¿MATRICES LITERARIAS DE LA POSTMODERNIDAD?

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


1. En un afán didáctico, para acercar al estudiante las ideas y los acontecimientos históricos, se suelen clasificar y organizar por paquetes más o menos homogéneos esas ideas y esos acontecimientos. A este paquete se le da un nombre, “Modernidad”, por ejemplo y cuando un ligero movimiento de la historia cultural anuncia un cambio en esta historia, rápido se busca un nuevo empaquetado al que, necesariamente, hay que darle un nuevo nombre, contrapuesto al anterior o en relación con él, si no tiene identidad definida para darle una etiqueta más ‘propia’ y precisa.

Está claro el delirio que le causa a la mente la sucesión de ‘modernidades’ a la que hemos asistido: de la ‘invención’ de la Edad Moderna, renacentista, a la modernidad de Baudelaire, a “les temps modernes” de J.P. Sartre y la ‘nueva modernidad’.  La razón es evidente: todo el mundo, en su época, se quiere moderno, del mismo modo que se quiere vanguardista (y de ahí, Las Vanguardias y las sucesivas “nuevas vanguardias”. El afán didáctico y su empaquetamiento (en ocasiones da la impresión de que la enseñanza es una agencia de paquetería) y el afán de toda nueva generación por afianzarse, frente a la anterior, sobre el principio de la novedad y la aventura, contra la tradición y el orden  (recuperando en hermoso título  de Guillermo de Torre (La aventura y el orden, Losada, 1948) crean, a mi parecer no pocos problemas a la hora de analizar la evolución de las corrientes culturales, privada de su curso en libertad, intermitente, ramificado, desigual, contradictorio, etc..

Algo así ocurre con los presupuestos ideológicos que sustentan la llamada Postmodernidad  (hoy en trance de dejar de estar de moda) que, al nombrarla así, modernidad, pero con un prefijo posicional, post, parecen ser muy anteriores y sistemáticamente puesta a la muerte de los grandes sistemas filosóficos modernos que organizaron el espacio, amplio espacio de las sucesivas modernidades. Sin embargo esta oposición, tonto formal como temáticamente no ha sido tan evidente.  La literatura, en el más amplio sentido de este término, ha sido, desde hace ya muchos siglos, tanto en sus manifestaciones más alejadas del pensamiento (el lirismo) como en las más cercanas (el ensayo), el descampado cubierto de cardos y de plantas rastreras cuyo subsuelo ha sido horadado sistemáticamente por dichos presupuestos, hasta tal punto que los aspectos más dinámicos, de la Modernidad, por marginales y por heterodoxos son en no pocas ocasiones auténticas madrigueras en los que empieza a proliferar y tomar fuerza aspectos que serán esenciales en la  Postmodernidad. Razón por la cual este concepto,  me disguste profundamente; como, en su día (y ya lo puse de manifiesto en mis escritos sobre Realismo y Romanticismo) me molestó profundamente,  y por razones similares, el de Prerromanticismo.

Repudio, en el campo del pensamiento los conceptos posicionales (post y pre) que definen una realidad en función de los elementos que la preceden o que la siguen, como si esa realidad no tuviera entidad propia, aunque no insular. Estos vocablos constituyen una coartada conceptual que nos eximen de penetrar en el ensí de las realidad conceptual contemplada, describiéndola en función de… (en función de premisas ya establecidas), lo que nos lleva, indefectiblemente, a una aprensión relativa y feudal de esas realidades – vicio mayor de un historicismo totalizador y radical.

Personalmente, prefiero situar cada acontecimiento en el devenir de una dinámica histórica, insoslayable, en la cual adquiere su propia  identidad (y su nombre propio, si hace falta un nombre). Una dinámica que potencie la fluidez que permite ver la continuidad y el contraste, la progresión y las paradas que llevan la mirada hacia atrás y las contradicciones que viven en su interior. El concepto de ‘modernidad’, como bloque compacto con sus orejeras ideológicas prepotentes, me molesta, pues no se atiene a una conciencia conceptual de los hechos; sino a una conciencia ocasiones ligada al prurito emocional de lo que podíamos llamar el ‘orgullo generacional’. ¡Cuánto más hermoso y exacto es el concepto y la subsiguiente etiqueta de Humanismo!

