MARGA GIL ROËSSET | EL CARÁCTER Y LA OBSESIÓN POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

EL ATRIL

Por: Isabel Rezmo


PROVERSO trae esta nueva edición la historia de Marga Gil Roësset la joven artista que se enamoró del poeta Juan Ramón Jimenez,y se suicidó al no ser correspondida por ese amor.

La primera vez que Marga Gil Roësset le escribió unas letras a Zenobia Camprubí todavía era una niña. Era la dedicatoria escrita en un libro que había publicado junto a su hermana Consuelo y se lo hicieron llegar por la admiración que ambas sentían hacia la traductora de Rabindranath Tagore: «Para ti, que no nos conoces y sin embargo ya eres nuestra amiga».

La última vez que Marga escribió a la esposa de Juan Ramón Jiménez fue una carta en la que le decía: «Perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho». Lo que ocurrió en los meses previos a la muerte de Marga, de 24 años, fue un secreto escrito en un diario que estuvo oculto durante 65 años.

Marga fue una niña genio. Todavía se conserva un cuento que escribió y dibujó para su madre cuando solo tenía siete años, El niño curioso, en el que se adivina el talento que iba a desarrollar durante los años siguientes. A los 12 años realizó con una maestría sorprendente las ilustraciones de una historia escrita por su hermana Consuelo, El niño de oro y dos años después, las niñas publicaron otro libro en Francia.

INFANCIA Y JUVENTUD

Marga Gil Roësset nació en Las Rozas, a las afueras de Madrid, en 1908, bajo amenaza de desahucio. Su madre Margot desoyó al médico y se empeñó en sacarla adelante. No solo alargó la vida de su segunda hija hasta que ya no pudo decidir su destino, también le inculcó la pasión por las artes. Ana Serrano, experta en su obra y comisaria de una exposición dedicada a Marga Gil en el Círculo de Bellas Artes en el año 2000, es además autora de un blog donde se disecciona de manera exhaustiva el legado de esta artista. O lo que queda de él porque en su afán destructor intentó acabar con cualquier atisbo de su patrimonio horas antes de suicidarse.   Fue una mujer de pelo castaño, ojos profundos y la cabeza poblada de ideas extraordinarias que le otorgaban ese punto abisal que tienen las rarezas verdaderas ilustres y refinadas.

Llegó al mundo en una familia burguesa y acomodada. El padre, Julián Gil, era ingeniero militar y empresario naviero; la madre, Margot Roësset, de ascendencia francesa, una mujer culta, elegante y hermosa, inculcó en sus hijas -Consuelo y Marga- el espíritu creativo y ejerció sobre ellas -en especial en Marga, la menor- una tutela y unas exigencias probablemente excesivas. El hecho es que Marga tuvo un nacimiento problemático y una salud precaria en sus primeros meses y que salió adelante merced a los cuidados de su madre, lo que estableció un vínculo estrecho entre ambas. Consuelo y Marga viajaron, hablaban varios idiomas, tocaban el piano, pintaban, escribían…

La Famila Gil-Roesset al completo

Parece que la familia Roësset era propensa a dar mujeres progresistas, artistas e independientes, pues, como ha investigado Nuria Capdevila-Argüelles en su obra Artistas y precursoras. Un siglo de autoras Roësset, antes que Marga, su tía María Roësset Mosquera, MaRo, (1882-1921) había destacado en la pintura, en la misma disciplina que desarrolló su prima Marisa Roësset Velasco (1904-1976) o Consuelo Gil Roësset (1905-1995), que se dedicó a la literatura infantil.

A los siete años Marga ya había escrito e ilustrado un cuento dedicado a su madre. A los doce, ilustró el cuento escrito por Consuelo: El niño de oro, que es recibido con alborozo por la crítica. Las hermanas Roësset, que conocían la traducción realizada por Zenobia Camprubí de Rabindranah Tagore, envían un ejemplar de este libro a Camprubí, casada con Juan Ramón Jiménez, con la dedicatoria: “A usted, que no nos conoce, pero que ya es nuestra amiga, Consuelo y Marga”.

– Era una artista precoz: Con 13 años Marga ilustraba los cuentos de su hermana mayor Consuelo por orden de su madre y con la promesa de conseguir la merienda. Con estas tretas, Margot Roësset consiguió que sus hijas quedaran atrapadas en la escultura y la escritura.

