CAPITALISMO GLOBALIZADO Y LITERATURA

Por Antonio Tello


El sistema capitalista encabalgado a los principios del liberalismo, desde la emancipación de EE.UU. ha orientado sus pasos hacia la concentración de los capitales y la conversión del mundo en un vasto mercado. Tal proceso ha condicionado todas las actividades humanas y el arte y la literatura no son excepciones.

El desasosiego que hoy relacionamos con la parcial y mercantil difusión de los autores argentinos en particular e hispanoamericanos en general, en realidad es el síntoma de un problema más profundo que atañe a la creación artística y al producto que genera en el marco de una sociedad hegemonizada por las doctrinas económicas de corte monetarista propias del neoliberalismo.

Tal circunstancia es el resultado del progresivo avance del pensamiento racionalista sobre todos los órdenes de la actividad humana que, al romper el equilibrio entre espiritualidad y materialidad en favor de esta última, ha determinado una nueva escala de valores.

Cuando se habla de nuevo orden económico o de economía globalizada se tiende a pensar que se trata de una de las entelequias a las que son dados muchos economistas poskeynesianos. Sin embargo, este nuevo orden económico internacional es una realidad que supone el triunfo absoluto de la materia sobre el espíritu, de la razón sobre la imaginación, que, en un plano más concreto, se traduce en el aceleramiento de las tendencias concentracionarias del capital -sobre todo desde la desaparición de la Unión Soviética y el auge de las doctrinas monetaristas-, y, como parte de las necesidades de mercado y consumo, de homogeneización cultural.

Con la consagración del orden materialista en la sociedad mundial culmina un proceso de descapitalización de las creaciones del espíritu y los valores humanistas, cuyas consecuencias en el campo de la producción y difusión literarias significan la transformación del editor en gestor y del escritor en productor cultural de una industria que necesita generar y publicar miles de títulos anuales para satisfacer sus expectativas de beneficios. Desde el poder económico la creación artística es, así, despojada de su carácter indagador y crítico y reducida a cumplir un papel recreativo dentro del mercado.

Los principales problemas que afectan a la narrativa como consecuencia de estas transformaciones están en la grieta abierta entre el autor y el editor por un lado y la sanción de tendencias literarias que se acomodan a las exigencias de un mercado global por otro. La distancia entre el escritor y el editor está determinada por la distinta valoración que uno y otro hace de la obra literaria.

Mientras para el escritor la obra literaria es el fruto de un esfuerzo intelectual por comprender el mundo a través de los actos, pensamientos e inquietudes humanos, para el editor, cuando se identifica exclusivamente con las premisas mercantilistas, es poco más que la materia prima de una mercancía a vender. Es cierto que la obra literaria al editarse y convertirse en libro asume un carácter de mercancía y también que este hecho no desvirtúa necesariamente su calidad artística original. Pero el problema se suscita cuando el editor, reduciendo el libro a objeto de consumo, aparta su contenido del ámbito del desarrollo espiritual y, condicionándolo a las pautas del mercado, lo acomoda a los gustos de los consumidores. Es decir que, en la medida que el editor, a expensas de su carácter de difusor cultural, asume un papel de gestor mercantil e interviene de modo decisivo en la formulación del producto como objeto de consumo, no sólo vacía conceptualmente el libro de contenido sino que vulgariza y falsea la idea misma de literatura.

Los efectos de esta gestión se multiplican en proporción geométrica cuando, respondiendo a las tendencias concentracionarias de los medios de producción, la empresa editorial se estructura en grupo nacional o multinacional de editoriales con miras a controlar parcelas cada vez más grandes de mercado con el soporte de los grandes medios de comunicación que, en no pocos casos, también pertenecen al grupo.

