LAFCADIO HEARN Y LOS ESPÍRITUS DE ORIENTE.

Por: Tomás Sánchez Rubio


Léucade, conocida hasta el siglo XIX por Santa Maura, es, junto con Corfú, Paxos, Ítaca, Cefalonia, Citera o Zante, una de las Islas Jónicas de Grecia. Su superficie es de poco más de trescientos metros cuadrados y consta, en la actualidad, de unos 26.000 habitantes. Allí nacieron el poeta y dramaturgo Aggelos Sikelianos (1884-1951) y la cantante de ópera Agnes Baltsa (1944).

También vino al mundo en aquella isla, un 27 de junio de 1850, Patrick Lafcadio Hearn, periodista y escritor cosmopolita, profundo conocedor y divulgador de la cultura japonesa en Occidente. Ese mismo año de 1850 tendrá lugar el nacimiento, en Edimburgo, de Robert Louis Stevenson, en tanto que fallecerá, en su París natal, el gran novelista Honoré de Balzac.

Lafcadio -gentilicio de Léucade (Lefkada)- era hijo de una campesina griega de la vecina Citera, Rosa Antonia Kassimati, y de un cirujano militar irlandés católico, Charles Bush Hearn, que se encontraba allí con motivo de la ocupación inglesa. Recordemos que fue el XIX un siglo de todo menos tranquilo en la historia de Grecia: tras la Guerra de la Independencia contra el Imperio Otomano, se desarrolla un largo periodo de inestabilidad civil con la directa intervención de otros países en su política interna. Después del asesinato de Ioannis Kapodistrias (1831), primer jefe de Estado de la Grecia independiente, las potencias europeas con el apoyo de Rusia designaron como rey a Otón Wittelsbach, hijo de Luis I de Baviera. En 1862, tras su deposición, Inglaterra logró que la Asamblea helena nombrara monarca a Jorge I, hijo del rey de Dinamarca y cuñado del príncipe de Gales…

El caso es que la familia de Lafcadio Hearn, siendo él todavía un niño, se traslada a Dublín, donde Charles deja a su mujer y a su hijo al ser destinado a las Indias Occidentales; por su parte la madre, rechazada por la familia del marido, vuelve a su patria confiando al pequeño a una tía abuela paterna en Gales, la cual se obstinaría, sin demasiado éxito, en que cursase la carrera eclesiástica. Sufre nuestro autor una infancia bastante triste y solitaria. Aparte de padecer el abandono de sus padres, así como la muerte de su hermano mayor al poco de nacer él, tiene lugar en su adolescencia la pérdida accidental del ojo izquierdo, siendo precaria de por sí la visión del derecho. Sin embargo, como es propio de los grandes espíritus creadores, tales circunstancias no impidieron que se convirtiese en un absoluto apasionado de la lectura, haciéndose de un bagaje cultural y lingüístico que le permitiría desenvolverse dentro del mundo de las letras y el periodismo a lo largo de toda una prolífica vida. Estudió, aparte de en Gran Bretaña, en Francia, de cuyo idioma, así como del español, realizaría traducciones.

En 1869 llegó a Estados Unidos. De Nueva York, donde se ganaba la vida trabajando en restaurantes, pasó a Cincinnati (Ohio), ejerciendo de corrector de pruebas y luego como redactor en The Cincinnati Enquirer y en The Commercial. Más tarde marcharía a Nueva Orleans para trabajar en el periódico Ítem; allí se interesa por el vudú, la historia, la cocina y los barrios marginales, tema este sobre el que también había escrito en su anterior etapa de Cincinnati. En 1881 empezó a trabajar en The Times and Democrat. Recopila sus trabajos periodísticos en Hojas sueltas de literatura extraña (1884) y en Gombo Zhebes (1885). Sus textos comienzan a aparecer en las revistas de Nueva York y en 1887 publica Fantasmas de la China. The Harper’s Magazine le envió como corresponsal a la Martinica, donde permaneció dos años y medio; fruto literario de esa estancia fueron Two years in the French West Indies (1890), la mejor descripción de estas islas editada hasta hoy, así como Youma, The Story of a West-Indian Slave, o la novela Chita. Publica, asimismo, varias traducciones de escritores franceses importantes, como Guy de Maupassant o Gustave Flaubert.

En 1890 decide marchar a Japón -en pleno periodo Meiji-, para escribir allí una serie de artículos destinada también a The Harper’s Magazine. Poco después de su llegada a Yokohama, rompió las relaciones con este periódico, comenzando su carrera docente como profesor de Literatura inglesa -llegó a ejercer la enseñanza en la Universidad Imperial de Tokio-. No obstante, en los veinticuatro años transcurridos en Japón hasta su muerte, no dejaría de escribir y publicar sobre el país que lo acoge y cuyas gentes y costumbres ejercen tan gran fascinación desde un primer momento sobre él.