Consuelo y Marga

En 1923, durante una estancia en París, la Librairie Plon edita el cuento: Rose de Bois, escrito en francés por Consuelo con dibujos de Marga. Sobre él escribirá el periódico Le Figaro: “Dos niñas, dos hermanas, de rara precocidad, españolas de origen, pero francesas de adopción, unieron sus talentos juveniles para la realización de este lujoso libro. Rose des Bois es un cuento maravilloso” (…) Lo más sorprendente es que quien ilustra esta maravillosa historia tiene solo trece años, pero los hermosos cuadros que ella plasmó en este libro de lujo son de una composición y una riqueza imaginativa que podrían atribuirse a un dibujante conocedor de todos los recursos y secretos de su arte. Todo esto, texto e ilustraciones, forman un conjunto precioso que no pueden dejar de apelar a los estudiosos y personas de gusto”, según recoge Tania Balló en su libro “Las sinsombrero”. Seguidamente, Consuelo ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Años después, se casa con el compositor Jesús Franco y dedicará su vida a la literatura infantil.

Marga se inicia en la escultura. Esculpe como dibuja, plasmando sus sueños, sus ideas. Más tarde declarará que esculpe de dentro afuera, más las ideas que las personas. Como había ocurrido con los dibujos, sus esculturas revelarán una técnica sorprendente. La madre consulta con Victorio Macho, quien cree más conveniente que la joven siga sus propias inclinaciones artísticas, sin interferencias.

En 1930, Marga presenta el conjunto Adán y Eva a la Exposición Nacional de Bellas Artes, que se celebra en Madrid. Los críticos se sorprenden de que una escultora tan joven sea capaz de trabajar el granito con semejante talento y habilidad. En una entrevista realizada por la revista Crónica en julio de ese año, Marga se muestra reticente hacia el amor “simultáneo, de dos corazones”, y descarta la idea de casarse. Es una generación de mujeres autónomas, que rechazan el rol convencional que se les ha atribuido secularmente y se dispone a tomar las riendas de su vida. No obstante, Marga es una joven inconformista, que no acaba de encontrar su propio papel en la sociedad, a pesar de las buenas críticas que obtiene con sus obras. Se siente controlada por sus padres, quiere volar sola.

SU AMOR IMPOSIBLE POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Juan Ramón Jiménez

A la joven artista le van a saltar por dentro todos los fusibles al conocer a Juan Ramón Jiménez, enclavijado ya, al galope de sus 51 años, como el jefe de expedición de la poesía española. A comienzos de 1932, en el intermedio de una cita musical -quizás un concierto, quizás un recital de ópera-, ella es presentada al poeta y a su esposa, Zenobia Camprubí, a quien Marga Gil Roësset admira por su traducción de los versos del poeta bengalí Rabindranath Tagore. A ella le hará un busto, una de las pocas obras conservadas de toda la producción de Gil Roësset, que es una lección en piedra de bondad lírica.

Siente un deslumbramiento intelectual y amoroso hacia el poeta, algo frecuente entre las discípulas jóvenes de Juan Ramón, que no inquietan a Zenobia. Marga inicia un diario en el que expresa las emociones y sentimientos que no comparte con nadie más. Se siente perdida.

Aquella muchacha va poco a poco descompensada de amor, descuidando a la velocidad de un sueño imposible la cordura de su trabajo. Deja de comer. Desbanca los horarios. Irrumpe en el desvelo. Bordea la locura. Esculpe, cuando los demonios de su rebelión se lo permiten. Escribe. Dibuja. Toma fotografías de sus esculturas. Lo que comienza como un gozoso tormento va adquiriendo la contundencia desamparada de una travesía por el desierto. Por su parte, el poeta no atiende a las notas y los dibujos que Marga le envía, que apenas cifra como un juego de juventud sin aristas: “Amor mío/ ¡Juan Ramón!/ siento que la muerte/ no te da sensación/ de vértigo”.

Al cabo de pocos meses, a Marga se le acaba la cuerda. No está preparada para soportar más desvelos por el amor de alguien que nunca sería. Dedica sus últimos días a destruir su obra. Destroza esculturas y fotografías, quema dibujos, rompe poemas. Prepara una carta de despedida a sus padres, otra a su hermana y una más a Zenobia Camprubí. A Juan Ramón le deja un sobre con 68 páginas a modo de diario de sus últimos días con una advertencia: “No lo leas ahora”. Ese 28 de julio de 1932 toma un taxi hacia una residencia familiar, pide la llave a la guardesa y se dispara en la sien con un revólver. Tiene sólo 24 años y su vida acaba con un repentino fundido en negro.

