“ACASO EL ESPEJISMO”, DE ANA GARRIDO PADILLA. INTENTO DE REDENCIÓN POR EL LENGUAJE.

Por: José María Herranz Contreras


ACASO EL ESPEJISMO, de Ana Mª Garrido Padilla.
Premio “Flor de Jara” de poesía, 2017.
Colección Poesía de la Diputación de Cáceres.
Institución cultural “El Brocense”, 2017.
ISBN: 978-84-15823-41-4

Ana Garrido Padilla, escritora y poeta de Alcorcón, Madrid, preside la asociación “Verbo Azul” de dicha ciudad, una de las más activas también en el ambiente literario de Madrid y con una buena nómina de excelentes escritores entre sus miembros. Codirige junto a Juan José Alcolea una cuidada revista, “La hoja azul en blanco”, en la que divulga el trabajo literario de encomiables escritores, así como ensayos y reseñas críticas de diversas obras.

“Acaso el espejismo” fue premiado en el certamen “Flor de jara”, en Cáceres el pasado 2017. Este merecido premio se suma al ya largo número de premios de la autora, que mantiene un oficio muy depurado en su poesía, exigente y rigurosa. Nos encontramos con una autora y una obra impecable, que ha construido con el paso de los años un modo de escribir alejado de modas y tendencias, centrado en la propia esencialidad de la escritura, lo cual le honra, y mucho. La poesía es, entre otras muchas cosas, un oficio, y como tal requiere esfuerzo, dedicación, entrega, muchísimas lecturas de maestros y maestras, y la construcción de la propia voz (o por lo menos su búsqueda). La belleza y la perfección formal son las señas distintivas de esta autora, y “Acaso el espejismo” se levanta sobre el sólido edificio del lenguaje, a pesar del título y el tema del libro, tan frágil e inestable en una primera aproximación.

Porque “el espejismo”, la falsedad de lo aparente, es el tema doloroso de este poemario. Si bien nuestros sentidos resultan engañados por las apariencias siempre o casi siempre, los poemas de esta obra persiguen lo sólido, lo material, la permanencia, algo a lo que anclarse al mundo y al desastre emocional (¿quizá existencial, en cierta medida?) que supone la constatación de la radical falsedad de “lo real” que la poeta enuncia –y denuncia- en sus versos. Estructurada en tres significativas partes (Origen, Tránsito y Regreso), la primera y la última la forman sendos poemas a modo de proemio y epílogo, mientras que la segunda (a su vez estructurada en dos partes más, que hablan de la luz y sus máscaras, y de la nieve) desarrolla el asunto del libro. Todo él está escrito en impecables silvas blancas, sin rima alguna, que combinan libremente versos impares, fundamentalmente hepta y endecasílabos.

Estamos ante un hermosísimo poemario de tono metafísico, que intenta construir un edificio sólido, una casa de poesía, que nos redima y nos devuelva a la esencialidad de lo real, a una vida sin apariencias ni tampoco impostaciones, a través de la belleza del propio lenguaje. Todos los cultos, los antiguos ritos religiosos que otorgaban seguridad, la mitología que nos enlazaba a la tierra y también al mundo espiritual, han sido destruidos en este tiempo decadente en que vivimos; partimos pues de un escenario desolado, en la que la poeta dice:

El ruido de las sombras
en los templos vacíos, la promesa
de la piedra labrada,
el recinto sagrado para los sacrificios.

La escritura es el riesgo.

Tiempos oscuros de decadencia son estos, donde el propio lenguaje, el propio pensamiento que construye la realidad, están siendo destruidos. La poeta esgrime le escritura como único modo para intentar reconstruir el mundo y dotarlo de sentido.

En el apartado “De la luz y sus máscaras”, reflexiona acerca del engaño de la luz y lo aparentemente real a través de los sentidos, lo que percibimos y nubla nuestros sentidos. Este es un viejo tema de la filosofía, y Ana Garrido manifiesta en estos poemas –de forma dramáticamente contenida- la contradicción existente entre las imágenes mentales que construye el propio lenguaje y los propios significados, su literalidad. ¿Qué es primero, el signo o la idea? Sobre ello reflexiona y evoca la imagen platónica de la caverna como método de conocimiento –siempre falso, siempre imperfecto.

Cuando todo se desmorona –por su radical falsedad- la tarea del amanuense, del escritor, es intentar descifrar el sentido de las cosas a través de sus conceptos más esenciales, las palabras, el lenguaje. La consecución de la poesía –su persecución, su intento- navega a través de metáforas en torno al juego de apariencias que construye la luz, y como contrapunto, la poeta plasma imágenes de perennidad, un intenso deseo de permanencia ante tanto punto de fuga, en lo radicalmente material y denso:

Bajo un cielo de arcilla,
el vientre de los pozos,
las vasijas vidriadas de la serenidad.

Pareciera que la condensación de lo inasible (la materia que intenta describir la auténtica poesía) se tradujera al fin y al cabo en los objetos permanentes a través de los siglos, como pueda ser algo tan frágil pero tan duradero como la cerámica. Y pareciera que construir algo realmente “material” aportara sosiego y serenidad a quien busca a través de la palabra una explicación de la existencia. Este es el tema de la primera parte, a mi entender.

El segundo apartado (titulado “La piedad de la nieve”) aborda la inocencia perdida a través de imágenes de frío, nieve, lluvia, soledad e infancia. Son frecuentes también las alusiones a los ritos acabados, a la mitología destruida, a la finalización de las certezas que quizá en algún momento del pasado humano reconfortaron los corazones y las almas doloridas, con las promesas de un Olimpo, de un Edén. Sin embargo, ante tamaña desolación y conciencia dolorida, la poeta se esfuerza y afana en dotar al lenguaje de dignidad, en devolver a las palabras sus conceptos, para que construyan una realidad sólida para nuestros sentidos. También constata la desesperación de tan ardua tarea. Vean sino:

Como los exiliados de las mensajerías
nos movemos en círculos
en los desfiladeros del lenguaje.

El poema es el hueco, la renuncia,
el destello de un fósforo.

Noble tarea la del auténtico poeta, que no se doblega ante la frustración por no alcanzar la escurridiza Poesía. Esto me recuerda a una obra fundamental de la poesía inglesa, “La caza del Snark”, de Lewis Carroll, donde hablaba de un tema similar.

El libro se cierra en “Regreso” con la aceptación de las propias limitaciones y del intento de la belleza a través de la escritura de la poesía, de modo sereno, luminoso.

No puedo sino manifestar mi asombro ante la belleza de este intenso poemario que Ana Garrido ha construido con materiales tan etéreos como son la luz, la nieve, y las paradojas del propio lenguaje y sus conceptos, para manifestar algo tan humano como la sed de permanencia, que a lo largo de los siglos y milenios a tantas personas sensibles nos ha acongojado. Bienvenido sea “Acaso el espejismo” a la casa de la poesía, donde por derecho propio tendrá un lugar propio para la permanencia.

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