La base de los cuentos de fantasmas orientales sobre los que Hearn escribirá con frecuencia, dentro de una variada producción literaria dedicada a Japón, se encuentra en las historias populares que le narraba su esposa, Setsuko Koizumi (1869-1932). Se trataba de cuentos tradicionales de espectros y aparecidos. Gracias a Setsuko, oriunda de una familia de samuráis y con la que tiene cuatro hijos, Lafcadio se zambulle en la cultura nipona: se nacionaliza como japonés y abraza el budismo, adoptando además el nombre de Koizumi Yakumo a partir del apellido de su nueva familia política. Junto a su esposa consiguió la estabilidad que había estado buscando en sus viajes; su dominio de la lengua local era imperfecto y ella ignoraba el inglés, pero ambos podían comunicarse en un japonés rudimentario.

El 26 de septiembre de 1904 Hearn fallece en Tokio, víctima de un ataque al corazón, un mes después de la desastrosa derrota en Port Arthur de Rusia frente a Japón, acaecida durante la guerra que enfrenta a ambas potencias. En ese mismo año, desde el punto de vista literario asistimos a una serie de acontecimientos reseñables: el dramaturgo José de Echegaray obtiene el primer premio Nobel de Literatura concedido a un español; nacen los escritores Graham Greene y Pablo Neruda, y fallece el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov.

La localidad de Matsue, donde residió Hearn con su familia, honró su memoria dedicándole el Lafcadio Hearn Memorial Museum. En Okubu se le recuerda con un parque con su nombre y presidido por una efigie suya. Por otra parte, la tumba puede visitarse en el cementerio Zōshigaya, en Toshima (Tokio). En dicho camposanto reposan los restos de otras celebridades como Ogino Ginko (1851-1913), primera mujer licenciada y practicante de la medicina occidental en Japón, o el actor Hiroshi Kawaguchi (1936-1987).

Merece destacarse, de entre las ediciones en castellano de la obra de nuestro autor, Fantasmas de la China y del Japón, volumen que pertenece a la colección Clásicos y Modernos de Ediciones Espuela de Plata (2011). Con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, filólogo, poeta y ensayista, recupera en sus poco más de doscientas páginas, la impecable traducción al castellano del poeta, periodista y diplomático uruguayo Álvaro Armando Vasseur (1878-1969) de la edición de 1920, debida a Biblioteca de La Prensa de Lima. Fue el primero de los libros de Hearn editados en castellano. La pulcra traducción de Vasseur respeta el lenguaje poético, el cuidado vocabulario y las delicadas imágenes del autor. Recordemos que Ediciones Espuela de Plata, como sello editorial complementario del Grupo Renacimiento, se creó en 1999 para autores hispanoamericanos y universales, siendo en 2003 reconocida por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural. En esta colección Clásicos y Modernos han visto a la luz novelas como El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton; o bien La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.

En la mencionada edición, formada por Los Fantasmas de la China, por una parte, y Los Fantasmas del Japón por otra, merecen especial atención los relatos “La leyenda de la tejedora Celeste”, “El último pensamiento de un decapitado” o “El devorador de sueños”.

Los célebres fantasmas japoneses de Lafcadio Hearn inspiraron toda una tradición de cine y literatura paranormal que llega hasta Hideo Nakata (n. 1961), director de películas como Ringu (The ring), de 1998, pero estrenada en España en 2000. No obstante, su herencia directa más notable se encuentra en el director Masaki Kobayashi (1916-1966). Su filme, El más allá (Kwaidan), de 1964, con casi tres horas de metraje y con guion de Yôko Mizuki, es una colección de cuatro historias de fantasmas -cuatro relatos sin conexión aparente entre sí: “El cabello negro”, “la mujer de nieve”, “Hoichi, el hombre sin orejas”, o “En una taza de té”- extraídas del libro Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things (1903) escrito por Hearn, donde unos relatos son tradicionales o populares y otros de creación propia. El denominador común es que están protagonizados por espíritus que interactúan con los vivos. Recordemos que “Kwaidan” es una transcripción arcaica de “Kaidan”, que significa «historia de fantasmas». La película de Kobayashi ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Cannes de 1965, recibiendo, ese mismo año, una nominación al Óscar a la mejor película extranjera.
Otras obras que merecen destacarse de nuestro autor serían Visiones del Japón menos conocido (1894), o bien Kokoro. Impresiones de la vida íntima del Japón (1891); traducida esta al castellano por el intelectual y político español Julián Besteiro.

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