En el organigrama de estas estructuras empresariales, el editor abandona definitivamente su tradicional labor específica al mismo tiempo que su opinión cede ante la presión especializada de los jefes de marketing, quienes diseñan «líneas editoriales» de acuerdo a prospecciones de mercado y pautas financieras. En este marco, un editor ya no es considerado por su cultura, sensibilidad y capacidad para intuir y consagrar a un autor de talento o reconocer un texto literariamente valioso, sino por la rapidez y eficacia para noticiarse de lo que pasa en el mercado internacional, detectar un valor seguro en Publishers Weekly y contratar a cualquier precio un top ten antes que ningún otro, incluso antes de que la obra se haya escrito. En este caso, el editor-gestor no duda en pagar millonarios anticipos a cuenta de derechos de autor que, en función de las expectativas de beneficios de la empresa, acaban por ser detractados de los anticipos de autores menos «comerciales».

En la organización de las mega-editoriales, el autor, incluido aquel que cobra millonarios adelantos, desciende al escalafón de amanuense de un único y repetitivo libro, no muy diferente en su tarea al chaplinesco operario de Tiempos modernos, y el valor de su firma queda, por regla general, por debajo del que ostenta la marca editorial. ¿Hay algún autor a quien alguna vez no le hayan devuelto un manuscrito diciéndole que «lamentablemente no se ajusta a la línea de la editorial»?. Independientemente de que esta sea una fórmula retórica para rechazar un manuscrito, lo cierto es que de su enunciación se infiere que ha tomado carta de naturaleza el hecho de que los valores artísticos de una obra literaria sean siempre confrontados y supeditados a los valores mercantiles que sustentan la línea editorial.

El progreso de la identificación entre la sociedad humana con el mercado ha generado de modo casi natural lo que podría llamarse cultura del camalote. El camalote es una especie de planta acuática invasora, parecida al loto, que se distingue por tener poca raíz, grandes hojas y vistosas flores que flotan ocupando un gran espacio y dejándose arrastrar por la corriente. De acuerdo con el carácter de este vegetal, común en los ríos de Sudamérica, la cultura del camalote invade todas las corrientes merced a la acción de muchos agentes polinizadores. Entre éstos están los críticos, quienes, como parte del engranaje mediático, están sometidos al mismo proceso de vulgarización que el escritor. Sin entrar en mayores detalles, puede decirse que su labor específica también ha sido desvirtuada por el sistema vigente al quedar condicionada por la línea editorial del medio para el que trabajan, la famélica retribución que reciben y el corto tiempo del que disponen para leer y analizar el libro y redactar su reseña. Una reseña cuya finalidad primordial es orientar al lector y moldear sus gustos según los dictados de los intereses empresariales, los cuales se ocultan detrás de la falaz «tiranía del mercado».

Mayor complicidad con el sistema imperante tiene el estamento académico cuya pereza intelectual lo lleva a dormirse sobre la redonda y verde hoja del camalote y dejarse arrastrar por la inercia académica, mientras se mira el ombligo y sueña con el grado cero de la escritura. Sobre la base de políticas educativas que valoran la eficacia sobre la imaginación y la lógica racional sobre el vuelo poético y en el marco de una universidad cada vez más alejada de la vida y del conocimiento del mundo, los profesores de literatura, los filólogos, los lingüistas, los semiólogos, los académicos en general, dan sus clases y realizan sus investigaciones imbuidos de un cientificismo estéril que propicia el inmovilismo, la conservación del statu quo y, consecuentemente, la ignorancia ilustrada. Obviamente no todos los profesores son así, pero en general tienden a serlo.

Estos factores explican que, en el contexto de la cultura del camalote, los grandes creadores de la literatura son reconocidos y estudiados, pero también reducidos a iconos de estantería; a una especie de clásicos despojados, en algunos casos, del carácter subversivo de su arte. De esta forma los autores consagrados de pasadas generaciones marcan la frontera entre lo existente y lo inexistente.

Este vacío virtual generado por el orden dominante justifica ideológicamente la acción de llenar las librerías de ingentes novedades que resultan de una superproducción que no responde tanto a una lícita pretensión de beneficios como a otra, ya más discutible, de grandes beneficios. Cabe señalar en este punto que la enorme avalancha de títulos de efímera existencia no sólo colapsa las librerías sino que limita al público el acceso a las obras realizadas y editadas según criterios no exclusivamente mercantiles. Esta clase de libros, frecuentemente ignorados por la prensa y por lo tanto invisibles para el público, se queda, así, sin un espacio y un tiempo de exposición acordes con el tiempo que ha llevado su creación y preparación, lo cual acaba por distorsionar sus verdaderos costos de producción, incluidos en éstos los trabajos intelectual y editorial.