Si la Filosofía, atendiendo a su voluntad tradicional de organizarse en sistemas, es susceptible de tolerar su rotundidad de cubo y de acero, la Literatura, pulsional por naturaleza, fragmentaria por imperativo genético (a pesar del esfuerzo sistemático que implica la organización del sistema de los géneros, cuando los géneros se organizan como sistema), veleidosa y mentida en su dependencia de los humores y circunstancias más triviales del individuo que la escribe (por imperativo estilístico), la Literatura, frívola y subjetiva, no se ha integrado nunca, a mi entender, en el espacio de la Modernidad, si por tal entendemos la conciencia filosófica que rige Occidente después del Renacimiento y que tiende a organizar la visión del mundo y de la vida es grandes  sistemas (racionales- conceptuales y matemáticos).

El hecho de que la ´filosofía’ de los dos últimos siglos sea cada vez más literaria, el hecho de que el filósofo pase a ser, cada vez en mayor y mejor medida, un pensador,  puede ser un argumento que nos de la razón. El hecho de que la Literatura, a su vez,  en las postrimerías de la modernidad baudelairiana, sea cada vez más filosófica no hace sino corroborar lo ya dicho: si los filósofos estudian hoy ciertos textos literarios como esenciales es porque consideran que la fuerza  que los mueve ha conseguido burlar las fronteras que separaban los dos macrogéneros de la escritura; el hecho de que una figura como Nietzsche (y no está solo) pueda ser considerado tanto un gran filósofo como un grandísimo poeta moderno, en un mismo texto, Así hablaba Zaratustra, burla la pobre definición que del poeta  se tiene en estos tiempos falsamente ‘románticos’.

Estas reflexiones me las hacía yo antes de que empezara a caminar hacia la vejez. Al llegara ella y buscando en sus incómodas praderas pedregosas un acomodo lo menos molesto posible, el pensamiento que siento ante el problema (yo siempre he sentido el pensamiento, hasta desposarlo, y he conceptualizado la emoción, hasta convertirla en geometría lírica), el pensamiento que siento me confirma en la veracidad pretenciosa del título que le doy a este pequeño artículo, al mismo tiempo que me arriesgo a formular la propuesta siguiente:

casi todas las categorías alumbradas conceptualmente por el pensamiento postmoderno son categoría que, desde hace muchos siglos (y no sabría poner fronteras temporales precisas), pertenecen de lleno, aunque sea de manera no reflexiva, a la naturaleza misma de la escritura literaria – aunque algunas, todo hay que decirlo, eran contempladas de manera más o menos marginal tanto por el pensamiento filosófico como por el quehacer literario – me refiero en especial al espacio plural (antigenérico y subjetivo) que va a propiciar en Occidente el renacimiento y la invasión paulatina del espacio/escritura autobiográfico/a. De hecho, ésta era la teoría (bastante mal aceptada, por incomprendida, en los ambientes académicos españoles, tan historicistas aún, del libro Autobiografía y modernidad literaria, escrito en compañía de mis colegas y amigos Juan Bravo y Dolores Picazo

Estas categorías ‘postmodernas’ las podríamos formular de la menera siguiente, tomando en consideración las categorías ‘modernas’ a las que se oponen.

– En primer lugar, frente a un pensamiento sintético en el que desemboca todo análisis (considerado simplemente como instrumental), con vistas a una organización que ordene, im-plique y estructure el trabajo intelectual en función de la construcción de una unidad significante, frente a ese pensamiento un pensamiento analítico, ligado a la ex-plicación, a la descodificación, a la deconstrucción del problema o del objeto de análisis, en el que el análisis y la descodificación son un fin en sí mismos un ya-significante; pensamiento que puede llevar, a través de la fragmentación analítica que no busca la unidad final ni del proceso ni del objeto analizado, a la disolución de dicho objeto, perdido por las redes que le ha tendido el sujeto y el método (o antimétodo), pues el sujeto se identifica con el método empleado. Este pensamiento analítico puede llegar al fetichismo inflacionista de alguna de las partes, olvidando el todo; presupuesto nada peligroso, desde su punto de vista subjetivo, pues lo que pretende buscar no es una verdad sino la existencia de una realidad (no ligada a verdad)y de su funcionamiento.

