FEDERICO MADRAZO | MAESTROS DEL RETRATO

EL ATRIL

Por: Isabel Rezmo


Federico de Madrazo y Kuntz principal continuador de la saga de los Madrazo, fue hijo de José Madrazo, también pintor y de Isabel Kuntz Valentini, hija del pintor polaco Tadeusz Kuntz. Su  hija Cecilia fue madre del también pintor Mariano Fortuny y Madrazo, por tanto consuegro de Mariano Fortuny y Marsal;  su hijo Raimundo  de Madrazo, también un notable pintor y máximo representante de la escuela neoclásica cortesana.

Cultivó la pintura histórica y religiosa, y uno de sus cuadros, La continencia de Escipión, le valió el ingreso en la Escuela de San Fernando, si bien debe su renombre a su actividad como retratista. De entre sus retratos al óleo cabe destacar dos: Carolina Coronado y General San Miguel, mientras que sus dibujos más conocidos son los retratos de Mariano José de Larra y de Ponzano.

Fue director del museo del Prado, cargo que tuvo que dejar como consecuencia de la revolución liberal de 1868, recuperando el puesto en 1881.

Este puesto de trabajo fue el exponente de su dedicación a la pintura, realmente el Prado que hay conocemos lo debemos en gran parte a su gestión, tanto la realizada antes del intermedio liberal como después, él vio la importancia de un buen museo y se dedicó a diseñarlo, distribuirlo y dotarlo de los medios técnicos y administrativos necesarios.

Durante el periodo liberal el Museo del Prado pasó a depender del Estado, concretamente del Ministerio de Fomento, que ya gestionaba el Museo Nacional de Pinturas, conocido como de la Trinidad, para ahorrar gastos en la gestión de ambos museo se decidió agrupar todas las obras en el Museo del Prado, así cuando Federico Madrazo volvió a ser su director se lo encontró notablemente engrandecido dedicando los últimos años de su vida a la clasificación y ordenación de las obras de arte incluidas en el patrimonio del Museo del Prado.

Murió siendo Director del Museo del Prado en 1894 a los 79 años.

Fue uno de los más grandes retratistas españoles del siglo XIX. Dotado de una extraordinaria capacidad para idealizar a sus modelos sin despegarse de la realidad y con una insuperable habilidad artística para describir las texturas de la vestimenta y la ambientación de sus retratos, Madrazo alcanzó a acuñar un lenguaje artístico propio, de enorme difusión. Así, influyó en numerosas generaciones de pintores en España, pues su labor como docente fue muy dilatada y estuvo apoyada tanto en el enorme peso social que llegó a acaparar, como en la extrema calidad de sus retratos, que no fue igualada por ninguno de sus rivales.

Magnífico representante del romanticismo y para quien posaron escritoras de la talla de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. Su obra “La condesa de Vilches” que es Amalia de Llano y Dotres es una de las cumbres pictóricas del siglo XIX y de las más emblemáticas del Museo del Prado. Amalia fue escritora, activista política, actriz y directora de obras de teatro y tertulias literarias. Su retrato queda muy lejos de lo que ella fue.

DATOS BIOGRÁFICOS

Nació en Roma, donde su padre servía al rey Carlos IV en el exilio. Fue bautizado en la basílica de San Pedro del Vaticano y apadrinado por el príncipe Federico de Sajonia. Se trasladó con su familia a Madrid cuando su padre pasó a ser pintor de cámara de Fernando VII, en 1819. Formado en la Academia de San Fernando, Federico sería nombrado académico de mérito en 1831, a la temprana edad de dieciséis años. Por entonces dio comienzo su prematura carrera cortesana con una pintura propagandística encargada por la reina María Cristina, de especial interés iconográfico y simbólico, «La enfermedad de Fernando VII» ( Madrid, Patrimonio Nacional), que le reportó gran fama y reconocimiento desde su primera juventud.