A tenor de esta política editorial que ha consagrado la cultura del camalote, los escritores que aspiran a ser leídos y vivir de su oficio son empujados a adoptar un estilo internacional. Tal estilo, diseñado por los arquitectos de la mercadotecnia como trasunto de la literatura globalizada, se caracteriza por una expresión minimalista y, con algunas excepciones, conceptual y estéticamente pobre. Son estos autores los elegidos para aparecer como los verdaderos artífices del quehacer literario y, como tales, para ocupar las páginas de diarios y revistas, especializadas o no, y los espacios radiofónicos y televisivos; también para recibir algunos de los muchos premios nacionales o internacionales, comerciales o institucionales, los cuales, por otra parte, operan más como factores de promoción comercial que de distinción artística.

Mientras tanto, los escritores que se niegan a perder su identidad literaria y a renunciar a sus proyectos estéticos para formar parte de la cultura del camalote quedan prácticamente aislados de su contacto con el lector. Invisibles para el gran público. Abocados a la condición de inéditos o a la auto publicación, a menos que tengan la fortuna de entrar en los ajustados programas de los llamados pequeños editores independientes, estos autores, irónicamente llamados «de minorías», «de culto», «raros» y hasta «literarios», mientras elaboran trabajosamente sus obras, invierten gran parte de sus energías creadoras en tareas alimenticias que, en el mejor de los casos, se desarrollan en el territorio de la producción editorial.

Pero no debe suponerse que se trata de una conspiración, sino de una realidad en la que tanto autores como lectores son empujados a aceptar las reglas del establishment económico y a tomar por cierta e incontrovertible la falacia de la cultura del camalote y, dentro de ella, la de la literatura globalizada o en vías de globalización. En otras palabras, en el marco de una sociedad dominada por un economicismo fundamentalista que la ha reducido a mero espacio mercantil, los grandes grupos editoriales, como expresiones acabadas del sistema dominante en el plano de la actividad cultural, tienden por principio ideológico y necesidad comercial a homogeneizar la cultura, cuya expresión literaria es el estilo internacional. Un estilo que simboliza la depreciación del artista y la sustitución de la obra de arte por un simple objeto de consumo. Esto explica, por ejemplo, que muchos supongan que después del boom de la literatura hispanoamericana que consagró, entre otros, a autores como García Márquez y Vargas Llosa, no hayan surgido nuevos autores de verdadero peso. Pero tal suposición es infundada. América Latina, que en su reciente historia ha sufrido los terribles efectos de la deuda internacional, las dictaduras y los ajustes económicos de corte monetarista, se presenta en el siglo XXI como un soberbio mercado, cuyo control se disputan no sin ferocidad las fuerzas económicas de Estados Unidos y la Unión Europea. Como consecuencia de esta situación y frente a la debilidad o permeabilidad de los medios locales, los principales grupos editoriales europeos a través de sellos españoles han tomado posiciones en el continente y emprendido una política de armonización lingüística y homogeneización cultural en el diverso ámbito que dominan. En este contexto, la narrativa hispanoamericana o iberoamericana sigue viva y creativamente activa, pero las tendencias que afloran indican que no escapa  al influjo de las estrategias mercadotécnicas y al adocenamiento intelectual y del gusto popular sancionado por la cultura del camalote como correlato del nuevo orden económico mundial.

No obstante, es razonable suponer que esta situación de hegemonía materialista que ha consagrado los desequilibrios sociales, la homogeneización cultural y la sobrevaloración científico-tecnológica no se prolongará durante mucho tiempo más y que la inteligencia, sensibilidad e instinto de supervivencia humanos activarán las fuerzas correctoras de un modo de vida que parece abocar la civilización a su colapso.

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