– En segundo lugar, frente a un pensamiento racional, en el que se buscaba denodadamente ‘la depuración del sujeto’ y de sus existenciarios, con vistas a la consecución de una abstracción general y unitaria, (un pensamiento en el que el objeto de la búsqueda exhaustiva es lo esencial y por ello escribe ‘tratados’, es decir, estudios objetivos sobre el objeto tratado), frente a ese pensamiento racional, un pensamiento emocional y vitalista, contaminado de subjetividad, es decir de todas las marcas enunciativas del sujeto que lo formula, un pensamiento en el que la realidad, vista desde la perspectiva del sujeto, es siempre parcial y relativa y, por consiguiente no fiable (relativista). Pensamiento que, huyendo de la razón, se afianza en la experiencia autobiográfica, se fía de la intuición (lo que ahora se llaman buenas sensaciones) y se apoya en el pensamiento mítico y arquetípico, pues este es capaz de justificar todos sus procesos de simbolización emocional o imaginaria; es decir, frente a un pensamiento racional, un pensamiento existencial. El sujeto que piensa inmerso en sus componentes existenciales, primordiales o circunstanciales es un sujeto cambiante que no puede escribir ‘tratados para afirmar ‘la verdad de las cosas’, es un sujeto que prueba, afirma y se desdice, afirmado a veces sólo la duda, es un sujeto que “ensaya” – y de ahí la perfecta conexión a lo largo de todo el periodo llamado moderno entre la escritura autobiográfica y el ensayo, desde su fundador, Montaigne, a J.P. Sartre, Michel Léiris, por ejemplo, pasando por Pascal, Descartes, Rousseau, F. Schlegel, Kierkegaard,

– En tercer lugar, rente a un pensamiento que pretende ser definitivo respecto del objeto que trata (y por eso se fija con demasiada obsesión en los conceptos susceptibles de ser escritos con mayúscula, como puntos cardinales de un sistema: Dios, Verdad, Bien, Idea…), un pensamiento que convierte El Discurso del Método en “los recursos del método” y los dessacraliza, con el fin de elaborar a partir de sus circuitos irregulares, repetitivos, un pensamiento coyuntural, es decir, relativo al presente histórico del sujeto, contemporáneo, incapaz de asentar las verdades eternas, un pensamiento artesanal, que lleva a cabo un continuo bricolage con técnicas y saberes cogidos del trastero de las verdades derruidas – verdades que el mismo ha podido formular, pero que ya no le valen; un pensamiento propio del “bricolage antropológico” permanente. Y, en este pensamiento, el borrador, la corrección, el proceso, el devenir, la continua manipulación de la materia ensayada pueden llegar ser más importantes que los objetivos conseguidos (siempre precarios), con lo que se llega, por otros caminos, a la sacralización del esbozo, del borrador y, una vez más, del fragmento, culminando la erosión o el desguace del sistema. El Discurso del Método, deviene “Méditations philosophiques”, como más tarde (A. de Lamartine) se hará Meditations poétiques.

– Finalmente, frente a un pensamiento referencial que toma la realidad (el ser, el cosmos, los acontecimientos históricos) como objeto de su reflexión y se remite a ella como instancia última que pueda revalidar la validez de su actividad pensante, en función del concepto de verdad, siendo el lenguaje un mero instrumento de dicha reflexión, se irá abriendo paso un pensamiento lingüístico (en ocasiones poético) en el que el lenguaje, estructura lógica, pero arbitraria, pretenderá ser un absoluto que revierte sobre si mismo: la realidad, reducida a signos, se transubstancia en una arquitectura semiótica en la que la verdad (adecuación entre pensamiento y realidad) queda reducida a la coherencia lógica del sistema, con la pretensión de crear una realidad virtual, postlingüística – del mismo modo que la alquimia poética pretenderá crear referentes nuevos mediante una transgresión semántica (clasemática) generalizada, mediante una metáfora que olvidándose de su función ornamental o didáctica tradicional, adquiere una capacidad de creación ontológica,  creando seres y sentimientos nuevos, de nuevos mundos paralelos.

De esta cuádruple confrontación han surgido una serie de valores elevados a la categoría de ‘mitos’ de la postmodernidad; valores que, sin embargo, ya estaban presentes en la actividad literaria, contemporánea del pensamiento moderno:

1º.  Frente a valor del todo orgánico, en la unidad ideal de la obra, el valor del fragmento, considerado como un micro-absoluto de eficacia fulgurante e instantánea, capaz de vivir fuera de un contexto inmediato que lo justifique.

