: “El lagarto está llorando” y años más tarde escribirá sus “Suites”, eligiendo esta clasificación en clara referencia al género musical que abarca varias piezas breves, a veces en forma de danza, independientes entre sí, pero escritas en una tonalidad común. Releyendo sus “Suites” he tratado de establecer esa ‘tonalidad común’ que Lorca tal vez vio en ellas. No forzosamente tendría que ser así, una suite poética en el siglo XX no está obligada a seguir los cánones de la música considerada ‘clásica’ o academicista, pero analizando este grupo de poemas, veo un factor presente en todas las piezas que podría ser la tonalidad de enlace: la sombra amenazante de la muerte.

El sentimiento trágico de la vida que impregna toda la obra lorquiana expresa su esencia en sus “Suites” de un modo delicado, lleno de alegorías y metáforas propias de la simbología del autor: la luna, la noche, el agua, la piedra, la belleza fría, la sangre, las lágrimas, el deseo… Lorca es acaso el poeta musical por excelencia. Aun cabrían muchos más ejemplos de la presencia de ritmo y melodía en sus poemas y en su obra dramática. Lorca no sería Lorca sin esa visión transversal del arte.

En 1920 Federico, ya poeta, pero también músico, conocerá a alguien que será una figura trascendental en su vida y en su trayectoria artística: Manuel de Falla.

Ambos acuden en Granada a la “Tertulia del Rinconcillo”, en el Café Alameda, en la conocida Plaza del Campillo.

Manuel de Falla había regresado a Granada en septiembre de 1920 y durante el verano de 1921, Lorca visitó al compositor en su casa del Carmen de Santa Engracia, muy próximo a La Alhambra.

Entre ellos se forjó una sólida amistad que intensificó su pasión común por la música popular y tradicional andaluza. Falla y Lorca recorrieron juntos muchos pueblos de Andalucía en busca de canciones antiguas, con la intención de rescatar del olvido un patrimonio cultural que es esencia y alma del sur. Así nació su libro ‘Poema del Cante Jondo’ y juntos organizaron en Granada, en el año 1922, el Primer Certamen de Cante Jondo que pretendía, como digo, devolver vida y amparo a la música tradicional de su tierra.

Durante esta época Lorca armonizará varias canciones populares que han trascendido al cancionero español con éxito y que hoy en día se siguen interpretando en ocasiones según su versión: “Anda Jaleo”, “Los cuatro muleros”, “Las tres hojas”, “Los mozos de Monleón”, “Las morillas de Jaén”, “Sevillanas”, “El café de Chinitas”, “Nana de Sevilla”, “Los pelegrinitos”,  “Zorongo”, “Duérmete, niñito mío”y “Canción de otoño en Castilla”. También recogió otras canciones que fueron armonizadas por su amigo músico Emilio de Torre: “Romance de Don Boiso”, “Los reyes de la baraja” y “La Tarara”.

De su amistad con Manuel de Falla surgió la idea de crear un teatrillo ambulante que llevaba por nombre “Los títeres de cachiporra”, proyecto que terminó por convertirse en un icono del teatro musical de marionetas. En la Navidad de 1923, el día de Reyes, Falla y Federico interpretaron al piano, en casa del poeta, la obra: “La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón”, viejo cuento andaluz en tres estampas y un cromo. Y como propina, el “numeroso público presente” pudo escuchar, ‘por primera vez en España’, según el propio Lorca: “La historia del soldado”, de Igor Stravinsky.

Estas representaciones muestran esa obsesión de Lorca por fusionar lo culto y lo popular, pues el teatrillo de títeres se inspiraba en los ballets rusos de Diaghilev, y fue Manuel de Falla quien compartió con el joven Lorca sus conocimientos de una nueva estética europea.

También juntos intentaron llevar a término sin conseguirlo, una opereta lírica: “Lola, la comedianta”. En 1924, será el propio Manuel de Falla quien presente a Federico a Juan Ramón Jiménez, autor que impresionará profundamente al poeta granadino y le acercará definitivamente al grupo poético de la Generación del 27.

A partir de ese momento Lorca se centrará en su producción poética, aunque la música siempre le acompañará e influirá en el carácter y la esencia de toda su obra. Compondrá melodías a varios personajes de su “Romancero Gitano”: “Prendimiento de Antoñito el Camborio”, “Muerte de Antoñito el Camborio”. Y será él mismo quien ponga ‘banda sonora’ a sus personajes de teatro cuando cantan, ideando temas musicales para “Mariana Pineda”, “La zapatera prodigiosa”, “Bodas de sangre” y “Yerma”.

En 1927 su amistad con Salvador Dalí, a quien Lorca dedica una oda magnífica (“Oh Salvador Dalí de voz aceitunada”), despierta en el poeta su afición al dibujo. Ambos creadores se acercarán definitivamente al surrealismo. Los dibujos de Federico son como poemas visuales que nos transportan a su propio universo, una atmósfera en la que el presagio de un destino trágico lo invade todo.

La genialidad tiene muchas formas de escribirse. Puede brotar en forma de notas, de colores, de palabras. Al fin y al cabo, es pura emoción. Lorca fue un artista total. Por eso en Granada o en Madrid, cuando Federico abandonaba una fiesta, sus invitados temblaban de frío. 2019 es una fecha clave en el recuerdo del autor de “poeta en Nueva York”, un año Lorca, ya que se cumplen cien de su llegada a Madrid, el momento en el que Federico viviría una de sus experiencias más trascendentales, su llegada a la Residencia de Estudiantes, aterrizaje definitivo que unirán su vida y su obra a la de toda una generación.

BIBLIOGRAFÍA:

-Fundación García Lorca. Junta de Andalucía.

-GARCÍA LORCA, Federico. “Obras completas. Edición del cincuentenario.” Aguilar Ediciones 1986.

-UMBRAL, Francisco. “Lorca, poeta maldito”. Editorial Bruguera Libro Amigo, 1977.

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