UN POEMA DE JAVIER DEL PRADO BIEZMA

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


LEYENDA,
EN FORMA DE SONATA,
DE LA LUNA VIOLADA

I

La luna se ha empeñado
en negarnos su seno,
ese gran seno blanco de Polifemo hembra
que amamanta los sueños
de los poetas niños, cuando duermen,
infundiendo en sus mentes
la enfermedad extraña del anhelo..

Aparece una noche sobre el Arca…
un gajo de afilado bordes
y dura unos minutos
su consistencia de leche cuajada.
antes de sumergirse,
moderna Casta Diva,
en el pozo escondido de la ría de Noia.

Puede que sea sólo
algún trozo de vela blanquecina
que el viento le ha arrancado a los veleros
que duermen en la paz de de la Ensenada,
negra, de La Merced.

II

Unos días despés,
se alza desde la Pobra,
alumbra el Arenal, ya sin sus juncos,
pero en cuanto las olas reciben sus reflejos,
ya crecida en el cielo,
inicia una deriva que la lleva
a caerse de bruce por los tajos
del Pedràs, oro negro.
con reflejos aún de primavera.

Por un momento,
parece un cascarón de nuez gigante,
fruto de leche, aún,
a punto de verter su melodía
por las piedras rodadas del torrente
que lleva nombre de doncella intacta
(Lérez, la enamorada
del loco de Ángel Guerra
en la novela río de Galdós)

III

Una semana tarda
en estar casi llena
redondos sus dos pechos,
el visible y el que se esconde
tras el velo de niebla de su propio fulgor.

Se desprende del Puerto de la Cruz,
cruza de cabo a rabo la anchura de la Ría,
se expande unos instantes,
belleza adolescente,
entre el gran chopo oscuro
y el macizo oloroso de eucaliptos
que reparten la ría en tres partes iguales
y sueñas que mañana
y pasado mañana
y tal vez otra noche,
dos mil noches…
mientras velas sus despertares turbios
de joven que se come
la noche y se emborracha
de espumas y de algas que vuelan invisibles
por los vientos que nacen de las olas,
engañando al viajero,
se posará a tu lado, como antaño,
indolente y en forma de gran nube,
indefinida y blanca.

(Mis delirios son tus delirios, madre
delirios ancestrales
de todo aquel que lleva
la sangre de tu sueño en leyendas perdidas).

IV

Mañana, cuando llegue
el esplendor de su melancolía,
en la sazón de un fruto de noches tropicales,
podrás verla, desnuda,
como la gran matrona
que atesora la luz, en carne pura,
de todos los desnudos renacientes,
la hermosa y envolvente amiga del temor de Leopardi,
ramera o diosa del Ticiano
podrás decirle que,
Incluso violada
por tanto enamorado de sus vacuas
palideces,
la quieres.

Pero mañana se alzará,
más allá de Rianxo,
perdida en las colinas absurdas del Salnés,
donde no crecen sueños
y si alguno germina
se pierde por las aguas condenadas
a la muerte de un mar repartido en parcelas
por los viveros de almejas de Carril.

Será plena,
para otros.
Será blanca, con la blancura
de la perfecta plenitud
de la INTOCADA,
será redonda
con esa perfección de círculo
que trazan,
al morir
los escorpiones.

Te quedarás mirando,
más allá de la silva que rodea tu casa;
por encima de cerros
cubiertos de eucaliptos
que perfuman la fronda con sus vahos salubres;
y esperarás que la tierra se raje
para poder cogerla
cuando atraviese, tímida,
su grieta, de puntillas.

Y te irás a llorar
(a tus años, aún lloras
y seguirás llorando
por mucho que los médicos que digan
que los ojos te escuecen
porque lloras en seco,
al tener agotado el lagrimal),
mirando hacia ese punto de la isla de Sálvora
donde la ría es mar
y el mar es una nota,
como un bajo continuo que durase
hasta las costas, que lees en los libros,
de los mares del sur, verdimorados,
donde el barco de un niño
de crines rubicundas
y pupilas cargadas de veneno
se embriagó de ternura desolada.

V

Gime Malher,
en su Canto a la tierra;
muy bajo, tan bajito
que los peces, allí, justo en la línea
en que mis ojos beben
la plenitud del mar,
se ponen de puntillas para oírlo,
para oírme.

NOTA

Tras años de huir del poema largo, con argumento, siguiendo los consejos de Mallarmé y del gran Juan Ramón Jiménez, el poeta, en esta ocasión se ha dejado llevar por el ímpetu de su palabra (y de su experiencia nocturna de la vida) en pos de esa luna amada por los poetas caducos y añorantes (Leopardi, Verlaine, Laforgue) de la era esplendorosa de la luna (de finales del XVIII a comienzos del veinte) y le ha salido este poema largo, a modo de leyenda oscura, fragmentada y diseminada por los claroscuros de la Ria de Arousa.

El poeta se alegra de haber cedido a esta tentación. Piensa que ya es hora de que la poesía occidental, olvidando la filosofía y la herencia del poema puro que parte de Poe y culmina en el JRJ que va de 1915 a 1920, vuelva a la composición, a la organización formal de un material más rico y complejo y no se contente con esos escupitajos líricos o esos lagrimones elegiacos asentados en el purismo, el odio, el miedo o la incapacidad de enfrentarse, cara a cara, con forma, sin la cual ningún ser tiene evidencia..
Enfrentarse a la forma, a la composición, como su hermano en abstracciones, el músico o su antagonista de la materia plástica, el pintor.

Que la poesía vuelva a ser un arte – en plenitud de la palabra. Que el poeta componga su poema como el pintor compone su ‘sonata’ y el pintor su cuadro.

En esta composición el poeta no necesita recurrir a los andamiajes condenados por Juan Ramón en su prologo al poema Espacio; condena compleja y enigmática, que le viene, antes de haber afirmado de manera muy explícita su deseo de componer un “poema seguido” de la misma manera que Mozart o Prokofeff (sic) componen su música.

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