Pero su definitiva formación como pintor, absolutamente cosmopolita, tuvo lugar entre las dos grandes capitales artísticas europeas de su tiempo, siguiendo los pasos de su padre. En 1833 emprendió un viaje a París, ciudad en la que volvería a instalarse entre 1837 y 1839. En esos años estuvo en contacto con lngres (1780-1867), y con otros pintores franceses de éxito -a los que pudo acceder a través de su padre-, participó en los Salons y recibió el encargo de pintar, para la Galerie des Batailles, en el Palacio de Versalles, el cuadro de historia «Godofredo de Boullon proclamado rey de Jerusalén». A continuación realizó otras pinturas históricas, entre las que destaca «El Gran Capitán recorriendo el campo de la Batalla de Ceriñola» (P07806). En estas obras condensa la influencia del academicismo francés con la búsqueda de referentes formales españoles que complacieran el gusto artístico de la sociedad parisina de tiempos del rey Louis Philippe I (1773-1850). Poco antes de abandonar París había comenzado a trabajar en una de las pinturas de composición capitales de su carrera, «Las Marías en el Sepulcro» (Sevilla, Reales Alcázares). Con el proyecto de concluir ese cuadro se instaló en Roma, ciudad en la que terminaría de perfeccionarse como artista, incorporando a su estilo algunos elementos del purismo de raíz nazarena que pudo conocer allí, directamente, y que no solo afectarían a su plástica, sino también a su modo de concebir la formación artística de sus futuros alumnos.

En 1842 Madrazo regresó a Madrid, donde pronto consolidó su carrera cortesana como retratista real y, ayudado de nuevo por los contactos de su padre, alcanzó el puesto de pintor de cámara. En 1844 pintó el gran retrato de «La reina Isabel II» (Madrid, Academia de San Fernando), con el que asentó definitivamente su puesto como retratista oficial de la Corona. Al calor de su indiscutible protagonismo como retratista de la reina, Federico disfrutó de una gran demanda entre la burguesía y la aristocracia madrileñas. Así, pronto acuñó sus propios modelos retratísticos originales, que tendrían una gran difusión en el mercado artístico de los años centrales del siglo XIX español. De entre la caudalosa producción de esos años, destacan precisamente los retratos en que se sintió más libre y menos apegado a sus propios modelos, como sucede con el espléndido de «Segismundo Moret y Quintana» (P04466), de 1855, o en una de sus pinturas más emblemáticas, «Amalia de Llano y Dotres, condesa de Vilches» (P02878). En esos años comenzó a madurar su estilo más característico, en el que adquirieron un gran peso los retratos españoles del Siglo de Oro, que marcarían el resto de su carrera.

A partir de la década siguiente, Madrazo adquirió una gran predominancia en el panorama artístico oficial, pues no sólo fue director del Museo del Prado -sucediendo en el cargo a Juan Antonio de Ribera, rival de su padre, sino que regía también la Academia de Bellas Artes de San Fernando y desempeñó un papel importante en su escuela. Asumió además la función de jurado en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y llegó a ocupar un escaño como senador del reino, acumulando numerosísimas condecoraciones y reconocimientos internacionales, que son testimonio de las repercusiones de su poder y de la enorme fama que alcanzó en toda Europa.

OBRA

Madrazo pintó retratos, sobre todo del mundo aristocrático y de la cultura (Carolina Coronado, Manuel Rivadeneyra, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Ramón de Campoamor, la condesa de Vilches, la marquesa de Espeja, el general Evaristo San Miguel, Larra) y algunos cuadros de historia, si bien casi todos estos son de su etapa juvenil. Cuando se asentó profesionalmente, se dedicó casi por completo a los retratos. Gozó de gran prestigio y tuvo diversos aprendices, como los franceses Léon Bonnat y Jean-Léon Gérôme. En la publicación El Artista, a cuya creación contribuyó, insertó poemas y artículos, y allí publicó algunos grabados. Como ya hemos apuntado en este artículo, su hija Cecilia fue madre del también pintor Mariano Fortuny y Madrazo.

Destacan en su obra el retrato de Isabel II, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando,-de excelente factura-, y el del marido de la reina Isabel, Francisco de Asís, el del rey Alfonso XII, el de quien fuera Presidente del Gobierno Juan Bravo Murillo, el del Presidente de la Primera República Española Nicolás Salmerón, y los de Ramón de Campoamor o José de Espronceda.

De los retratos femeninos el de Leocadia Zamora es el más hermoso por la belleza de la modelo y por el tratamiento del color. Las suaves tonalidades de grises y pardos del fondo hacen que resaltan el blanco del vestido y el azul del manto. El de Elena de Castellví, la mujer del infante don Enrique, hermano del rey Francisco, es de una belleza fría, aparece ataviada con un rico vestido de seda.

 

 

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