Tiempo después, Zenobia escribirá: “Marga, quiero contar tu historia, porque tarde o temprano la contarán los que no te conocieron o no te entendieron. Quiero decir las cosas como fueron, sin añadir ni quitarle en lo más mínimo a la verdad, para que los que lean las falsedades puedan referirse a lo mío y separar lo falso de lo cierto de modo que figures como eras: apasionada y sana, insegura y heroica”. (Tania Balló en Las Sinsombrero).

Se sabe que Juan Ramón Jiménez conservó siempre aquellas páginas dentro de una carpeta amarilla, junto a recortes y fotografías, con una inscripción autógrafa, “Lo de Marga”. Todo ese material, arrasado en el asalto a la casa del poeta en la Guerra Civil, desembocó tras muchos avatares en el libro Marga (Fundación José Manuel Lara, 2015), que sumaba los textos que Zenobia Camprubí dedicó a la joven. En la primavera de 2000 se presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la primera antológica de su obra. Aquella exposición, titulada Marga Gil Roësset, llegó a reunir un centenar de dibujos y una veintena de esculturas.

Con todo, su rastro más importante lo dejó Juan Ramón en Españoles de tres mundos, donde le dedicó un hermoso texto donde daba cuenta de lo que ella supuso de gracia y revelación: “Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca. Que hayas encontrado bajo la tierra el descanso y el sueño, el gusto que no encontraste sobre la tierra. Descansa en paz, en la paz que no supimos darte, Marga bien querida”. El poeta siempre tuvo en la mesilla de su escritorio una pequeña foto de la joven escultora, enmarcada.

En unos años tan convulsos y frenéticos como los de la República, el recuerdo de una joven escultora muerta a los 24 años se disolvió en otras realidades más perentorias. Tras la guerra, una espesa capa de olvido cubrió su nombre. Hasta que, pasados los años, alguien desempolvó su historia, su enamoramiento del poeta, su suicidio y salió a la luz su diario, propiedad de los herederos de Juan Ramón.

Todo ello, siendo cierto, no debe distraer la realidad de Marga Gil Roësset, esto es, que fue una mujer inteligente y polifacética, escultora que apuntaba genialidad, que no fue capaz de gestionar su ansia de felicidad.

 OBRA

Su  trayectoria impresiona por el cambio de género artístico (del papel, la acuarela y la tinta a la madera, la escayola y el granito) y estilo (del modernismo a la vanguardia) en un tiempo muy breve. En poco más de diez años, menos de la mitad de su corta vida, despliega su pericia como ilustradora, usando tinta china y acuarela sobre papel. Después domina la técnica del vaciado en escayola y bronce para alcanzar a continuación una sorprendente maestría en la talla de madera, aplicando, a finales de su vida, martillo y cincel a la piedra y al granito.

Gracias a su escultura, Marga Gil, quien se instruyó por sus propios medios, fue aceptada en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1930 y de 1932. Su mejor escultura fue el busto Zenobia Camprubí.

Busto de Zenobia Camrpubí, 1932

En junio de 1930 se la entrevistó gracias al protagonismo de su escultura Adán y Eva en la Exposición nacional de Bellas Artes. Marga Gil Roësset argumentaba sobre su manera de trabajar: “Yo siempre intento operar sobre mis esculturas de dentro afuera. Es decir, trato de esculpir más las ideas que las personas. Mis trabajos, en cuanto a la forma, podrán no ser muy clásicos; pero, por lo menos, llevan el esfuerzo de querer manifestar su interior”.

En 1933 se publicó un libro de canciones con texto en francés y español de su hermana Consuelo, música de su cuñado José Mª Franco, y tres ilustraciones de Marga Gil. Una de esas ilustraciones es tan parecida a las de la obra de El Principito de Antoine de Saint-Exupèry que se considera muy probable que se inspirara en ellas, sobre todo teniendo en cuenta que este escritor había visitado España con asiduidad.

Fue una artista nata y autodidacta, tremendamente instintiva, que no debió nada a profesores ni maestros. Trabajaba sin hacer bocetos y sin rectificar. En ella todo estaba como un don que pudo desarrollar y desarrolló de manera precoz. La energía creadora de Marga era inagotable pero su fragilidad también.

Es probablemente uno de los ejemplos más duros y singulares del expresionismo español.

Una artista cuya breve existencia nos privó de un genio y de un talento tan insólito y notable, sino también porque simboliza la liberación de un espíritu romántico y sensible que, hasta muy recientemente, agonizaba en el silencioso y frío olvido.

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