LA DEGENERACIÓN DEL DISCURSO POLÍTICO

Por Antonio Tello


El malestar de la cultura, frase con la que Sigmund Freud tituló un interesante opúsculo, es hoy, fundamentalmente, el malestar de una ciudadanía incomunicada y excluida de una verdadera acción política. Tal aislamiento se alimenta de la gran confusión del pensamiento y del proceso de alienación social ejercida desde los centros de poder para establecer un amplio control y hegemonía sobre la clase trabajadora.

El italiano Antonio Gramsci al enunciar su teoría de la hegemonía política describió cómo “la clase dominante utiliza el poder económico y ejerce el control del aparato ideológico del Estado para dar la apariencia de consenso civil y evitar o atenuar la necesidad de coerción  física que caracteriza a la dictadura. De modo que hemos de inferir que la democracia, adulterada por los intereses, sería el sistema ideal para ejercer dicho control y hegemonía de forma “natural”.

Hemos de entender que la “hegemonía no es algo estático sino un proceso dinámico de experiencias, relaciones y actividades cambiantes, que es permanentemente renovado y modificado por la clase dominante para hacer frente y asimilar las acciones que atentan contra ella. En este sentido, la hegemonía comprende las relaciones de dominación y subordinación asimiladas como conciencia práctica que afecta no sólo a la acción política y económica sino a todos los órdenes de la actividad humana”.  De modo que el dominio de las clases dominantes sobre las subordinadas no procede tanto en la violencia explícita que aquéllas pueden ejercer desde el Estado, como de la hegemonía del poder cultural. Este poder cultural se ejerce a través del sistema educativo, las organizaciones religiosas y los medios de comunicación para sancionar y naturalizar la supremacía intelectual y moral de las clases dominantes y neutralizar hasta la posibilidad de cualquier forma de rebelión contra el poder establecido.

Desde su nacimiento en el siglo XIX, los medios de comunicación de masas se constituyeron en el principal vehículo de las políticas hegemónicas. Sin embargo, fue a partir de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, a partir de 1962, con el lanzamiento del “Telstar”, el primer satélite de comunicaciones, que la influencia de los medios se hizo global. Veintiocho años más tarde fue el uso público de internet y la WWW (World, Wide, Web), un fondo de documentación informático, lo que permitió un nuevo salto cualitativo. Para entonces, en este soberbio proceso, los medios de comunicación de masas ya habían desplazado del mensaje la importancia de los contenidos en favor de las formas, fenómeno que Marshall McLuhan enunció con la frase –título a su vez del libro publicado en 1969- “el medio es el mensaje”.

La influencia de los medios sobre las masas y su capacidad para modelar la opinión pública se reveló también como un poderoso factor de control y condicionamiento de la acción de gobierno y del discurso de los políticos, que tendió a ser más simple y esquemático al mismo tiempo que el discurso económico ocupaba el espacio central y se valía de su complejidad técnica para excluir al ciudadano de la comprensión de la realidad y, consecuentemente, invalidarlo para la actividad política.

Esta situación no sólo abrió la puerta del espacio político a los tecnócratas y mercaderes, que han ido desplazando a la mayoría de los políticos profesionales, sino que cambió y contaminó el modo de concebir la política como agente de gestión del bienestar ciudadano. Fruto de esta contaminación es que ahora la clase dirigente farfulla una jerga degradada por los tópicos y la simpleza; una jerga vaciada de argumentos razonables que se vale de frases hechas, eslóganes sin contenidos, insultos y descalificaciones al adversario que apelan a la visceralidad y al instinto de las masas antes que a la inteligencia de los individuos.

El motivo por el que esta tendencia hacia un lenguaje primario y elemental se haya incrementado en la última década es, según recientes estudios sociológicos, la preferencia de las mayorías sociales a oír de los políticos mensajes comprensibles y directos. Investigadores de las universidades de Princeton y Texas afirman que las tendencias observadas en su investigación “sugieren que los votantes se siente atraídos por líderes políticos que convierten problemas complejos y difíciles en fáciles de entender con respuestas intuitivas y seguras”. Esto explica que personajes de lengua torpe y primaria, incapaces de distinguir el Estado de la empresa de la que provienen, hayan accedido a los gobiernos de los países, convirtiéndolos en escenarios de sus fantasías y de sus falsedades.

Mientras tanto los ciudadanos, bloqueado su pensamiento y secuestrada su imaginación, se ven impotentes para entender y participar activamente en beneficio de la comunidad.


Las citas corresponden a “Diccionario político. Voces y locuciones”, Antonio Tello – Viejo Topo, Barcelona, 2012.

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