2º. Frente al valor de la obra acabada, perfecta,  per-facta (es decir, acabada hasta un límite que le era necesaria para considerarse como tal), el valor del borrador, del proceso, el valor del esbozo, considerado como testimonio de una autenticidad vital en acción, ajeno una escala de valores en la que antes se configuraba la idea de perfección.

3º.  Frente a la obra cumplida (el tratado), el valor del ensayo y, en consecuencia, frente al libro, el valor del artículo, siempre fragmento, puntual y circunstancial; o el valor del ‘poema moderno’, aislado en su poeticidad fulgurante (Poe, Baudelaire, Mallarmé, Juan Ramón)  del soporte narrativo o del soporte argumentativo o inserto en una narratividad o argumentación larvadas, es el caso del poema en prosa (Baudelaire y su herencia, hasta llegar a la columna periodística de autor: Unbral, tras la huella de Baudelaire y de C. G. Ruano).

4º. Frente al valor del juicio racional y objetivo que asentaba los valores en las diferentes parcelas de la vida y del pensamiento, más o menos universales, más o menos comunes y que, desde estos mismo valores podía ser contrastado, asumido o rebatido, el valor epistemológico de la opinión (en sustitución del razonamiento y del juicio) y de la sensación y del gusto, personales, (en sustitución de los cánones de belleza y de aprendizaje) y el valor moral de la autenticidad (en sustitución de la escala colectiva de los valores éticos).

5º. Frente a los mecanismos de la convicción que se asentaban en la solidez argumentativa y en el aporte  abundante de pruebas, más allá, incluso, de los mecanismos de la persuasión (ya emocional), los mecanismos estilísticos de la seducción,  como medio de conquistar al otro en su propio espacio, sustituyendo la argumentación (razonamiento y datos) por los espejismo del lenguaje analógico, apoyados en el mito y los arquetipos, o la simple imagen visual o sonora que, conquistando los sentidos, condiciona, posterga o anula la capacidad de razonar.

Es evidente que cada uno de estas categorías nos remiten más al mundo de la literatura (y sobre todo de la poesía) y al mundo del arte que al campo y a los métodos tradicionales de la filosofía. ¿Es esto razón suficiente para que se pueda aplicar al pensamiento postmoderno calificativos que se han ido desgranando a lo largo de este medio último siglo: pensamiento blando, pensamiento invertebrado, relajado, femenino, protestante, en fuga…?

Adivino debajo de cada uno de estos calificativos una voluntad mal intencionada, perversa, machista en la mayoría de los casos, al llevar al campo de lo femenino-simbólico un pensamiento ligado a la seducción, al probabilismo, al escapismo, a lo intuitivo, a lo blando, es decir, a todo aquello que se zafa o pretende zafarse de los imperativos de la ciencia o del razonamiento sólido e inapelable. Por otro lado, da la impresión que estos calificativos han nacido de la boca de un pensamiento único que tiene miedo de la pluralidad, de la variedad y de la relatividad y que pretende erigirse en una unidad y rigidez dogmática, frente a lo que se ha calificado de pensamiento protestante.</`>

Desde mi punto de vista (siempre mi “ebria razón”), tengo la sensación de que el pensamiento postmoderno es, ante todo, un pensamiento del desasosiego, no porque el desasosiego no existiera ya en el pensamiento occidental (el desasosiego nace siempre que el pensamiento se enfrenta a lo misterios de la vida y de la muerte, a pesar de la fe y a pesar de la ciencia), sino porque, en lógica histórica y cultural) el hombre de la llamada postmodernidad se ha ido negando paulatinamente todos los consuelos, todas las coartadas, que le permitían velar o adornar con la utopía o con el arte sus desasosiego. Si el hombre, a lo largo de su caminar por la modernidad,  dejó  primero de apoyarse en la fe, luego puso en entredicho la ciencia, más tarde la política y, finalmente,  la estética: último de los reductos del consuelo. La perfección de la forma y la seguridad que ésta le confería al quehacer del hombre ya no es una coartada – la coartada del artesano que sabía que, al menos, hacía bien, según la norma, según el canon, su trabajo.

Sin canon ni temático ni formal, sin estilo… hoy, el pensador y el artista trabajan en la angustiosa perplejidad.

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